Para jugar con lo absurdo

Los cuentos de Jose Andrés Gómez tienen una magia familiar. No son protagonizados por zombies ni hadas ni hombres lobo, pero sí por uno que otro animal parlanchín y hasta por un sindicato de botones. La fantasía que los envuelve resulta de poner una lupa sobre las costumbres y los objetos cotidianos, para verlos distintos. Al leerlos, no pasan muchas líneas sin que soltemos una carcajada, o sin que pensemos que alguna vez nos ocurrió algo parecido, aunque en nuestro caso no viajábamos tratando de encontrar el misterio de una lechuga dejada en nuestra puerta o no perdíamos las reliquias de un familiar en una apuesta con un zorro.

A Jose lo conocimos gracias a que en 2010 ganó una Beca de creación de la Alcaldía de Medellín en la categoría Literatura infantil. El resultado de esa primera beca fue el libro “Los cuentos del doctor calamar”. En 2013 repitió como ganador, y publicamos su segundo título: “El catálogo Maxwell de objetos curiosos”. En este momento trabajamos en su tercer libro, esta vez en formato electrónico, también premiado en la convocatoria de Becas a la creación del año 2014 . Y tenemos más proyectos con él, pero esa noticia se las daremos más adelante.

Por ahora, queremos satisfacer una curiosidad frecuente entre los lectores de Jose, y es cuáles son sus referentes para crear sus propios cuentos. Lo invitamos a enumerar sus películas y libros favoritos, pero él nos sorprendió con una lista exhaustiva de sus películas, libros, series, cómics, discos, juegos de mesa y comida favorita. ¿Comida? Sí. Para quienes no lo saben, Jose es panadero al igual que prestidigitador, director de cortometrajes y del conocido y extrañado cine club “Cinema Zombie”, donde pasaban películas de vampiros, samuráis y vaqueros y “a veces todo en la misma película”.

Los dejamos con esta lista de referentes extraños y alocados para que alimenten su propia capacidad de asombro y de congeniar con el absurdo. Son películas para partirse de la risa mientras se tiembla de miedo, libros para saborearse como si fueran un muffin relleno de mermelada de mora y juegos para convocar a los amigos a vivir una serie de aventuras. Lean con atención y tomen nota.

Favoritos y las razones

 

Películas

Carnival of Souls, de Herk Harvey: uno de los más bellos ejemplos de lo que puede llegar a ser la serie B, con un ambiente onírico e hipnótico, precursor de lo que David Lynch haría un día.

Suspiria, de Dario Argento: un cuento de hadas con brujas, lleno de color y la lógica de las pesadillas. Con un inicio que podría ver infinitas veces. Y ya vamos llegando allá.

La caída de la casa Usher: por favor, Roger Corman dirigiendo a Vincent Price, en una adaptación de Edgar Allan Poe en un melodrama gótico desproporcionado. Sencillamente too much.

El bueno, el malo y el feo, de Sergio Leone: amo este western repleto de giros y traiciones, y la escena de “El éxtasis del oro” sigue poniéndome la piel de gallina después de tantos años.

Kwaidan, de Masaki Kobayashi: bellísimas historias tradicionales de terror japonesas, sacadas del libro de Lafcadio Hearn, llenas de artificio, un ritmo solemne y pura poesía.

 

Series

Monty Python’s Flying Circus: para que las neuronas más lógicas se confundan, nada mejor que el surrealismo y el absurdo de este genial grupo inglés. Nadie los iguala.

A piece of Phantasmagoria: una olvidada serie animada que hace años pasó por Locomotion, ese legendario canal animado. Sencilla y encantadora, magia en apenas unos trazos sencillos.

 

Libros

Cuentos-para-jugar wbTodo Edgar Allan Poe y todo H. P. Lovecraft: autores fundacionales de todo lo que amo. Historias llenas de locura y desazón, que me sumergen en un lado de la imaginación que adoro.

Cuentos para jugar, de Gianni Rodari: este libro me ha acompañado casi toda mi vida, y cuando me despisto escribiendo aún vuelvo a él para recordar cómo se hacen las cosas.

Cuentos en verso para niños perversos, de Roald Dahl: ¿un libro en el que Caperucita se hace una maleta con la piel del lobo, y luego procede a repetir lo mismo con los tres cerditos? Me apunto.

La juguetería mágica, de Angela Carter: no sé qué tiene esta señora, pero su prosa hipnótica atrapa y no suelta. Cuentos de hadas como deben ser: llenos de oscuridad, sexo, violencia y, ante todo, poesía.

Soy leyenda, de Richard Matheson: con tanto de ciencia ficción como de terror y con una saludable dosis de alimento para las neuronas, esto es simplemente un clásico vampírico apocalíptico que de paso fundó al zombie moderno.

Cómics

ikilledadolfhitler-jasonTodo Edward Gorey: Muchos entran en su obra por la estética, pero Gorey es mucho más, es toda una manera de ver el mundo. Nunca las tragedias fueron tan divertidas y carentes de sentido a la vez.

Uncle Gabby, de Tony Millionaire: todo Sock Monkey es increíble, pero esta aventura del miquito de medias, el cuervo de peluche y la muñeca de porcelana es como un viaje existencialista a los confines más desbordados de la imaginación. Y la página final es de no creer.

I killed Adolf Hitler, de Jason: este autor tiene la imposible virtud de mezclar los géneros más dispares, y aún así, en medio de viajes en el tiempo, hombres lobo, mosqueteros y marcianos, ser capaz de romperte el corazón.

Bone, de Jeff Smith: comenzar con algo reminiscente de los cómics de los años treinta y llegar a lo épico de El Señor de los Anillos no es poca cosa. Una saga enorme, magnífica, que todo el que ame los cómics guarda muy cerca.

The life and times of Scrooge McDuck, de Don Rosa: es difícil describir lo que son para mí los cómics clásicos de Disney. Esta majestuosa biografía de Tío Rico logra ser tan divertida como Tintín, tener influencias de Ciudadano Kane y mostrar las dificultades de las relaciones familiares, todo a la vez, en un “simple” cómic de patos.

Discos

Picaresque, de The Decemberists: el ambiente victoriano y marinero de este disco se me pegó desde la primera vez que lo escuché y aún no logro quitármelo de encima. Y para qué, con lo que me gusta.

Music for Airports, de Brian Eno: pocas notas que inducen un estado casi zen en mí. Para disfrutar en soledad, con las luces bajas. Y además que gran título, qué gran concepto.

Murder Ballads, de Nick Cave: o de cómo cantarle a un tema tan escabroso y aún así crear belleza a partir de ello.

Serenada Schizophrana, de Danny Elfman: música para escribir cosas muy locas. Manéjese con cuidado o la mente acaba más allá de La Dimensión Desconocida.

Glassworks, de Philip Glass: repetición y repetición. Fractales convertidos en sonidos.

Fold your hands, child, you walk like a peasant, de Belle and Sebastian: los reyes del chamber pop, mi banda favorita, y mi carátula preferida de todos sus discos.

 

Juegos de mesa

Pilares-de-la-TierraPuede que parezca una broma, pero de verdad, los juegos de mesa son mi obsesión más reciente.

Los Pilares de la Tierra: un juego con el que es fácil sentirse de verdad como un señor feudal, ayudando a construir una catedral. Más de uno lo ha jugado por primera vez y acaba soñando con él por la noche.

Mission Red Planet: mineros viajando a Marte en el siglo XIX, con temática steampunk y con una buena dosis de confrontación y destrucción. No apto para quien se ofenda si le destrozan una gran jugada.

Betrayal at House on the Hill: para vivir esas malas películas de serie Z, pero en carne propia, y reírse de la mala suerte de ver a tus personajes en situaciones de imposible mala suerte.

Comida

También puede sonar raro, pero si leen mis cuentos, sabrán que la comida siempre está presente.

Mermelada de moras y en general de todos los frutos del bosque, mantequilla de maní, frutos secos, panes integrales, pero de los de verdad…. Comida de hobbit, me dijo un día un amigo.

Ñoquis, solo con mantequilla y limón y ya están listos.

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