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Trozos – Cartas con Geraldino Brasil

Jaime Jaramillo atesoró estas cartas desde los ochenta. Pocas personas estaban enteradas de su existencia. De vez en cuando se refería a ellas en el círculo de amigos más cercanos, y en una ocasión las llevó a su taller literario para leerlas y presentar con ellas la voz poética de Geraldino Brasil. Su reserva, sin embargo, era extrema, y si las mencionaba se limitaba a dedicarles un par de palabras discretas. 
Pilar y Juan Carlos -los directores de Tragaluz-, conocieron esta correspondencia en el taller con Jaime. Recuerdan cómo llegó una mañana, sacó del maletín las fotocopias de una de las cartas, y las repartió ritualmente a cada uno de los participantes. La sorpresa fue tan grata, que Pilar le pidió que si algún día pensaba publicar esa correspondencia, pensara en Tragaluz. 
Y pasaron los años hasta que llegó el día. El pasado marzo, recibimos la llamada de Jaime:
-Pilar, estoy cumpliendo una promesa de amigo, te llamo para que publiquemos las cartas con Geraldino.
Ahora, un año después de ese día alegre, presentamos Cartas con Geraldino Brasil, el primer volumen de la colección con la que Tragaluz aporta a la difusión del género epistolar. 
Hoy compartimos con ustedes dos de las cartas que hacen parte del libro. La primera, de Jaime, es una de las que iniciaron el entrañable intercambio epistolar. La segunda, de Geraldino, está escrita desde Maragogi, una pequeña población costera en la que el poeta brasileño solía pasar sus vacaciones: la carta es un magistral retrato a ese lugar y sus habitantes, un bello escrito en que se confunden la crónica de viaje y la palabra poética.
Esperamos que las disfruten y que los motiven a conocer el resto de la correspondencia entre estos dos poetas y amigos.

***

Bogotá, octubre 28 de 1979

Desde la altura de mi ventana veo algunas gentes lavar sus ropas, porque es domingo:
soldados en la azotea de un cuartel que queda en frente, estudiantes en un patiecillo, una mujer tras una ventana.
Domingo de lavar la ropa, de arreglar la casa, de escribir a los amigos.
Domingo calmo, único día que tenemos para procurar ser lo que somos,
pues el resto de la semana nuestra esclavitud es paciente y burra.

Tu carta me trajo eso que amo en el Brasil: tu corazón,
corazón de poeta que bala desesperadamente, acorralado,
y a veces se disfraza con piel de lobo pero no asusta a nadie,
poeta bendito que clama en el desierto,
santo del infierno,
el que opone su palabra a los vientos,
su pecho, sus brazos delgados, pero nadie repara en él.
En el mercado público el poeta es un espantapájaros.

Poeta Geraldino: tú eres uno de los grandes del Brasil.
Hay muchos grandes poetas en el Brasil, y tú estás en la lista de los primeros.
(…)
Tu poesía está hecha para todos, como el sol y el agua, y en eso se reconoce que eres grande,
porque un verso tuyo les ayuda a vivir a las gentes,
y el que no sabe hacer milagros no es poeta.
(…)

Traducir tus poemas es para mí como participar en el acto de su creación.
Verso que nos deje impasibles no fue escrito con arte, pues el arte tiene por objeto conmover.
A medida que sale de sus fronteras, la poesía del Brasil sacude a América.

No dejo de pensar en ti, allá en Recife, escribiendo la más bella poesía sin aspirar a más reconocimiento que el corazón de los hombres y mujeres que te lean, y después de leerte no puedan olvidarte.

J. J. E.

***

Maragogi, Alagoas, 24 de diciembre de 1981


Maragogi es un poblado de unas “tres mil almas”, como decían los padres antiguos. Cuatro o cinco calles estrechas, paralelas a un mar de esmeralda. Casas de puerta y ventana, blancas, azules, algunas amarillas. Pocas de dos ventanas, con una pequeña terraza para las redes ociosas. “Esta es la del cura”, “esta es la del juez”, “esta es la del notario”, “ésta, la mejor, es la de las monjas”.

Dos pequeñas panaderías, un expendio de carnes que abre los sábados, un modesto mercado los domingos.

No es necesario preocuparse por las puertas. Dicen que aquí no hay ladrones, aunque desconfío. No hay hurtos. Porque no hay a quién vender lo hurtado, ni para dónde huir con él, ni cómo utilizarlo. Aquí los zapatos de todas las personas son conocidos por todos. ¿Cómo entonces hurtar zapatos y salir con ellos por las calles, único viandante, todos desde las ventanas mirándolo de la cabeza a los pies?
A las cinco y media de la mañana pasa el hombre del pan, anunciándose con un “fon-fon” que no escuchaba desde hace unos cuarenta años. Hoy me dijo que el jeep de la policía mató a su puerco, que ya tendría unos quince kilos, y que no quisieron indemnizarlo. Es la gran familia más unida del mundo, la de la policía. Ni los puercos de Maragogi se salvan.
Muchos, muchos niños. Muchos, muchos ancianos. Los jóvenes y las muchachas se fueron para Recife o Maceió. Las mujeres, o están en la cocina, o en la maternidad. Los hombres en el mar, o en los campos. De ahí la impresión de que aquí, no hay ni juventud ni mediana edad.
La impresión es que las personas aquí carecen de recuerdos y esperanzas. No vi niños traviesos. No vi ancianos rememorando. Las personas carecen de sueños, nada desean, ni se angustian. Parece que los maridos no están descontentos con las mujeres. No que las amen, porque tampoco parecen felices. Diríase que están más allá de la insatisfacción y más acá del amor. No lo sé explicar, porque no es atraso, ni es perfección, ni conduce a ella. Como si estuviesen varados, después de los animales y antes del hombre.
La dueña de casa no parece ser una mujer, sino sólo la dueña de casa. El odontólogo de acá no parece ser, como en Recife o Bogotá, un hombre que hubiera querido ser médico. Es, interior y exteriormente, sólo un odontólogo.
Las sombras de los árboles no resguardan parejas, ni esconden gatos y vagabundos.
Todavía no he visto enamorados, jóvenes con las dudas, los miedos, las preguntas del amor.
He visto novios ya comprometidos en casamiento, que ni les parece próximo ni distante.
Es impresionante, esa indiferencia.

Los lugareños no distinguen entre las distintas actividades. Soy para ellos apenas un turista.

Lo bueno de aquí es ser un extraño de Recife o Porto Alegre, sin que nadie se percate de la carga de tristeza de las calles y las pobres casas que agobia al poeta.

Lo malo de aquí es que el poeta no podrá desear para la ciudad esta vida sin sus afanes y sufrimientos, pero también sin la felicidad del futuro con que allá se sueña.

Es noche de Navidad y no veo las casas abiertas. La iglesia está abierta, porque no podría estar cerrada.

Nunca lo olvidaré.

G. B.
Mediavuelta
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