“Viajeros” de Pablo Montoya. Reseña de Luis Arturo Restrepo

Leer Viajeros es acudir, tras cada página, a una posibilidad nueva de ser bajo nuestros ojos. Posibilidad para nada inscrita en lo real inmediato, pues el libro de Pablo Montoya está inmerso en un laberinto de imágenes, situaciones y reflexiones en donde al lector no le queda más que asumir su condición de nuevo errante para repetir en voz alta las palabras de Ibn Battuta, uno de los viajeros árabes que nos lleva de su mano: “Viajar es ignorar el punto de llegada, y quisiera continuar hasta encontrar algo semejante al fin. Pero soy tan solo un hombre y es necesario volver al punto de partida”.

Los nombres que se descubren en este intenso recorrido, bien correspondientes a personajes históricos, mitológicos o literarios; bien anónimos,fugaces y plurales, llevan tras de sí la palabra como manifestación de su tránsito. Aquí Eneas o Noé trascienden la crónica histórica, la idea detenida en nuestra memoria de lo que fueron, y un cruzado o un extranjero, un mercadero un inmigrante, son a la vez la totalidad de nuestros pasos por mundos diversos: Ícaro se acerca a nosotros en el tiempo bajo el traje inquietante del astronauta, mientras Montaigne y Stefan Zweig se repliegan ante el adolorido y siniestro mundo de la razón, para, entre estas historias, dar paso al erotismos babilónico y la rareza del cuerpo nuevo que se descubre en todas sus dimensiones ante Américo Vespucio.
El libro se convierte pues en un círculo cerrado que gira sobre sí mismo, y esto lo confirma la aparición en las páginas finales (después de mucho trasegar por mares, plazas, calles y selvas) de personajes como Teseo, Alonso Quijano y Gulliver, quienes, tras una lectura que se desarrolla en una línea cronológica, sorprenden en la ambigüedad de su palabra, lúcida y medida, crítica y sensible, con que el punto de partida no es más que la excusa del hombre para saberse desterrado. Que finalmente todos somos uno, todos somos esa voz que asumimos al iniciar en la lectura el viaje: contención y vértigo de la prosa, ensueño y alborozo de la palabra.
El libro además sorprende, en esta nueva edición de Viajeros, después de casi doce años de haber visto la luz, con las ilustraciones de José Antonio Suárez Londoño. Cada imagen con la que José Antonio acompaña el libro es un universo paralelo que conjuga las imágenes propuestas por Pablo Montoya y la libertad del lector para representarse lo leído. Esa triada es una muestra más de la genialidad de estos poemas: libres de toda contención, resistiendo siempre a la idea fija o la intención limítrofe. José Antonio nos brinda en sus dibujos otra ruta, un camino afín, una vertiente más de lo que antes conocíamos como posible. Los colores se suman a los olores, cada superficie se torna amiga al tacto y las siluetas de ballenas, montes, ciudades, hombres, manos, alas, lenguas y flautas hacen del viaje una espera para la eternidad. Sólo al final nos queda abrazar el extravío, esa adorada extensión hecha de nada y de todo y tratar de cerrar el libro con las palabras de Melville recorriendo la lengua: “Me quedaría aquí, sin brújula, buscando la trayectoria del último arpón, el secreto de la locura, el íntimo silencio del mar”.
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