Bartleby en el limbo de las cartas

Las propuestas nos llegan de varios países: Colombia, Argentina, México, Estados Unidos, España. Estamos contentos por la buena recepción que ha tenido el Concurso Primera Página, y nos entusiasma pensar en el proyecto editorial que haremos con sus participaciones. 
Carta Muerta – Dead letter

Quedan dieciocho días antes de que cierre la convocatoria para enviar la primera página del libro Las cartas que Bartleby leyó. Al día siguiente, es decir, el lunes 16 de abril, enviaremos los escritos a un jurado compuesto por dos reconocidos escritores colombianos, y una importante traductora internacional, quienes los evaluarán y escogerán cinco ganadores. 

Sabemos que muchos, cuando leen la convocatoria de un concurso y se deciden a participar, dejan madurar la idea en silencio durante varios días. Hoy queremos compartir con ustedes un par de datos sobre Bartleby, que quizás aporten en el proceso de escritura. 
Uno de los misterios que desveló al exitoso abogado de Wall Street que contrató a Bartleby, era el lugar de procedencia de ese extraño escribiente. ¿Cuáles eran sus orígenes? ¿Qué hechos de su pasado explicaban su inmovilidad, su progresiva renuncia a todo? ¿Alguna vez prefirió hacer algo? 
Lo único que encontró el abogado en sus averiguaciones fue un rumor: antes de ser escribiente en su oficina, Bartleby trabajó en la Oficina de Cartas Muertas.

Funcionario de la Oficina de Cartas Muertas.
En 1825, el Servicio Postal de los Estados Unidos abrió la “Dead Letter Office”. Allí terminaban todas las piezas de correo que era imposible entregar a su destinatario, y que, por falta de información, tampoco podían ser devueltas a su remitente. Ya fuera porque la dirección en el sobre estuviera errada, porque ya nadie vivía en ese domicilio, o porque el destinatario había muerto, la carta era dirigida a esa gran oficina, donde un grupo de empleados hacía el último esfuerzo por sacarla del limbo. 
Oficina de Cartas Muertas en 1876
Eran miles de piezas de correo diarias las que llegaban a ese lugar. En el último párrafo del relato que escribió Herman Melville en 1853, el abogado-narrador dice que probablemente Bartleby fue subalterno allí: el único punto de todo el Servicio Postal autorizado para abrir la correspondencia. El trabajo de los funcionarios consistía en leer las cartas y tratar de rastrear en ellas la mención a un lugar donde pudiera encontrarse su destinatario. Sin embargo, tan sólo el 40% de ellas contaban con esa buena suerte, el resto eran rasgadas y convertidas en papel reciclado. En caso de que el sobre o el paquete contuviera un objeto de valor (lo que ocurría en el 6% de los casos), el empleado debía extraerlo y consignar su hallazgo en un libro. Todo ese material (joyas, juguetes, dibujos, instrumentos científicos, etc.) eran subastados públicamente varios meses después. Debido al contacto con esos objetos valiosos, la Oficina de Cartas Muertas requería empleados de confianza, y por eso, generalmente, contrataba mujeres o sacerdotes ancianos. 
Como pueden observar en las fotografías y grabados que acompañan este escrito, el puesto de trabajo era un largo escritorio común, una silla de madera por empleado, y una papelera al lado. Allí, Bartleby leía el correo de los ausentes, esas cartas que estaban perdidas por descuido, por azar, o por algo que define la naturaleza humana: el movimiento, la impredecible errancia. Bartleby leía esas cartas que representan el desencuentro, la soledad; cartas que nadie leyó, y que no pudieron ser respondidas; que son huérfanas, frágiles, llenas de palabras y mensajes a un punto de la destrucción. Esa Oficina era el limbo de la correspondencia, la residencia de las cartas marginales, de las que no pudieron concluir felizmente su camino. 
Oficina de Cartas Muertas – Fecha desconocida.
¿Cuánto tiempo trabajó Bartleby ahí? No se sabe. Lo que parece cierto es que esa relación con el correo muerto tuvo un extraño efecto en su espíritu, influyó en su silencio, en su inactividad, en su laconismo, en su conocida fórmula cada vez que se le pedía algo: “Preferiría no hacerlo”. 
Es fascinante imaginar cuáles fueron las cartas que Bartleby leyó. ¿Con qué se habrá encontrado en esa Oficina? ¿Sería un joven distinto antes? ¿Su postura existencial se definió en aquel lugar? En la contraportada del libro que estamos haciendo junto a ustedes, reproducimos el último párrafo del relato de Melville, que es el que ventila el rumor del antiguo trabajo de Bartleby. Les proponemos que lo vuelvan a leer, quizás los inspire para escribir la primera página de un excelente libro. 
Saludos a todos, y los invitamos a que sigan participando. En nuestra cuenta de Twitter (@Tragaluzlibros) también compartimos información que les puede resultar útil. 
Mediavuelta
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