Nuestra historia al alimón: detrás del gordo Álvarez

Ilustración: Nerina Canzi

Todo partió como un juego, y no tanto. La editorial Tragaluz lanzaba su segundo concurso de escritura al alimón para escritores de todo el mundo. El desafío era crear una historia que se escribiera a cuatro manos, pero en la que se escuchara una sola voz. Era la oportunidad de hacer algo juntos, porque veníamos masticando esa idea hacía un tiempo, jamás pensamos ganar, esa posibilidad no se nos cruzó por la mente hasta el momento en que nos avisaron que habíamos ganado. Pero antes, hubo que escribirla.

Esta es la historia detrás de ‘Nuestro gordo’.

Primer desafío: encontrar esa voz. Agota Kristof, la escritora húngara, muerta en Suiza y quien –como pocas– supo retratar el dolor y abandono infantil, la miseria de la lengua y la espeluznante experiencia de la guerra y la pobreza, vino a nuestro rescate: “La gran cocina de nuestra madre huele a animal muerto, a carne cocida, a leche, a mermelada, a pan, a ropa húmeda, a pipí del bebé, a agitación, a ruido, al calor del verano… Incluso en invierno”, escribió en La analfabeta, su relato autobiográfico publicado en 2004. Kristof nunca visitó las poblaciones rurales de Latinoamérica, pero su voz suena con la misma intensidad que podría tener la de cualquier niño que ha crecido en ellas. ¿Qué tal, entonces, si utilizábamos ese “nosotros” de El gran cuaderno (1986) de la Kristof para la pareja de hermanos que seríamos en el libro? ¿Qué tal si a través de ese “nosotros” pudiésemos representar el abandono y la miseria cotidiana de nuestros países que no necesita guerras para presentarse con furia? Teníamos ese “nosotros”, teníamos la escuela rural y teníamos a dos hermanos.

Segundo desafío: qué íbamos a contar. Necesitábamos una anécdota común, algo que hubiésemos vivido juntos para haber sentido de la misma manera y poder hablar desde ese “nosotros” de Kristof con propiedad, apoderándonos de esa voz. Y fue cuando recordamos nuestra penosa participación en el II Congreso de Literatura infantil y juvenil de Bogotá 2013: estuvimos entre los invitados, pero nadie nos pidió que firmáramos nuestros libros, nadie quiso saber qué opinábamos sobre todo lo que se discutía en las mesas ni qué teníamos que aportar a lo que se escribe para niños y jóvenes. Fuimos invisibles. Y, en cambio, comprobamos, otros escritores gozaban de muchísima mejor salud que nosotros.

De ahí viene ‘Nuestro gordo’. Fue divertido vivenciarlo. Así es que la historia hablaría de nuestros pueblos, del abandono, de la pobreza, pero también de la carrera de cualquier escritor: sus lecturas, sus primeras líneas, su invisibilidad, sus desvelos y, muchas veces, su soledad a la hora de emprender el camino de las letras y la dificultad por conseguir los libros que quiere leer. Pero, sobre todo, de hacer valer esas horas de ocio en El cuarto propio del que hablaba Virginia Woolf.

Tercer desafío: el humor. Como se trataba de un juego y no pensábamos en ganar –hasta el último minuto esperamos ver aparecer al gordo que se llevaría el premio mayor– sino en el placer del ejercicio, queríamos que la historia tuviera humor. Queríamos reírnos de nuestros propios celos en aquel mentado congreso conduciéndolos al espacio del artificio.

Cuarto desafío: la escritura. Después de muchos correos para un lado y para otro, decidimos escribir la historia como lo hacen las tejedoras mapuches que se ayudan en el telar. Un ping-pong en el que sobre lo que uno de los dos escribía, el otro continuaba. No habría pie atrás, el que recibía la pelota debía lanzarse a la cancha sin chistar. Así apareció el profesor, el Gordo Álvarez, la madre maravillosa y su amor a la canción popular. El ejercicio resultó vertiginoso. Nuestras cuatro manos no pararon de moverse durante las tres semanas que tuvimos para contar esta historia y lo hicimos al compás de una música que obligaba a no detenerse. Pues, vivimos a kilómetros de distancia –uno en París y otra en Chile– y nos separaban a lo menos seis horas. Así es que mientras uno dormía, el otro escribía y viceversa.

Quinto y último desafío: los personajes. Desde el primer momento quisimos que nuestros personajes fueran invisibles, seres que sobreviven y cargan con su historia silenciosamente, pero que finalmente son unos héroes. El gordo, “Bartolomé Álvarez, para servirle”, escondiendo en su afición por el matonaje la huella del abandono. El profesor, tan común en cualquier aula rural, obligado a sobrellevar su propio fracaso, alentando a sus muchachos a salir, a dar ese salto que él mismo no logró en su carrera. La madre de ‘Nuestro gordo’, como tantas mujeres que crían a sus hijos solas, sin perder su belleza y coquetería, empeñando su vida por sacar adelante a Bartolomé. Y nosotros, la pareja de hermanos, un par de compinches, obligados a ayudar en los quehaceres del hogar, siguiendo el mandato de un profesor y deseosos de descubrir el mundo por nuestros propios ojos. ¿Qué mejor manera para un niño que hacerlo a través de un libro?

 

¡No puedo pasar un día más sin leerlo!

0 Comentarios

Dejar una respuesta