Seis escritores que nos hablan de la diversidad cultural

Cada 12 de octubre solía celebrarse la llegada de Cristóbal Colón al continente americano. Un suceso que, indudablemente, marcó el destino de nuestra historia. Sin embargo, conmemorar esta fecha por tal razón había representado la exaltación del conquistador sobre la cultura ancestral y las vidas de miles de indígenas y negros maltratados durante cientos de años.

Los movimientos indigenistas y el rechazo de la celebración del inicio de una barbarie han conseguido un cambio simbólico: lo que antes se llamaba Día de la raza o de la hispanidad, se ha convertido en una jornada para reconocer la diversidad cultural de nuestro continente. En Colombia se cambió por el Día de la Diversidad Étnica y Cultural de la Nación Colombiana. En Argentina es el Día del Respeto a la Diversidad Cultural y en Ecuador se conmemora el Día de la Interculturalidad y la Plurinacionalidad.

Desde nuestra admiración por la variedad de voces y culturas narradas por la literatura, queremos unirnos a la celebración por el reconocimiento y el respeto de la diversidad cultural, entendiendo que son los autores quienes han vivido y condensado las dificultades de ser diversos en lugares que rechazan y persiguen la diferencia.

A lo largo de la semana, resaltaremos la obra de seis autores que han resistido y reivindicado su papel dentro de la literatura, a pesar de las dificultades que les ha significado ser diferentes. Los tres primeros: el momposino Candelario Obeso, la chocoana Amalia Lú Posso y el cubano Reinaldo Arenas.

 

Candelario Obeso, el poeta de los bogas
Hijo de un blanco abogado y una negra lavandera, el Negro Obeso nació y pasó su infancia a orillas del río Magdalena, en Mompox. A los 17 años, remontó sus caudalosas aguas en los champanes conducidos por los bogas, unas embarcaciones de unos quince metros de largo por dos de ancho y uno de profundidad, arrastradas a contracorriente por hombres negros con pértigas, que se detenían en los pueblos sabaneros para descansar y conseguir víveres. El destino era Bogotá, el lugar donde su poesía vio la luz.

Ilustración de Elizabeth Builes

En Cantos populares de mi tierra, su obra célebre publicada en 1877, reúne la cosmovisión, el lenguaje y los rasgos culturales de sus coterráneos, bogas y campesinos de tierra caliente. Sus poemas costumbristas estaban escritos con la fonética utilizada por los negros de la época, dándole un lugar especial a su herencia cultural, realzando la cadencia musical del dialecto de su pueblo y otorgándole un lugar más allá de la curiosidad y el desprecio de los blancos, en esa división racial y odiosa que ha perdurado en la humanidad. Una muestra de ello es su poema Serenata:

«Ricen que hay guerra / Con lo cachacos, / Y a mí me chocan / Los zambapalo… / Cuando lo goros / Sí fuí sordao / Pocque efendía / Mi humirde rancho… / Si acguno quiere / Trepacse en arto, / Buque ejcalera / Por otro lao… / Ya pasó er tiempo / Re loj eclavos; / Somo hoy tan libre / Como lo branco…»

Cada verso es una manifestación por desprenderse de la visión del negro esclavo y salvaje, por reivindicar la libertad y la sabiduría ancestral de la población caribeña. La alegría, los peligros de la naturaleza, el amor, la fiesta y los lamentos de los bogas y campesinos son retratados en toda su naturaleza para dimensionar, cientos de años después, la riqueza cultural y espiritual de nuestros antepasados.

El 6 de julio de 1884, Candelario Obeso falleció en Bogotá de un disparo en el abdomen. La pistola Remington, arma del funesto suceso, era de su propiedad, por lo que el acto suscitó diferentes versiones entre sus amigos y conocidos: que era un suicidio -ya lo había intentado fallidamente con una escopeta en 1881-, que estaba limpiándola y apretó el gatillo accidentalmente o que lanzó la pistola a la pared cuando sintió que algo le estorbaba en el bolsillo trasero de su pantalón. Tres días pasaron entre la agonía y el deceso del poeta precursor de la poesía negra en Colombia. Después de vivir los agravios sociales y los rechazos amorosos por su color de piel, de recibir insultos de los blancos aristócratas capitalinos, Candelario Obeso partió de este mundo dejando un legado invaluable para la identidad literaria y cultural de Colombia.

 

“En el Chocó se canta y se cuenta”
La casa de la infancia de Amalia Lú Posso era refugio de la palabra. Su madre, la primera enfermera profesional de Quibdó, trabajaba durante largas jornadas en el único hospital de segundo nivel de Chocó: el San Francisco de Asís. Amalia se quedaba al cuidado de dos nanas que tenían como misión adicional, entretenerla. Una de ellas, Delfa García, adaptaba los cuentos de la literatura universal al contexto chocoano y los recitaba utilizando las palabras de la región, con la musicalidad cautivadora del acento de los negros que habitan este rincón selvático colombiano.

Ilustración de Sara Quijano Sierra

Para Amalia, estos relatos abrían un universo al alcance de sus ojos. Que Pulgarcito se perdiera en la selva, cerca de su casa; que los personajes de cada narración hablaran con la cadencia de la voz que sus nanas sugerían, fue inolvidable. Muchos años después, en su adultez, comprendería que el andamiaje de su cultura estaba condensado en la oralidad de las cuidadoras, en un acto tan casero como sorprendente.

Ese amor inefable hacia su esencia negra, se ha visto reflejado en su relación con la literatura. Sus libros son testimonio de la tradición oral de la comunidad afro del occidente colombiano, con un elemento adicional: además de escribir, Amalia recita sus cuentos siguiendo al pie de la letra -o de la palabra- la interpretación de sus nanas. Se contonea como lo hacían las negras de caderas anchas que la cuidaban de niña, entona cada frase con el erotismo de las mujeres de su tierra, seduce con sus gestos y envuelve al escucha en un viaje por el Chocó, incluyendo la cocina, las costumbres, los vestidos, los cantos y las celebraciones propias de su pueblo.

Las mujeres que protagonizan sus cuentos, se muestran con una naturaleza sensual que va más allá del discurso actual del empoderamiento femenino, pues no se trata de una manifestación política de reivindicación del cuerpo ante los años de represión patriarcal: es el deseo y la libertad connatural del ser humano que fluye sin esfuerzo, como un impulso consabido y nunca prohibido. 

Infaltable debe ser la lectura de Vean vé, mis nanas negras y verla interpretar a viva voz uno de sus relatos. En YouTube se encuentran registros como este. Amalia encarna en cada milímetro de su cuerpo, la tradición de la cultura afro.

 

Perseguido y encerrado en la isla libertada
A Reinaldo Arenas, una de las grandes voces de la literatura cubana, le cayó en mala suerte el dominio de Fidel Castro en la isla. Ser escritor disidente y homosexual trajo consigo una condena severa, a pesar de haber servido como soldado en las filas de la insurrección castrista.

Ilustración de Samuel Castaño

Reinaldo solo pudo publicar una novela en su país: Celestino antes del alba (1967), pues varios de sus manuscritos fueron confiscados y rotos por el régimen —tuvo que reescribir varias veces la novela El palacio de las blanquísimas mofetas—. Envió textos clandestinamente para publicar en otro país, estuvo en la cárcel acusado de contrarrevolucionario, con palizas y torturas incluidas, e intentó escapar varias veces sin éxito. Estaba encerrado en una tierra donde no podía expresar su libertad, con el agravante de ser perseguido por su pensamiento anticastrista y odiado por su atracción hacia los hombres.

En 1980 logró escapar de la isla desde el puerto de Mariel hacia los Estados Unidos, en el éxodo de disidentes. Para no levantar sospechas y huir de las miradas inquisidoras de la policía cubana, falsificó su nombre: cambió su apellido por Arinas. Vivió un tiempo en Miami y luego en Nueva York, donde acabaría su obra autobiográfica y completaría su pentalogía de novelas en las que retrata la persecución hacia los homosexuales, los rasgos de la sociedad bajo el régimen y los efectos de la política hacia los que pensaban diferente.

Sobre él mismo dijo una vez: “Soy una persona disidente en todos los sentidos, como aquí se dice, porque no soy religioso, soy homosexual y a la vez soy anticastrista, es decir creo que reúno todas las condiciones para que nunca se me publique un libro y para vivir al margen de toda sociedad en cualquier lugar del mundo”.

Antes de que la muerte lo visitara a causa del Sida que le fue diagnosticado en 1987, el autor cubano decidió ponerle fin a los años de persecución y rechazo con sus propias manos. Un vaso de whisky y un tarro de tranquilizantes bastaron para desprenderse de la vida, la noche del 7 de diciembre de 1990, dejando una nota de despedida en la que culpa al exlíder cubano de su muerte: “Solo hay un responsable: Fidel Castro. Los sufrimientos del exilio, las penas del destierro, la soledad y las enfermedades que haya podido contraer en el destierro seguramente no las hubiera sufrido de haber vivido libre en mi país”.

La literatura fue su refugio, el lugar donde nadie lo pudo encerrar, la prueba de su resistencia ante una sociedad que margina la disidencia en todas sus expresiones.

 

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