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Resultados del concurso «Desde casa hacia el futuro»

Fueron muchos los relatos que participaron en el concurso de relatos cortos “Desde casa hacia el futuro”. Encontramos muchísimas historias llenas de emociones, de sentimientos de esperanza o de crudeza, muchas distopías, cuentos y poemas, que imaginaban el futuro desde una cama y viajaban a través del mundo. Entre todos ellos hemos seleccionado 21 escritos y decidimos declararlos como ganadores del premio.

A continuación compartimos los relatos escogidos. Agradecemos a todos los que nos escribieron y felicitamos a todos los ganadores. Los invitamos a seguir escribiendo como un ejercicio que nos permita viajar sin restricciones durante la cuarentena.

Promesas
Catalina Márquez Jaramillo
Salimos del aislamiento. Nos vimos las caras. Éramos diferentes: unos, más canosos; otros, más blancos por la ausencia del sol; yo, particularmente, más barrigona. Sin embargo, no era lo físico lo que realmente había cambiado, era nuestra esencia la que se había transformado a través de la introspección en la que estuvimos absortos.

Fui consciente, de inmediato, que el ser que llevaba en mi vientre sería el más afortunado de crecer en un mundo que había madurado en solidaridad y altruismo. Nos dimos cuenta de que las batallas no son individuales sino colectivas. También, que nuestros actos impactan, para bien o para mal, y que debemos ser conscientes para procurar que sean para bien. Entendimos que el “para siempre” no existe, que el “mañana” no depende de nosotros, por lo cual nuestra última oportunidad para ser conscientes es el “hoy”.

Nos prometimos no volver a la normalidad, a ese estado en el que todo está garantizado: la vida, la salud, los abrazos, los besos, las conversaciones presenciales, la cercanía y el contacto físico. A partir del momento en el que nos reconocimos, agradecimos cada instante, como lo hicieron quienes vinieron a este mundo después de nosotros -como mi hijo-.

 

Recordaremos
Catalina Barrera Ramírez

Algún día volveremos a sentarnos frente a la playa
y recordaremos sin dolor el vuelo que no tomé,
los besos que me faltaron
y los abrazos que te debía.

Recordaremos cómo fue que las gentes
vieron la vida a través de las ventanas,
cómo los vecinos cantaron al viento
y reemplazaron saludos por miradas.

Recordaremos que las paredes nos encerraron
pero también nos enseñaron.
Que tuvimos miedo
y que al final lo superamos.

Recordaremos que las fronteras aparecieron
y desaparecieron
y entre tanto,
fuimos víctimas de nuestro propio invento.

Recordaremos que fuimos fuertes
pero también vulnerables,
y que nunca nos sentimos solos
porque así nos conectamos.

Recordaremos que la comida fue escasa
mientras la injusticia abundaba,
pero que abrimos los ojos
ante las necesidades del alma.

Recordaremos que no fue fácil,
que te extrañé y nos extrañamos,
pero que me sostuvo tu voz
y el amor que nos confiamos.

Recordaremos con nostalgia
el día que los paseos fueron sancionados,
las fiestas prohibidas
y los restaurantes sellados.

Algún día,
tú y yo, de la mano,
recordaremos que hubo una vez
en que la vida no fue como nos la enseñaron.

 

Tuvimos miedo
Daniel Esteban Bustamante

Tuvimos miedo al girar la llave y abrir la puerta. Poco a poco, al irse juntando los hombros, sentimos la tímida calidez del que aproxima su mano a la vela.

 

Encuentro cercano
Viviana Estrada Morales

Cuando la vi, no lo podía creer. Hacía tanto que no veía uno de su especie, que me tomó unos segundos reaccionar. Entonces decidí no correr; algo que jamás se me habría ocurrido hacer antes de que todo esto pasara. 

Al principio, no notó mi presencia. Siguió acercándose y yo, con el corazón agitadísimo, continué inmóvil. Dio unos pasos más y… ¡zaz! Nuestras miradas se cruzaron. Por un instante sentí que mi corazón se detuvo. Sin embargo, no bajé los ojos, no. Me quedé detallando los suyos, marrones y brillantes. No parpadeaba, y sin dejar de mirarme, continuó acercándose, con cautela. 

A unos dos pasos de distancia noté algo diferente en ella. Ya no vi odio, ni temor, ni codicia en su mirada. En cambio, percibí ternura, alegría y paz. En ese momento mi corazón se calmó y dejé que su mano tocara mi cabeza. ¡Cuánta dicha sentí en aquel momento! Por fin había descubierto lo que era la caricia de un humano.

Segundos después, sonrió, inclinó su cabeza y alejándose dijo: “gracias, zorrito”.

No sé si todos estén igual, pero sé que ya nada volverá a ser como antes. Sin duda, será mejor.

 

Rodeos populares políticamente incorrectos
Susana Ramírez

Con el morral abrazado al pecho y cabizbaja para no mirar a nadie, como si el mal de muerte fuera mal de ojo, espero las nueve estaciones que me separan del tedio infinito y de las cuatro paredes artificialoides donde me guardo como un animal congelado mientras termina la jornada de trabajo. Estrecha y rodeada de cuerpos sudorosos, malolientes, silenciosos y tan asustados como yo, una mujer me roza el brazo con su brazo húmedo, y yo contengo un grito ahogado de asco. 

Han pasado varios cielos desde entonces, el aire ya ha respirado mucho y las puertas vuelven a conducir a la calle. Otra vez, Medellín nos recibe con sus rincones toscos y sus custodios harapientos, con la hipocresía de sus cuadras y sus titulares, con la imagen variopinta de las casitas del norte y con el olor dulcisimo de los cuerpos amontonados en el metro.

Luego de la abstinencia popular, agradezco con el espíritu el calor de esta gente, sus babas atrevesando vagones, sus brazos pegotudos como el velcro y la fortuna de coincidir entre susurros: ¡Nada que nos morimos!

 

Aeternum
Ancízar Valencia

En un mes estaremos igual que ahora, solo que un mes más tarde, más allá, más lejos, más viejos, más intocables, más inabarcables, algunos sin vida —como ahora que estamos muertos—. En un año estaremos igual que en un mes, igual que el año pasado. En dos años todo será igual; la gente muere, la gente vive, la gente teme, la gente estornuda sobre otra gente. En diez años será lo mismo, con gente nueva y con virus nuevos y con vacunas nuevas. En cien años existirá otro mundo igual a este, más muerto o más vivo, pero igual; será más difícil conseguir papel higiénico, será más fácil tener el culo limpio; como ahora, que es un poco mejor que hace cien años y un poco peor que hace cien años. Después está el nuevo milenio y luego otros mil más. Al final la eternidad, y en la eternidad nada cambia, todo es siempre lo mismo, este instante inmutable en el tiempo predestinado a suceder por siempre, igual que hace una hora, igual que dentro de tres siglos.  Una y otra vez el mismo punto final en este texto, que se escribirá infinitamente una sola vez. 

 

El brindis del abuelo
Edgar Vergara Peña 

Aquella noche del treintaiuno de diciembre de dos mil veinte, el abuelo se levantó de la mesa y fue al escondite por unas botellas de vino. Se fue bailando y silbando. 

Pensó dónde podría estar el descorchador. Lo vio encima de la mesa. Agarró seis copas y se las llevó hasta el comedor. Sujetó una botella y en segundos el corcho ya no estaba. Sirvió las seis copas. Su hija, su yermo y sus dos nietos lo miraron entre sorprendidos y extrañados. Con el descorchador golpeó suavemente la copa y pidió la palabra. Con una sonrisa los miró y les dijo: 

-¡Brindo por la ciencia, que tardó en encontrar la bendita cura, brindo porque aprendí a hacer videollamadas, brindo porque hoy estamos juntos, brindo hijueputa porque este año lo coronamos. ¡Salud!

Se tomó la copa de un sorbo y como si fuera un oso gigante abrazó a su pequeña familia mientras miraba la foto de la abuela.

 

La tarta de cereza
Melissa Cardona

Luego de 26 semanas, 4 días enteros y un atardecer triste sin salir del triángulo irregular que formaban la casa de mi amiga Daisy, la del difunto Gonzalo, la peluquería de Mary, la pequeña tienda de abarrotes y nuestra trinchera, los juegos de palabras de después de la cena nos aburrieron hasta el llanto. Fue en ese momento cuando a papá se le ocurrió la brillante idea de cavar un túnel desde nuestra sala hasta el bosque, que según calculaba estaba a menos de 200 metros. Cavamos sin descanso hasta la semana 29 de la cuarentena; nunca más encendimos la televisión, tomamos una ducha o cenamos puré de papas. Apenas parábamos para beber agua color ámbar. Al terminar el túnel de destino incierto hicimos con agilidad nuestras maletas, entramos en él y comenzamos cuidadosamente a descender; pero, por suerte, había olvidado mi cepillo dental y entonces debimos volver. Fue entonces cuando tras poner mi pie en la baldosa arruinada, el sonido vibrante de la campana penetró en mis oídos: eran Daisy y su mamá, traían una tarta de cereza y entre cantos alegres nos invitaban a jugar al bosque. ¡El virus se había ido para siempre!, ¡finalmente lo habían destruído!

 

A través del cristal
Cristhian Villegas Pelaez

Salimos de casa con un leve estupor, como buscando con timidez a un cazador invisible. Las calles, que parecían estar en una perpetua medianoche, se fueron llenando de a poco. La única que se quedó adentro fue la tía Martha, se limitaba a ver lo que ocurría a través del cristal de la ventana. 

Era de esas personas que cuidaban la limpieza y el orden de todo. Siempre creímos que exageraba. Fue la primera en usar tapabocas, incluso cuando el virus no había salido de China. Un año después continúa usándolo, al igual que los litros de desinfectante y guantes de látex. Y, aunque perdió su empleo al poco tiempo de salir de la cuarentena, encontró la manera de trabajar desde casa. «No me arriesgaré, habrá otros más fuertes», alega cada vez que la invitamos a dar un paseo.

La semana pasada encontramos a la tía Martha al borde de un colapso nervioso en la sala de emergencias del Hospital Departamental. La abuela tuvo un ataque de asma y como sólo estaban las dos, se armó de valor y la llevó tan pronto como pudo. Agitada, sólo se le entendía “no quiero ver morir más abuelos”.

 

Tocando el vacío
Sebastián Gaviria

La verdad es que Fabio se disfrazaba de pollo y entregaba volantes en la Oriental. Su cabeza tenía un pico anaranjado y un gorrito de chef. Saludaba con las alas o con picotazos. En realidad, se convertía en pollo por su hija de diez años, que vivía en Montería. Ahorraba para visitarla. Sin embargo, una marea de peste inundó la ciudad. Fabio no movió más sus alas, cerró el pico. Su jefe lo despidió. Entonces se confinó en casa, como recomendaba la cuarentena. Se sintió en un galpón, solo. Fabio cantó (o más vale decir cacareó) canciones para acompañarse. Así estuvo por dos meses. 

Una mañana el sol le acuchilló los ojos. Quiso cantar, pero se contuvo. Mejor fue al baño y se miró en el espejo. Le pareció ver su nariz como un pico anaranjado. No aguantó más y salió a la calle. Caminó hasta la Oriental. No había nadie, solo polvo y volantes desvaídos. Fabio recogió un par de volantes y, recordando su antiguo trabajo, se los entregó a un guayacán. Luego dio picotazos al aire, como tocando el vacío. Quiso llorar, pero en realidad− se dijo−, nunca se ha visto a un pollo llorando. 

 

El Regreso Del Mal
Edkar Gomez

El león agazapado. El venado, con el hocico entre la hierba.

Al morder unas gotitas dulces resbalaron de su boca.  El venado se acercó y olfateó la fruta que comía el león. El león lo persiguió, luego él persiguió al león. Fatigados se recostaron sobre la hierba y se abrazaron.

Casas y edificios en ruinas. La vegetación y los arboles habitantes de la ciudad.

Las aves escaparon formando una gran nube multicolor. 

El venado agonizaba. 

El león huyo asustado por el estruendo. Sus ojos lloraban la muerte del amigo. 

Un hombre caminaba con el fusil humeante entre sus manos.

 

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Antony García

Es difícil saber dónde termina usted y empieza la máscara.

Una Hermes 3900 de 15mm de titanio le permite disfrutar sin miedo el mundo que lo rodea; o expresar a través de su  sofisticado sistema de audio el universo que habita en su interior. Las pantallas oculares se acomodan bien a los ojos. Oprima el botón rojo. Un ronroneo… un zumbido… Verá cómo se enaltece la vida, haciéndose mucho más vívida, detallada, hasta que minutos después tendrá a su disposición la sagaz visión de un águila. Todo su mecanismo funciona con magnifica precisión. Nunca tendrá que quitársela para hacer ajustes;  la máscara se vuelve parte suya. Así podrá concentrar toda su atención en el pleno goce de la libertad. Con una Hermes 3900 conseguirá sortear los límites de pandemias futuras. Más de 45 filtros de aire le permiten franquear la peor de las circunstancias. Aún si esto se queda se corto, para situaciones de extrema crisis, podrá oprimir el botón amarillo. Un ronroneo… un zumbido… el sistema de incineración externa se activará y usted podrá huir libre de cualquier contagio. 

HERMES
cuando usted y la máscara son la misma cosa.

 

Silencio
Carolina Álvarez García

Le dijo que debían ser prudentes, así que no salieron de fiesta, ni caminaron por el parque. Ella había tenido tiempo de imaginar abrazos grupales, marchas históricas y coros unidos al canto de las aves que habían vuelto mientras todo pasaba. Él, más pesimista, creía que el mundo mantendría distancia y que las formas se habrían blindado de escrúpulos y temores. Cerraron la puerta y avanzaron en silencio, como si no quisieran perturbar las ansias de volver a estar juntos afuera. El aire que penetró sus pulmones no guardaba la calidez que esperaba ella de una mañana de primavera, y los rostros con los que cruzaron miradas, tampoco llevaban el filo de la desconfianza que auguraba él. Suspiraron en un unísono tan coordinado como sus pasos hacia la nada. No llevaban rumbo ni tenían destino. Sólo querían estar afuera. Regresaron al poco tiempo y con la misma incertidumbre, velaron la cotidianidad y la rutina de aquellos días. 

 

Lo que olvidé
Valentina Martínez Vallejo

Se me olvidó mirar la hora y el calendario. Se me olvidó el tacto de su dedo sobre mi piel. No puedo recordar cómo se sienten sus labios sobre los míos. Se me olvidó el olor de la calle, la voz del ventero ambulante, el color de la montaña y la sensación del sol cuando se estrella contra mi piel. Se me olvidó la prisa y el estrés. Se me olvidaron los empujones en el Metro a las seis de la mañana y el olor a sudor a las seis de la tarde. Se me olvidó la sonrisa del señor que me vende los mangos, se me olvidó la sensación del asfalto a través de la suela de mis zapatos. Se me olvidó el olor de los perfumes extraños en la calle y también el olor del río Medellín en la estación Acevedo. Olvidé cómo pasar la registradora del bus. Salí de mi casa, y veo en los rostros ajenos el desconcierto y la sorpresa. Miro a mi lado, un anciano me observa.

-Perdimos mucho, ya nada es lo que era- Le digo.

-Ganamos más. Ahora todo puede ser lo que queramos que sea-

 

Concatenación aislada
Mariluz Rodriguez Velasquez

Cilantro, manzanilla, albahaca, laurel, ruda, tomillo, romero, hierbabuena, cebolla, tomate y ají. El papayo floreció y las bellezas amarillas se transforman en pequeñas esferas verdes. A su lado: la moringa con flores blancas en ramilletes. Todos los días vienen por su néctar un gran abejorro negro y redondo que se escucha desde la cocina, y una hermosa esfinge colibrí de alas anaranjadas y rojas. Ella sobrevuela el arbusto especialmente en las mañanas, se acerca a las flores, desenvuelve su larguísima espiritrompa y bebe. Si no fuera por las antenas, esta mariposa realmente parecería un colibrí. 

Los azulejos, las tángaras y las mirlas regresan con otros hijos y una tórtola calienta dos huevos en el mismo nido del San Joaquín. Luego de un tiempo aprendimos a reconocer por su temblor a los pichones y durante las noches, mucho más silenciosas y oscuras, empezamos a escuchar los grillos y a ver las estrellas. Algunas veces, para pasar el tiempo, o simplemente porque no podemos parar después de ver la primera, nos recostamos en la baranda de madera del corredor que conduce al patio para contar las luciérnagas y respirar junto al jazmín. 

Todos se preocuparon porque pensaban que estábamos solos. 

 

Socorro sin socorro
Felipe Osorio Vergara

María del Socorro Ramírez abrió sus ojos. Encendió su celular que reposaba en la mesita de noche y lo revisó. Ignoró las doce llamadas perdidas que tenía —no eran precisamente clientas que quisieran hacerse uñas o peinados— pensó. Se levantó y observó con ternura a sus dos hijos que dormían envueltos en una cobija ecuatoriana. Salió al balcón. Miró el cielo, estaba opaco, de un aspecto lechoso, no sabía si era la típica niebla que bajaba de Santa Elena a ese barrio empinado del centro-oriente de Medellín o era solo contaminación. Miró a la calle, aún vacía, casi tan vacía como su despensa. Se sentó en la sala. Revisó las cuentas vencidas —estas pueden esperar, los gota a gota no— La cuarentena había mantenido lejos de su casa a los cobradores que la atormentaban, pero ahora nada impediría que la “visitaran”. Miró al cuadro del Sagrado Corazón; le rogó socorro. En ese momento se dio cuenta que ya había dejado de ser una colombiana clase media y ahora estaba sumida en la pobreza.

 

La calle
Luis Benardo Yepes Osorio

En nuestras viviendas la televisión estatal anuncia la llegada de un virus que viaja por el mundo, su contagio es inminente en lugares cerrados y con pocas personas. En aglomeraciones o a la intemperie pierde efectividad, los científicos estudian este fenómeno. Por ahora han logrado descubrir que se propaga en la alimentación y en las bebidas que llegan a las casas. La orden es evacuar los hogares, regresar a la calle como en épocas primigenias, compartir el asfalto con los antiguos sin techo que abandonarán los estropeados vagones del metro y los oxidados autobuses que habitan. 

Se asegura que seremos auxiliados por los empleados de las bodegas productivas del Estado encargados de abastecer las viviendas. Resurgirán los concurridos lugares colectivos: bares, cines, bibliotecas y teatros, estaremos juntos para salvarnos. Competiremos de nuevo en estadios y coliseos, será obsoleta la práctica de deportes individuales como el jump on furniture y el spinning, y otros familiares como el billar y el ping-pong. El olvido sepultará las pequeñas canchas de tejo y de petanca construidas en zaguanes. 

Unidos esperaremos por décadas la llegada de otro virus con el poder de devolvernos, en un ciclo eterno, al interior de las abúlicas edificaciones. 

 

Para el renacer
Scarlett Sofía Gutiérrez Ramos

Es difícil despertar con cada mañana igual a la anterior, y sentir el golpe del silencio en la cara recordándome que vivo en un error porque el redactor del mundo se quedó dormido sobre su teclado. No me quedan muchos proyectos por los que luchar debido a la incertidumbre, y mi esperanza disminuye con el pasar de las horas frente al computador o arropada con las letras de los pocos libros que tengo como acompañantes de este denso final. A raíz del aislamiento, ya fui estilista de mi papá y tuve una sesión de sinceridad con mi mamá que terminó en un llanto callado y un nudo doble en la garganta de ambas. Mi salud mental, como la de muchos, está en jaque, pero a mí solo me salva imaginar. Ahora tengo un horario de sueño desordenado, y a eso de las 3 a.m., pienso que me van a despertar las risas de tiernos abuelitos bailando con música decembrina, que el final del aislamiento va a ser un respiro de brisa nueva, que la humanidad llenará su desinflada burbuja de optimismo con abrazos de sus antiguos enemigos, que la nuestra será una cultura amable y que ya nunca tendré miedo.

Ecuménica Escasez
Gabriel Castillo Suescún

Los ceros a la derecha resultaron ineficientes a la hora de sobreponerse a lo inevitable. ¡Y aseguraban no advertirlo! ¡Y juraban no preverlo! Acapararon, se atragantaron de codicia, egoísmo, egolatría y escepticismo, se dispensaron cuanto podían adquirir.

La adversidad, totalmente ecuánime, también se asomó a sus aposentos, se introdujo por sus ventanas y contaminó sus pulmones, dejando nada más que malestar, inconformidad, lamentaciones y riquezas sin gastar a su paso.

Sus descendientes heredaron corporaciones inestables al borde del colapso, que con el tiempo fueron dejando perecer en deudas y reclamos. Ni tan culpables ni tan inocentes, padecieron la hambruna, la sed y la desesperación de quienes antaño desdeñaban y a quienes culpaban de su condición desfavorable, deplorable, meritoria. Y por ellos fueron auxiliados, entendiendo que la carencia no se resume a estar desprovistos de exuberancia. Olvidaron las costumbres de sus progenitores e intentaron, a la medida de sus capacidades, adaptarse a la ecuménica escasez.

 

A mí
Christian Llanos 

Y allí estaba él, sentado en la mecedora de mimbre azul. La que durante nuestra repartición voluntaria de bienes me había pedido encarecidamente. El encierro había acentuado sus ojeras y hecho brotar un par de líneas nuevas sobre su frente. Mismas que hacían juego con las del cigarro que tenía en la mano izquierda. Fuera de eso, era una copia exacta del hombre que había vivido conmigo durante tantos años en Cartagena.

Alcanzó a reconocerme de lejos. Así que, desde su terraza, me gritó algo que no entendí del todo y corrió afanado en dirección mía. Yo le respondí de vuelta con la mirada, mas resolví continuar sin mayor afán aun cuando necesitaba con urgencia su firma. Su ausencia nos había obligado a perpetuar un estado civil ajeno al de la realidad durante los trece meses de confinamiento.

Al volver a mi apartamento, en un acto reflejo, me senté en la mecedora de mimbre roja, la que me había tocado por descarte durante nuestra repartición voluntaria de bienes, con la intención masoquista de soltar alguna lágrima. Pero, contrario a lo anhelado, terminé desdibujando una sonrisa al descubrir que, todo este tiempo, nunca había sido él a quien siempre necesité amar.

 

Garantía del hombre bueno
Susana Gallego González

Abandonar lo cotidiano, dejar que las aceras de cemento sean rotas por las fuertes ramificaciones de un árbol, añorar las calles, dejar por un instante el afán de vivir, parar. Volver a las calles, respirar, sentirse vivo, muriendo.  Como un girasol en medio de la calle, que creció en ausencia de seres que tan solo desaprenden de sus errores, y se justifican en su inmediata desilusión de cambiar, llenos de esperanza y abiertos a la luz que desviste la oscuridad de lo que fue para los humanos, el girasol muere, los humanos salen a las calles, la pisotean camino a las fábricas que convierten las nubes blancas en grises, no significa nada para ellos, no recuerdan como el color gris de la ciudad se tornaba verde con su simple ausencia, ni como el agua se volvía cristalina, ignorantes de lo que fue, y orgullosos de ser lo que llaman humanos, creen que posponen su muerte, o más bien que prolongan su vida indeseable de vivir, pronto serán exiliados y la tierra, volverá a ser del hombre bueno que no existe.

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