La lengua negra



El cuento es ese género literario perfecto para los pocos momentos que el hombre actual se regala. Dejemos que este cuento como un golpe, parafraseando a Cortázar, nos seduzca; una buena forma de empezar el año ¡Que vuelvan los cuentos!
No hubo forma de borrarle lo aprendido a Sol, mi lora verde; ella siguió haciendo escándalos con sus risotadas y sus parloteos como poseída por los ruidos y las voces de los vecinos de encima, quedeben estar en los infiernos.
El patio de atrás cerca al solar de la casa del primer piso de la abuela Aralia era un hueco estirado, con rejas y techo por donde entraba, además de la bulla de los vecinos, un poco de luz rectangular por una teja traslúcida y azulosa. En algunas épocas del año y desde lo alto del cuarto piso se colaba un buen brillo, una franja luminosa no muy ancha que arrastrándose, clareaba las baldosas color amarillas yema y rojas del pasillo y se estampaba sobre la máquina de coser de la abuela. Allí, la sombra de la vieja era lanzada encima de las costuras y manchaba el espejo. Al fondo, en el solar, arrinconada cerca a la tomatera, los juncos de cebolla y las matas de orégano, Sol con los ojos más vivos que las bifloras aprendió a llorar, a silbar e insultar; repetía y repetía, en son de juego, todo lo que oía mientras se calentaba las plumas. “Sol ¿cómo amaneció?”. Allí la perra Danger comía los sobrados que dejaba la abuela y se quedaba llorando y rasguñando la puerta cuando la dejaban sola. La colimocha le ladraba a Sol y Sol aprendió a ladrar.




Desde temprano y por las celosías de la ventana interior del segundo piso que daba al vacío del patio techado se colaban los ruidos caseros de los Echeverri. Ellos tiraban cosas, movían materos, taconeaban, corrían, rastrillaban algo. También sonaba el radio encendido con las noticias frescas compitiéndole a la emisora que sintonizaba la abuela; salían gritos, lamentos y el resoplido de la garganta fantasmal de un niño. A los malos vecinos no les importaba nada gritar y poner muy alto el volumen del televisor. A la media mañana también sonaba el silbido de la olla a presión por la ventana y parecía reventarle los nervios a Sol que se agitaba como una veleta de plumas y daba vueltas en el palo que sostenía el alambre del tendedero. El solar donde dormían la lora y Danger era de esos espacios donde se mira hacia arriba y se debe voltear y esforzar más los ejes del cuello para girar la cabeza y poner en equilibrio el cuerpo con la mirada. Mi compañera animal torcía la cabeza, erizaba las plumas del cuello y garría; por más que le enseñé a que se hiciera la sorda, la lora soltaba su rila blanquecina y manchosa por ahí, gritando. “Ah. Cacaito sí. ¿Ah?”. A otras horas, no siempre oportunas, se oía cualquier canción que alguien desentonaba siguiendo la pista de un disco de mal gusto. “La patica, la patica”.
A la lora le gustaba rayarse con las sombras del patio que se cuadriculaban sobre sus plumas. Sólo reconocía los tonos insolentes, ordinarios y rudos que la estimulaban para volverse tan parlanchina como siempre y gozaba sacudiendo su lengua seca; esto le llenaba el pico de emoción y de groserías alegres. Después se tranquilizaba silbando las tonadas de algunas propagandas que sabía. “Sol quiere cacao”.
La lora aprendió cada uno de los ruidos como si tuviera una grabadora y un parlante conectados al pescuezo y repetía lo que mejor le sonaba. Aprendió a imitar el sonido de la máquina de coser de Aralia, a tararear porros y merecumbés, a gritar los goles de las transmisiones de los partidos de fútbol que los Echeverri no se perdían y se reía como ladrando, igual que el hijo mayor de esos vecinos. Pero Sol apenas sí pudo imitar otros ruidos: el de los niños del piso de arriba cuando arrastraban algo, patinaban o golpeaban no se sabía qué cosas… hasta las quebrazones. Vociferaban insultos, se increpaban a vozarrones… Por eso le enseñé a la lora agritar “silencio, a callar”.
No sé cómo hacían para acomodarse, allá arriba, esa docena de hijos que tenía aquella familia; por eso creí que los mayores se iban sin volver, para darle campo a los que seguían llegando. Además, fui reconociendo a los más escandalosos; cuando oía hablar en la calle a alguno de ellos, lo distinguía de lejos por el timbre de la voz. Parecía que estos vecinos tuvieran la boca sucia.
A la salida del baño, la lora me esperaba en el tendedero de ropa que había en el solar, sobre un trapo rojo como si se calentara con el color mientras colgaba la toalla, revoloteaba y repetía “ricael agua, fresca el agua…”. Esto funcionaba de señal para que el vecino Tulio fisgoneara por las celosías. El viejo verde sabía que yo me daba cuenta y se escabullía. Pero en el vidrio esmerilado de la ventana quedaba su silueta borrosa, moviéndose con brusquedad como si le rascara algo, y se desesperara… Después Sol se columpiaba y picoteaba las hilachas de la toalla remojada que le debía saber a mí.
“¿Que le pasa? ¿Ah?”.
–¿Quiere cacao Sol? La patica –le decíaestirando el dedo–. Hola Sol, hola Sol, hola Sol, hola Sol.
“¿Ah? La patica, la patica”.
¿Sería ese olor a chacina y a garra frita que salía por la ventana del segundo piso hacia el solar y en las tardes, lo que volvía al vecino así de animal? Los movimientos de trastos y aquella fetidez le alborotaban el apetito a la lora: “Quiero comer comida. Ah, ¿ah?Comida”.
Cuando los llantos en los escándalos de los de arriba eran dramáticos, la lora hacía el eco y la perra aullaba. Los golpes rabiosos la ponían a aletear de emoción. También las escenas de celos de los vecinos la agitaban:
–¿Con quién estuviste? –gritaba el macho a la mujer–, tenés pegado el olor de otro hombre.
Ella, por zafarse, le discutía –con que… ¿gastándose la plata en trago?… –y él se encolerizaba más y le decía puta a la señora, y la lora repetía “putaputa”.
–Sos un bagre…
“Ahh”.
–Y vos un borracho, largate –y ¡tas!
“Silencio, silencio”.
–A mí no me calla una desplumada, ya verá esta.
“A callar cacao”.
Mientras los niños lloraban como ovejas, otros se metían en el embrollo y se armaba la trifulca.
“Silencio bagre”.
Para qué contar lo que pasó encima, donde vivían los Echeverri, si fue tan espantoso que hasta salió en la prensa. ¿Para qué hablar de lo terrible? ¿Ah? Tocó oírlo TODO, mientras yo salía para donde mi tía-abuela Cruz por unas yerbas para que la abuela pudiera dormir mejor. Aquello sonó como totes en diciembre y aceleró los ladridos de Danger…
Y no hubo forma de hacerle borrar lo aprendido a mi lora que siguió armando escándalos groseros, (…como poseída por los ruidos y las lenguas de los vecinos de encima, que se debieron ir para el infierno).
A Sol le quise enseñar a decir: “Lorita bonita, mi dulce compañía” y ella me respondía, endemoniada: “silencio, a callar marica”.
Cuando murió envenenada, la enterré en el solar junto a las plantas de aromo y yerbabuena, esas que usaba la abuela Aralia para el buen aliento.
Por Juan Carlos Restrepo Rivas
Escritor y editor de Tragaluz editores.
Este relato es el primer capítulo del libro Patios enrejados, ganador del VIII Concurso Nacional de Novela Cámara de Comercio de Medellín, 2007.

© MEDIAVUELTA / No. 4 -Enero de 2009 · ISSN 2027-0852 / La lengua negra

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