Voces que se ven

Postal Mil orejas

Cuando una persona pierde el oído sus otros sentidos se agudizan, y la experiencia de ver, oler, tocar y saborear se convierte en algo distinto a la que viven los oyentes. Los gestos, las vibraciones, las sombras, los olores, las reacciones de los animales, son mensajes sutiles que pueden pasar desapercibidos, sin embargo, para alguien sordo tienen la potencia de convertirse en frases con sentido.

Mil Orejas es un libro inspirado por la curiosidad de saber cómo perciben el mundo las personas sordas. Como esa pregunta tiene infinitas respuestas, la historia no podía quedarse solo en el papel. Se nos ocurrió entonces pedirle a personas sordas y conocedoras de la lengua de señas que interpretaran el relato. El resultado es asombroso: la gramática de sus gestos logra transmitir la poesía del escrito original y darle nuevas dimensiones.

El primer intérprete de Mil Orejas que queremos presentarles es Adrián Reinel Serna. A partir de hoy iniciamos una serie de perfiles sobre las personas que nos ayudaron como primeros lectores del libro. Esperamos que a ellos se sumen muchos más.

 

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Adrián

No importaba qué tan profundo fuera mi sueño, siempre que mi mamá empezaba a asar las arepas yo me despertaba. Eran las cuatro de la mañana, y mi olfato me avisaba que era la hora del desayuno. Cuando llegaba a la cocina, ella me preguntaba: ¿y usted cómo sabe que estoy aquí? —Ay mamá, —le decía yo— sentí el olor. ¿Me das una arepa con queso?

Con mi papá me ocurría lo mismo. Aunque estaba dormido, alcanzaba a darme cuenta de que él se estaba alistando para irse porque inundaba la casa de olores a jabón y a loción. Me levantaba para verlo antes de que se fuera. Un rato más tarde, el olor a gasolina entraba a mi habitación. Así entendía que el tráfico también se había despertado, y si me asomaba a la ventana veía los carros en la calle.

Mis papás ya murieron, ahora tengo 41 años y me siento agradecido con ellos porque me enseñaron a ser independiente. Yo perdí el oído a los siete meses. Fue un día de diciembre en que me llevaron en brazos a ver un espectáculo de juegos pirotécnicos. Ni siquiera lloré cuando mis oídos empezaron a sangrar. Luego un médico les confirmó a mis papás que había perdido la audición. Desde entonces me comuniqué con mi familia leyéndoles los labios y, pese a lo difícil que era, me enseñaron todo lo que necesitaba saber.

El hecho de que me hayan matriculado en un colegio para sordos también ayudó a que fuera más autónomo. Al principio yo no quería. Me daba miedo ver a esos muchachos mover las manos para todos los lados. Apenas a los doce años empecé a entenderlos. Hasta ese momento mis papás me habían estado ayudando con las tareas de lectura y escritura, mientras ellos aprendían lenguaje de señas.

Solo cuando cumplí los quince años entendí que era sordo. Antes no sabía que era diferente a los demás. Al terminar el colegio decidí viajar a Bogotá para estudiar lenguaje de señas y convertirme en modelo lingüístico. Regresé y ahora trabajo en la Institución Educativa Concejo de Medellín, donde setenta personas sordas validan el bachillerato junto a otros que son oyentes. Lo que hago es asegurarme de que la intérprete de señas, que trasmite lo que dicen los profesores a los estudiantes sordos, se haga entender por ellos.

En mi tiempo libre me gusta ver películas. Amo el cine porque me sirve para entender muchas cosas. A veces lo veo con subtítulos, aunque aparecen y desaparecen con tanta rapidez que es imposible entenderlos todos. Mejor me concentro en ver los gestos de los personajes para entender la trama. A la mayoría de sordos les encantan las cintas de humor y de acción. A mí no. Tampoco me gustan las de terror, nada que tenga que ver con sangre. Siempre me inclino por los dramas, especialmente los históricos. Mi película favorita es Titanic. Me encanta el romance.