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Viajes que son historias

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Ilustración: Elizabeth Builes

En “Johnny y el mar” la escritora caleña Melba Escobar cuenta la aventura de Pedro, un niño que no conoce el mar. Tampoco sabe qué son la valentía y el arrojo, por eso su historia no se completa cuando se encuentra frente a frente con la inmensidad del agua multicolor que rodea a la isla del Caribe a la que viaja con su mamá, sino que necesita de más adrenalina para resolverse. En cierto momento del viaje Pedro escapa y se topa con Johnny, un marinero con talante de pirata que lo trata de tú a tú, como si Pedro viviera sin miedos. Ese gesto es suficiente para que se de cuenta de que su vida puede ser distinta.

Johnny Tay –que es impetuoso y rudo, y al mismo tiempo lo suficientemente amoroso para cuidar a Pedro e incluso cocinarle y enseñarle a pescar–, es en realidad John Taylor, un ex marinero que Melba Escobar conoció en Bogotá y que luego la invitó a dictar un taller de escritura en Providencia. De esa amistad y ese viaje nació la idea de escribir esta historia.

Hablamos con la autora, entre otras cosas, sobre el lugar que ocupan los viajes en su vida como escritora. Melba es una viajera frecuente que ha aprendido a empacar una maleta ligera y soportar los extravíos inevitables de quien se mueve por un territorio desconocido. Sus experiencias, no siempre felices pero sin duda interesantes, le dan un ambiente particular a las historias que cuenta en sus libros.

 

¿Qué tan importantes son los viajes para vos?

Mucho. He vivido afuera en varias ocasiones, en Bélgica, Suiza, España. Mi mamá es española y toda su familia está dispersa en Europa. Creo que eso también ha hecho que tenga interés en viajar. Recuerdo el primer viaje largo: tenía como siete años y nos fuimos tres meses para España. Fue bien interesante. De ahí en adelante siempre me ha parecido que existencialmente es necesario viajar como una manera de recordar que el mundo es mucho más que ese espacio tan estrecho en el que uno acaba teniendo sus neurosis, sus frustraciones y sus miedos. Viajar es, a veces, despojarse de ellos, confrontarlos y darse cuenta de que están muy limitados a circunstancias. Viajar es explorar maneras distintas de existir. Ahora sigo viajando bastante pero es diferente porque llevo más equipaje, un marido y una hija. Ya no es como antes que sentía que me podía ir a vivir a cualquier parte y en cualquier condición.

El caso de “Johnny y el mar” fue un viaje que me permitió pensar mucho en hasta dónde uno empieza a restringir muchas de sus acciones y hábitos a una condición cultural y social que está delimitada por un territorio. Si vos vas a Providencia, te encuentras un montón de cosas que se vuelven innecesarias, como utilizar zapatos, tener un baño, agua potable, luz eléctrica… Uno empieza a cuestionar un montón de cosas que para uno son obvias hasta el momento en que descubre que hay personas que son plenamente felices sin ellas.

 

¿Qué viaje te cambió la vida?

Yo perdí décimo. Tenía 17 años y me mandaron de castigo a vivir un tiempo con mi hermana a Suiza. Obviamente no era un castigo porque fue una experiencia muy importante. Allá estuve yendo a un colegio público que tenía luces azules en los baños para que la gente no se chuzara las venas. Uno encontraba las agujas en la caneca, era un problema de drogas complicado. Había dilemas que yo nunca hubiera enfrentado acá en mi colegio. Además había muchísima libertad, un exceso de libertad brutal que una gente manejaba bien y otra no. Me hice amiga de un muchacho de origen yugoslavo que acabó muriéndose pocas semanas después de una sobredosis. También conocí amigos de otras partes. Pero, digamos, yo sentí que al volver mi cabeza había cambiado mucho. Es en ese sentido que te digo: a veces uno cree que el mundo es ese pequeño espacio en el que se mueve hasta que descubre que hay muchas otras cosas. Ese viaje fue muy definitivo.

 

¿Has pensado en no volver de alguno de tus viajes?

Siempre regreso. Una de mis hermanas vive en Suiza hace más de 20 años y siempre me ha impresionado cómo la condición de exiliado es algo que no se supera nunca. Eso me parece muy duro. Mi mamá, como te dije, es española, llegó hace más de 30 años a Colombia. Ahora tiene 78 años y sigue siendo española, por más que tenga la cédula, la nacionalidad, los amigos, todo de aquí, hay una condición que la hace extranjera de muchas maneras. A mí esa condición me parece importante para ver la realidad con otra mirada. Es vital. Incluso ella nos inculcó tener distancia con el país en el que vivimos. Uno como extranjero tiene otro enfoque y quizá percibe mucho más porque no está inmerso, y como no ha estado siempre ahí, es más crítico. Eso lo disfruto pero a la vez me agita mucho.

También he hecho crónica de viajes. Hice una en Suiza y otra en Japón. Creo que uno está en condición de cronista cuando es viajero, y eso implica un esfuerzo extra, en el que un día parece un mes por la intensidad y la manera en que percibes todo a flor de piel y con todos los sentidos. Eso me parece bello e interesante pero agotador. Después de un tiempo o uno renuncia a eso y se empieza a acoplar o se le frita la cabeza.

 

¿Con qué criterio elegís los libros que te acompañan en los viajes?

Tengo un problema serio y es que soy una compradora bastante compulsiva de libros. En mi casa tenemos un problema con eso porque hay muchas bibliotecas pero ya no tenemos dónde poner los libros. Por supuesto, me gusta mucho comprarlos en los viajes y buscar cosas que no conozco, entrar a una librería y dejarme llevar por el título, la contratapa, tratar de explorar cosas desconocidas para mí. Suelo llevarme en la maleta lo que estoy leyendo y luego mirar si encuentro algo que me sorprenda.

 

¿Escribís en los viajes?

Depende. Por ejemplo, en el par de casos que he hecho crónicas que han sido publicadas, voy tomando notas porque de alguna manera estoy en modo trabajo. Además recuerdo que en Suiza, en ese viaje que te cuento, escribía todo el tiempo porque era una manera de sanar la angustia que me producían muchas de las situaciones que estaba viviendo. También creo que como en los viajes suele haber una gran dosis de soledad la escritura se vuelve una compañía, entonces cuando escribo suele ser para acompañarme y entender lo que estoy conociendo.

 

En un viaje conociste a quien inspiró el personaje de Johnny, ¿cómo fue?

A John Taylor lo conocí en Bogotá porque él dirigía uno de los talleres de Relata* y yo trabajaba en el Ministerio de Cultura. John me invitó a dar un taller a Providencia e insistió en que me quedara en su casa. Fue un gesto muy bonito porque él es un personaje bastante huraño y solitario. Yo sabía que no podía despreciarlo, entonces acepté. Fue una experiencia muy extrema porque él vive en unas condiciones muy primitivas. Me decía que en su casa había ratas y que detrás de las ratas llegaban las culebras, se escuchaban unos ruidos muy extraños de noche, yo dormía prácticamente en el suelo, estaba todo muy sucio… Es otra cultura y uno acaba entendiendo que son neurosis urbanas eso de estar todo el tiempo viendo dónde hay una basura, dónde huele raro. De hecho, después de unos días me fui relajando. La comida no podía ser mejor porque era el pescado que él sacaba del mar. John fue un gran viajero, un marinero. Vivió en Noruega –habla noruego–, estuvo en barcos toda su vida y es un gran cocinero. La verdad, nos dimos la gran vida: tomábamos ron, comíamos rico, al final incluso nos sobraban cosas, la energía, el agua potable… yo me bañaba en el mar, el agua se traía en bidones pero se consumía lo mínimo. También uno empieza a regularse al ritmo de la naturaleza. Eso me pareció una lección. Al final, después de cinco o seis días que estuve allá, me dio muy duro el regreso. Me pareció muy violento llegar acá porque allá lo único que tenía era el mar y la selva. Nos hemos olvidado de que también se puede vivir así.

 

¿A John le gustó la historia?

Yo creo que le gustó. Él tiene mucho sentido del humor, entonces me invitó en mayo a dar de nuevo un taller y me dijo que esta vez podía escribir la segunda parte.

 

Melba-Escobar---TragaluzEl título alude a “El viejo y el mar”. ¿Este libro de Hemingway es muy significativo para vos?

La verdad, más que por eso, yo insistí en que se llamara así porque quería hacerle un homenaje a John Taylor. Creo que aunque Pedro es en muchos sentidos el protagonista, no habría historia sin John. Finalmente podría ser cualquier niño, en cambio, John es único o así lo veo yo. Y en esa medida, quería que John estuviera desde el título. En su momento sí me gustó mucho “El viejo y el mar”. Aunque lo leí hace muchos años, supongo que me impresionó lo mismo: que es asomarse a una vida tan absolutamente extraña y lejana para uno y sus circunstancias.

 

¿Cuál es tu destino favorito?

Muy difícil. Como periodista he hecho muchos viajes al país más inédito y oculto: al Vaupés, al Vichada, al Amazonas, a lugares muy adentro de Santander, en fin. Ese tipo de viajes los disfruto muchísimo porque son descubrimientos en todos los sentidos posibles. Al mismo tiempo me gustan mucho las grandes ciudades y lo que tienen para ofrecer. No sabría decirte cuál es mi destino favorito. Me gusta siempre la capacidad de sorprenderse y de encontrarse con cosas que uno no esperaba.

 

Tienes un nuevo libro, “La casa de la belleza”. Y hay algo curioso: como en “Johnny y el mar”, leemos una escena en la que alguien come erizos de mar crudos. ¿Lo has hecho?

No, pero de eso hablaba mucho mi mamá. Yo creo que uno siempre tiene las historias de los papás y los abuelos en la cabeza, rondándolo. Mi mamá siempre hablaba de cuando en Cataluña se metía al mar con sus hermanos y sacaban los erizos de mar y se los comían crudos. Esa escena se me quedó grabada: mi mamá, de ocho años, haciendo eso. Me parecía de una valentía inmensa, se volvió como una cosa casi épica para mí. Quizá por eso está ahí.

 

Finalmente: cuando una mujer escribe es común que se diga que es literatura femenina. Para vos, ¿eso existe? Y si es así, ¿qué pasa en la literatura infantil?

A veces me aburre un poco la catalogación porque me parece que a la hora de escribir es irrelevante si uno es hombre o es mujer. Sin embargo, sí creo que muy a menudo las historias tienen un foco diferente. Es inevitable: el género marca una diferencia social, cultural, ética, moral y una manera distinta de estar en el mundo, sin lugar a dudas. Y creo que uno escribe con todo lo que es, con su experiencia, con su vida, y su vida está marcada por el género. A veces es molesto el énfasis que se hace en eso en eventos como la Feria del Libro, pero creo que sí es una reflexión que vale la pena hacer. Por ejemplo, hay un tema que a mí me parece muy grande y muy inexplorado a nivel literario, y es la maternidad. Si hay un fenómeno enorme es el hecho de ser madres, y todavía es un asunto bastante colateral en las historias. Una de las grandes autoras latinoamericanas, Clarice Lispector, exploró mucho lo femenino, pero como ella es una autora experimental, era muy difícil que abordara el asunto de una manera narrativa sólida.

Frente a la literatura infantil creo que vendría siendo lo mismo. Todavía hay temas femeninos que apenas empiezan a abrirse campo.

 

*Red de escritura creativa – Ministerio de Cultura.

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