Tres modelos de editor, por Jerónimo Pizarro

Me pidió Tragaluz una reflexión sobre el oficio del editor. Ocurrió mientras me dedicaba a descubrir el trabajo de Daniel Balderston y María Celeste Martín sobre una serie de manuscritos de Jorge Luis Borges, y mientras discutía con Ignacio Bajter algunos de los criterios para editar la Correspondencia reunida, de Felisberto Hernández, que se publicará en Barcelona.

Estas coincidencias me hacen pensar que yo siempre he tenido al menos tres modelos de editor muy presentes.

Uno, el editor que trabaja con fuentes primarias, que es sensible al magnetismo de los archivos, un magnetismo de índole marítima, si se quiere. «La comparación con los flujos naturales e imprevisibles está lejos de ser fortuita», explica Arlette Farge, en La atracción del archivo, si tenemos en cuenta que «quien trabaja en los archivos a menudo se sorprende evocando ese viaje en términos de zambullida, de inmersión», y que los archivos «se dividen en fondos» y suelen estar «estibados en los sótanos de las bibliotecas».

Otro, el editor de mesa que, al mismo tiempo que recorre cada línea de cada texto como si fuera propio, busca ser el cómplice de la formación de muchas bibliotecas, que, en algunos casos, son un amplio y sugestivo mapa de los territorios que ese editor mejor conoce y más ha recorrido. A Roberto Calasso le debo la iniciación en decenas de autores, gracias a Los cuarenta y nueve escalones, y a todos los libros que impulsó e hizo posibles. Al fin y al cabo, un editor puede ser un buscador de libros únicos, o «ineludibles» (Pere Sureda), portadores de una posibilidad de conocimiento, «cuya ignorancia haría nuestra vida simplemente más estrecha» (Calasso, L’impronta dell’editore). 

Por último, está el editor con alma de tipógrafo, el que depende de catálogos como el de Campgràfic, en español, el que piensa la tipografía como una forma de creación y un instrumento de comunicación. Letra, espacio entre letras, palabra, espacio entre palabras, línea, interlineado, caja, soporte, forman parte de los elementos que cambian decisivamente la experiencia de lectura. Tragaluz lo sabe, al igual que otras editoriales afines, y cada libro que publica representa una oportunidad para discutir aspectos de formato y materialidad.   

En suma, un buen editor es un enamorado de las palabras, un apasionado que busca compartir sus emociones más profundas, una figura que piensa los libros como objetos de valor cultural y que, además, tiene grandes responsabilidades: puede y debe formar comunidades de lectores, puede y debe comunicar y divulgar bien cada título. Por eso yo cada vez desconfío más de las editoriales con vocación planetaria, de las que no han conquistado un territorio, pero ambicionan derechos mundiales, de las que no tienen tiempo para hablar de la última novedad porque llueven libros sobre mojado. 

Ojalá los editores alcanzaran a veces —como Mario Muchnik, en Editar Guerra y paz— a contarnos por qué editaron determinado libro y cuánta diligencia pusieron en ello. Tras leer ese tomo y conocer un proceso que duró cuatro años y medio, me quedó claro que yo aún podría releer Guerra y paz, que el libro nunca se agotaría, que la edición, como la traducción, pueden ir de la mano y ser labores infinitas, y que yo necesitaba la traducción de Lydia Kúper como se requiere un bien esencial. Ella había puesto su alma en su versión, Miguel López en la corrección de pruebas, Mario Muchick en acompañar el proceso, y yo quería volcar la mía en ese libro, en esa traducción, en esa edición. Hay libros únicos, pero también versiones y ediciones únicas. Ojalá a mis manos lleguen siempre esos libros en que confluyen diversos esfuerzos y pasiones; en que diversas artes y saberes dialogan. Son esos los que deseo reunir bajo un mismo techo.

Jerónimo Pizarro tiene una hoja de vida excepcional, y casi toda gira alrededor de la obra de Fernando Pessoa. Doctor en literatura hispánica de la Universidad en Harvard y en lingüística portuguesa en la Universidad de Lisboa, tiene acceso privilegiado a la obra inédita del poeta portugués. Todo lo que edita y publica se caracteriza por su orden, novedad, pertinencia y calidad. Pocos editores en el mundo conocen tan bien al escritor luso que marcó la literatura contemporánea.

Es profesor titular de la Cátedra de Estudios Portugueses del Instituto Camões en Colombia y de la Facultad de Artes y Humanidades de la Universidad de los Andes. Trabaja con Tragaluz desde 2012 como director de la colección Lusitania.

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