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Sueño ante la nada – Sobre O Marinheiro, de Fernando Pessoa.

Fernando Pessoa escribió O Marinheiro en 1913, uno de sus años de más intensidad creativa. En esa obra dramática se condensan muchas de las búsquedas, preguntas e incertidumbres que definen su espíritu. En 1990, el Teatro Matacandelas, de Medellín, montó la obra y la convirtió en una puesta en escena emblemática de la dramaturgia colombiana. Año tras año la presentan, llenan las salas, y estremecen a los espectadores. Compartimos con ustedes un escrito sobre las historias que hay detrás de este montaje, y sobre la manera en que dialoga Pessoa con la realidad de nuestras ciudades.

O Marinheiro, el montaje que hizo el Teatro Matacandelas del drama escrito por Fernando Pessoa, fue estrenado en noviembre de 1990 ante sesenta personas. Esa noche el público estaba compuesto por lo que Cristóbal Peláez, director del colectivo, llama “el comité de aplausos”: los amigos, familiares, y allegados que sin importar lo que les muestren siempre felicitan.Pero al final de la función sucedió algo inesperado. “Nadie aplaudió y los invitados empezaron a salir uno por uno, en filita. Afuera habíamos preparado un coctel humilde para celebrar el estreno, pero fue la única vez en la historia de este teatro que nos lo dejaron servido. Se excusaron y se fueron: eso parecía un velorio. Solo quedó una mujer que salió a la media hora de la sala. Se llamaba Consuelo. Me dijo que eso era lo más tenaz que había visto en la vida. En ese momento creí que lo decía por alegrarnos”, recuerda Peláez.Y si en el estreno les fue mal, con la asistencia a esa primera temporada -fueron diez presentaciones-, les fue peor. La vez que llegaron más espectadores se vendieron quince boletas. Llovían las críticas, que se referían sobre todo al carácter estático del drama. “El teatro es movimiento, piénselo”, le dijo una amiga cercana a Cristóbal. Se temió que la obra fuera un fracaso, aunque él estaba convencido de la calidad de sus elementos.

Durante el primer semestre de 1991 decidieron insistir y volverla a presentar: “Uno no puede dejar a sus criaturas tiradas”, explica Cristóbal. Era el año más violento en la historia de Medellín y las funciones se programaban a las seis y media de la tarde. Sorpresivamente el público llegó en cantidades nunca vistas. Incluso había revendedores en las puertas del teatro, ubicado por esos años cerca al Instituto de Bellas Artes.A partir de ese momento O Marinheiro se convirtió en una obra insigne del teatro de la ciudad y el país. En veinte años ha sido vista por aproximadamente 30 mil espectadores en alguna de sus 260 funciones. Y no sólo la han presentado en varias ciudades de Colombia, también lo han hecho en Ecuador, Perú, y Cuba, donde recibieron el premio al Mejor Espectáculo del Año en 2003.

La obra en el público
Ante el éxito que obtiene año tras año, surge la pregunta: ¿Qué hace tan especial a esta obra? ¿Qué experiencias suscita?

Lina Castaño fue actriz del Matacandelas, y representó a una de las tres veladores de O Marinheiro por ocho años. Se refiere a la obra con un profundo respeto. Antes de ser actriz ya la conocía como lectora asidua de Pessoa y como espectadora del teatro: “Esta obra supera las coordenadas de la tristeza. No sabría cómo describirlas, uno no puede asociarlas a la vida personal, es un peso que se siente de la vida como tal. Por O Marinheiro todo se pone en cuestión: el piso sobre el que caminas, las voces que escuchas, lo que has recorrido, el pasado, el presente, el futuro, todo. Hay días en que yo salía muy mal de ella, me desmaquillaba y lo único que quería era irme, no estar más ahí, desconectarme de todo: era una carga muy fuerte”.

Cristóbal cuenta que al principio era normal que no hubiera aplausos al final de la función debido a que el público quedaba atónito, petrificado. También es frecuente escuchar gritos fugaces hechos de sorpresa y pavor. Pero eso empezó a perder notoriedad ante situaciones extremas que la han sucedido a algunas personas durante la obra. Por ejemplo recuerda una vez en que una mujer entró en shock en plena función y tuvieron que sacarla de la sala casi convulsionando.

No deja de sorprender que el público acuda masivamente a las presentaciones de O Marinheiro siempre que está en temporada. Se trata de una obra difícil –el texto de Pessoa es oscuro y enigmático–, y que genera sensaciones desagradables. Además, porque es inusual que en una obra de teatro el único movimiento visible sea el del rostro de las actrices. A pesar de esto, hay quienes la han visto casi veinte veces, y nunca dejan de llegar nuevos espectadores.

La historia del marinero en Medellín
El poeta Carlos Vásquez vio O Marinheiro en su temporada inaugural. Como lector y estudioso de Pessoa opina que es un “capítulo aparte en su obra” y que el montaje que hizo el Matacandelas es excepcional. Le resulta fascinante la acogida que ha tenido en la ciudad, pero es algo que le cuesta entender. Para explicárselo aventura una hipótesis: “A ratos me pregunto si no tendrá que ver con la experiencia de la muerte que tenemos como ciudad. La obra habla de eso que tanto sabemos. Tenemos un conocimiento tenaz de la muerte, que es lo que nos hace masa en Medellín desde hace décadas: a todos nos toca, nos amenaza, nos involucra e iguala. Los jóvenes van a la obra y se dan cuenta de la sociedad en la que viven”.

Vásquez encuentra una relación entre la obra y su contexto, pero no en el que fue escrita sino en el que ha sido representada por veinte años. Para explorar más esa relación hay preguntas que pueden servir de ruta: ¿Cómo habla esta obra de la muerte? ¿Qué relación tiene con Medellín? O mejor: ¿Cuál es la historia del marinero?

El escrito de Pessoa podría resumirse así. Tres hermanas velan el cadáver de una mujer, y hablan mientras pasa la noche. En medio de la conversación, una de ellas recuerda un sueño que tuvo –o pudo tener– a la orilla del mar. Soñó con un marinero que naufragó en una isla, y que se dedicó a soñar con una patria diferente a la suya para escapar al dolor de no poder verla. Soñaba con nuevas personas, amigos, crepúsculos, ventanas, travesías, sonidos de barco, porque los reales los había perdido. Un día se cansó de soñar y quiso recordar su auténtica patria, pero no pudo. Su sueño era todo lo que tenía, todo lo que era.Narra la veladora que un día pasó un barco por la isla y allí no estaba el marinero, que tal vez desapareció en su propio sueño. El marinero acabó con todo, hasta con él mismo. Creó un sueño para ver algo, y todo lo que no hiciera parte de su ensoñación dejó de existir.La hermana le cuenta ese sueño suyo a las otras, cuando lo único que tienen al frente es un cadáver y la oscuridad. Como el marinero, ellas tampoco pueden ver: sueñan y recuerdan. La historia del marinero las horroriza, se reflejan en ella y quieren huir, pero no tienen tiempo para moverse junto a la densidad de la muerte. Saben que el malestar que les causó escucharla durará eternamente. La historia les hiere la frágil tranquilidad con la que habían empezado a hablar: antes del amanecer dudan aterrorizadas del tiempo, la realidad, el pensamiento, y del ser.

El teatro Matacandelas lleva dos décadas presentando ese necesario sufrimiento a una ciudad oscurecida por el sueño de la muerte; veinte años contando la historia de cómo también se muere cuando se cierran los ojos y se decide negarla.

Tal vez el horror que nos muestran atraiga el amanecer.

La versión original de este escrito se publicó en el periódico universitario De la Urbe, en diciembre de 2010.