La infancia de la literatura infantil colombiana

Dicen que fue consecuencia de los ecos originados en el corazón de Mayo del 68. Los niños se volvieron tema de conversación en los salones de estudio de pedagogos y psicólogos, y entre los puntos por resolver estaba la literatura. La onda expansiva de esa inquietud habría llegado a Colombia para retumbar en un lugar inesperado: una empresa de insumos textiles. El resultado fue que en 1976 Enka lanzó un premio de literatura infantil que terminaría por cambiar el mapa editorial del país, desde entonces y hasta hoy.

Los estudiosos y curiosos de la literatura infantil coinciden en afirmar que con la creación del Premio Enka se dio inicio al boom editorial que incentivó la aparición tanto de escritores como de publicaciones dirigidas a los lectores más jóvenes. Hasta ese momento los autores tenían muy pocas oportunidades de ser conocidos, por eso era tan importante lo que el premio prometía: tres mil dólares al ganador y un tiraje que oscilaba entre los tres mil y cuatro mil ejemplares. Además de la atención de los medios.

Las ediciones no comerciales encargadas por Enka estuvieron bajo el sello de la editorial Colina, la Universidad Pontificia Bolivariana y la editorial Bedout, y hasta 1986 Valencia editores hizo lo propio con las ediciones comerciales, en tirajes de no más de dos mil ejemplares que desaparecían rápido de las librerías. En algunos casos, no en todos, los títulos alcanzaban a llegar a las bibliotecas, donde aún permanecen. Pero lo que no fallaba era la entrega de un ejemplar de cortesía de la obra ganadora a todos los trabajadores de la fábrica. En total, fueron 11 libros de autores colombianos y de países de la región andina, esto último gracias a que en 1992 el premio se abrió para recibir propuestas de escritores nacidos en Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia y Panamá o artistas residentes en esos países por más de cinco años.

En 1977 el primer ganador del premio fue el escritor boyacense Jairo Aníbal Niño con su libro ‘Zoro’, una obra que sirvió como punto de arranque pero también como provocación para que los autores sucesivos se atrevieran con obras que rompieran con el canon afiliado a las historias de hadas y al realismo mágico y, en cambio, llegaran a temas más cercanos a la vida cotidiana de los niños. Los otros ganadores fueron Celso Román con ‘Los amigos del hombre’ (1979), Rubén Vélez con ‘Hip, hipopótamo vagabundo’ (1981), Leopoldo Berdella de la Espriella con ‘Juan Sábalo’ (1983), Álvaro Hernández con ‘El libro cantor’ (1985), Jaime Alberto Vélez con ‘Buenos días noche’ (1986), Triunfo Arciniegas con ‘Las batallas de Rosalino’ (1989), Luis Carlos Neves de Brasil con ‘Carabela, calavera’ (1992), Aníbal Eduardo León Zamora de Perú con ‘Sueño aymara’ (1995), Isabel Mesa de Inchauste de Bolivia con ‘La pluma de Miguel, una aventura en los Andes’ (1998) y Evelio José Rosero con ‘La duenda’ (2001).

Todas estas eran novelas juveniles, así que, en realidad, el premio no era estrictamente infantil. Más allá de eso, en conjunto son una muestra de cómo debe ser una biblioteca para primeros lectores. Hay fantasía, realismo y tradición oral; son divertidas, épicas a cierta escala, originales y bien escritas. Los personajes son desde animales, ángeles y piratas hasta niños, artistas y herreros. Suceden en las raíces de la cultura local pero también en países más allá del océano. No soslayan los temas difíciles, no subestiman al lector con facilismos argumentales o moralejas, le exigen concentración y entrega y, en pago, lo recompensan con una lectura memorable.

Los garantes de la calidad de la novela elegida eran, por supuesto, los jurados del premio. Desde que se anunciaba la convocatoria -que duraba abierta casi un año-, se publicaba quiénes serían las tres personas encargadas de dar el veredicto. A lo largo del premio hicieron parte de este grupo los escritores Germán Arciniegas, Meira del Mar, Rocío Vélez de Piedrahita, María Elena Uribe de Estrada, Juan Gustavo Cobo Borda y Manuel Mejía Vallejo, por mencionar algunos. Por otro lado, no se puede pasar por alto que entre los precedentes que sentó esta colección está la selección de los autores pero también el diseño de los libros. No eran cortos, superaban las 100 páginas, y aún así eran ilustrados, la letra tenían buen tamaño, el papel era fino, iban cosidos, en otras palabras, estaban pensados para sobrevivir la manipulación insistente y el paso del tiempo.

Cuando a raíz de la apertura económica la empresa entera entró en recesión, el premio Enka también sufrió las consecuencias. En 2001 se publicó el último libro, y a partir de ese momento el silencio fue total. Sin embargo, el haber existido produjo que se crearan otros concursos e incentivos para los escritores de literatura infantil. Es el caso del premio Raimundo Susaeta, el Comfamiliar del Atlántico, el premio ACLIJ, el premio Nóveles Talentos de Fundalectura y el premio Norma. Todo esto contribuyó al repunte sorpresivo de los libros para niños en la década de los años 80, al crecimiento exponencial del sector en los años 90 y la consagración de autores y editoriales, entrado el siglo XXI, como los protagonistas de una movida que llama la atención del lectores de todo el mundo.

Zoro  Los-amigos-del-hombre   Hip-hipopótamo-vagabundo

Juan-Sabalo El-libro-cantor  Buenos-días-noche  

Las-batallas-de-Rosalino  Carabela-calavera   Sueño-aymara

La-pluma-de-Miguel   La-duenda

 

 

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