Un alimón bastante famoso

Borges+Bioy_TGZ_AlimonEl escritor Honorio Bustos Domecq solo vivió en la imaginación de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Su aparición sintetizó la amistad entre dos narradores que no pudieron resistirse a sacar provecho literario de la fortuna de haberse conocido. Combinaron sus visiones y jugaron a crear un “tercer personaje”, un autor tan verídico como ellos mismos.

Poseídos por el efecto que provocaban el uno sobre el otro, firmaron con el seudónimo Bustos Domecq los libros Seis problemas para don Isidro Parodi (1942) y Dos fantasías memorables (1946), y con sus propios nombres Crónicas de Bustos Domecq (1967) y Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977).

Además, en 1946 ensayaron una nueva voz, la de B. Suárez Lynch. Con esta identidad publicaron una novela corta, Un modelo para la muerte, que incluye un prólogo escrito precisamente por Bustos Domecq, quien dice ser el inspirador de la obra: “Mis Seis problemas para don Isidro Parodi le indicaron el rumbo de la verdadera originalidad”.

Este tipo de escritura a cuatro manos recibe el nombre de al alimón. En realidad no existe una descripción del método porque cada pareja de autores busca una rutina funcional para trabajar, ya sea de manera ordenada, caótica, pacífica o turbulenta. Lo único indispensable es que el texto final se presente unificado aunque resguarde un secreto, y es que fue construido por dos inteligencias que hicieron alquimia.

A propósito del concurso Tragaluz alimón, en el que les proponemos buscar una pareja para escribir un cuento o una novela corta, queremos presentarles algunos ejemplos de los resultados que se obtienen cuando dos plumas se encuentran para narrar la misma historia.

En esta entrega les compartimos un fragmento del primer capítulo de Seis problemas para don Isidro Parodi firmado, claro está, por Honorio Bustos Domecq, supuesto empleado público y escritor, entre otras cosas, de cuentos policiales.

Parece magia, ¿no?

¡Quedamos a la espera de sus propuestas!

 

Las doce figuras del mundo

A la memoria de José S. Álvarez

I

El Capricornio, el Acuario, los Peces, el Carnero, el Toro, pensaba Aquiles Molinari, dormido. Después, tuvo un momento de incertidumbre. Vio la Balanza, el Escorpión. Comprendió que se había equivocado; se despertó temblando.

El sol le había calentado la cara. En la mesa de luz, encima del Almanaque Bristol y de algunos números de La Fija, el reloj despertador Tic Tac marcaba las diez menos veinte. Siempre repitiendo los signos, Molinari se levantó. Miró por la ventana. En la esquina estaba el desconocido.

Sonrió astutamente. Se fue a los fondos; volvió con la máquina de afeitar, la brocha, los restos del jabón amarillo y una taza de agua hirviendo. Abrió de par en par la ventana, con enfática serenidad miró al desconocido y lentamente se afeitó, silbando el tango Naipe Marcado.

Diez minutos después estaba en la calle, con el traje marrón cuyas últimas dos mensualidades aún las debía a las Grandes Sastrerías Inglesas Rabuffi. Fue hasta la esquina; el desconocido bruscamente se interesó en un extracto de la lotería. Molinari, habituado ya a esos monótonos disimulos, se dirigió a la esquina de Humberto I. El ómnibus llegó en seguida; Molinari subió. Para facilitar el trabajo a su perseguidor, ocupó uno de los asientos de adelante. A las dos o tres cuadras se dio vuelta; el desconocido, fácilmente reconocible por sus anteojos negros, leía el diario. Antes de llegar al Centro, el ómnibus estaba completo; Molinari hubiera podido bajar sin que el desconocido lo notara, pero su plan era mejor. Siguió hasta la Cervecería Palermo.

Después, sin darse vuelta, dobló hacia el Norte, siguió el paredón de la Penitenciaría, entró en los jardines; creía proceder con tranquilidad, pero, antes de llegar al puesto de guardia, arrojó un cigarrillo que había encendido poco antes. Tuvo un diálogo nada memorable con un empleado en mangas de camisa. Un guardia cárceles lo acompañó hasta la celda 273.

Hace catorce años, el carnicero Agustín R. Bonorino, que había asistido al corso de Belgrano disfrazado de cocoliche, recibió un mortal botellazo en la sien. Nadie ignoraba que la botella de Bilz que lo derribó había sido esgrimida por uno de los muchachos de la barra de Pata Santa. Pero como Pata Santa era un precioso elemento electoral, la policía resolvió que el culpable era Isidro Parodi, de quien algunos afirmaban que era ácrata, queriendo decir que era espiritista. En realidad, Isidro Parodi no era ninguna de las dos cosas: era dueño de una barbería en el barrio Sur y había cometido la imprudencia de alquilar una pieza a un escribiente de la comisaría 8, que ya le debía de un año. Esa conjunción de circunstancias adversas selló la suerte de Parodi: las declaraciones de los testigos (que pertenecían a la barra de Pata Santa) fueron unánimes: el juez lo condenó a veintiún años de reclusión. La vida sedentaria había influido en el homicida de 1919: hoy era un hombre cuarentón, sentencioso, obeso, con la cabeza afeitada y ojos singularmente sabios. Esos ojos, ahora, miraban al joven Molinari.

—¿Qué se le ofrece, amigo?

Su voz no era excesivamente cordial, pero Molinari sabía que las visitas no le desagradaban. Además, la posible reacción de Parodi le importaba menos que la necesidad de encontrar un confidente y un consejero. Lento y eficaz, el viejo Parodi cebaba un mate en un jarrito celeste. Se lo ofreció a Molinari. Éste, aunque muy impaciente por explicar la aventura irrevocable que había trastornado su vida, sabía que era inútil querer apresurar a Isidro Parodi; con una tranquilidad que lo asombró, inició un diálogo trivial sobre las carreras, que son pura trampa y nadie sabe quién va a ganar.

Don Isidro no le hizo caso; volvió a su rencor predilecto: se despachó contra los italianos, que se habían metido en todas partes, no respetando tan siquiera la Penitenciaría Nacional.

—Ahora está llena de extranjeros de antecedentes de lo más dudosos y nadie sabe de dónde vienen.

Molinari, fácilmente nacionalista, colaboró en esas quejas y dijo que él ya estaba harto de italianos y drusos, sin contar los capitalistas ingleses que habían llenado el país de ferrocarriles y frigoríficos. Ayer no más entró en la Gran Pizzería Los Hinchas y lo primero que vio fue un italiano.

—¿Es un italiano o una italiana lo que lo tiene mal?

—Ni un italiano ni una italiana —dijo sencillamente Molinari—. Don Isidro, he matado a un hombre.

 

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