Kits de lectura Tragaluz

Los buenos libros son como pulpos hambrientos: estiran sus tentáculos con avidez para llegar a las cuevas donde otros libros nos acechan. Los provocan para salir a perseguirnos cada vez que una frase, un nombre o un lugar nos impulsan a hacer una nota al pie, averiguar una fecha, definir una palabra, consultar una biografía.

Bien podemos encontrar las respuestas a esas inquietudes en otras hojas de papel, nuevas o envejecidas, escritas en prosa o en verso. Pero la experiencia nos dice que las piezas para resolver los juegos que nos plantean los libros no solo están en los libros, también están en la pintura, el cine, la fotografía, lo que no es sino una forma de decir que a veces los colores, las formas y las emociones responden mejor a las dudas que las mismas palabras.

Para hacer de la lectura una experiencia completa, queremos proponerles estos kits para saciar la curiosidad de lectores ociosos, expertos, investigadores, infatigables, lectores atentos a las referencias y los mensajes ocultos; pintores espontáneos, fotógrafos amateur, jardineros de ocasión.

Las preguntas que nos hicimos fueron: ¿qué objetos necesitamos para empezar a leer ciertos libros? ¿Con qué llenar la caja de herramientas indispensable para abordar la lectura, más allá del lápiz y el papel? Le pedimos a cinco lectores sus recomendaciones inspiradas en su propia experiencia y aportamos otra sugerencia nacida después de que coronamos la última página. Es un camino allanado, como las claves para resolver un laberinto, con el fin de llegar mejor dotados al desafío placentero de abrir un nuevo título.

 

 

 

Enciclopedia de Historia Universal (Afonso Cruz)

Por Diego Agudelo 

Así como un viajero prepara su equipaje con anterioridad, procurando llevar consigo todo aquello que le facilitará las cosas en el extranjero; un lector también debería preparar cuidadosamente su equipaje para adentrarse en un libro. En este escenario, cada autor, cada título, incluso cada género podría demandar un inventario nutrido y específico. El libro de Tragaluz que elegí para este ejercicio exige una valija grande porque parece ser un libro de múltiples autores, distintos géneros y con un título que pretende abarcar lo inabarcable como si Afonso Cruz, al escribirlo, hubiera querido contener en él todas las gotas del mar, toda la arena de los desiertos y todos los nombres de la historia. Lo primero que necesitaría para leer la Enciclopedia de Historia Universal, por lo tanto, sería una brocha de cerdas muy finas para barrer el polvo de los fósiles como hacen los arqueólogos que se ven en las películas, concentrados en la tarea lenta y minuciosa de revelar la forma de los huesos que habían estado ocultos desde la prehistoria. La sensación que predomina a medida que se avanza en cada una de las entradas de la Enciclopedia es la de estar penetrando una tumba, atraído por sus posibles maldiciones; o la de retroceder en el tiempo hasta días muy antiguos en los que toda mitología era posible y no existía el divorcio entre la magia y la ciencia. La magnitud de semejante viaje requiere un equipo especial de supervivencia: cantimplora rebosante de cerveza, un peine para desenredar la asimétrica cabellera de las medusas que aparecen en el camino, también una espada por si acaso hay que decapitarlas cuando se tornen violentas. Por lo menos un cuchillo de cocina sí habría que tener al alcance en el momento de leer la Enciclopedia; uno siente la obligación de defenderse cuando lee en sus páginas advertencias como esta: «Es que la vida no es en realidad una subida, sino un compromiso con aquel que tiene una navaja rozando nuestro cuello».


 

 

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La siempreviva (Miguel Torres)

Por Andrea Uribe

Para leer La Siempreviva hay que tener al lado un radio antiguo, una foto de Colombia colgada en la pared y un color rojo. El radio para recordar el tono, para tener presente la interferencia, las voces y luego el silencio. Una foto de Colombia -un paisaje, un retrato, una casa de pueblo- para no perderse en el contexto, para tener presente el panorama, pero también para hacer descansos y mirar a otro lugar: para evitar desgarrarse. El rojo para pintar con cuidado el resto de las gotas de sangre del color que se debe.


 

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Catálogo de luces (José Eduardo Agualusa)

Por Lucas Vargas

Lo esencial es estar desnudo. Todo lo demás es negociable, la desnudez no. Así que elija bien el lugar y el momento, y pregúntese si es una buena elección leerlo en el metro. Lo mejor sería estar en casa, y leer en la noche. Catálogo de luces es un libro que asegura sueños, que proporciona insumos para armar la arquitectura de lo onírico. Entonces, lea antes de dormir, y tenga a la mano un espejo, para terminado el cuento mirarse en él y recitar su nombre, no sea que se acueste uno y se despierte otro. Luego duerma, pero si no puede, si el sueño se hace esquivo, le recomiendo jugar. Póngase un sombrero navideño (no funciona igual con otro tipo de sombreros) y piense en un trineo volador. Salte de la cama, sí, desnudo, y apague la luz del cuarto. Encienda una linterna. Lo que ocurra de aquí en adelante se basta con esa luciérnaga tecnológica. Represente, sobre el escritorio o la biblioteca, el Tour de Francia con una bicicleta de juguete; apague la linterna de golpe y juegue a que alguien en la casa lo está espiando, escuche los ruidos y haga como que se asusta cuando usted mismo dispare un inhalador vacío, síntoma de que el invasor es asmático (finja, en completo silencio, una conversación con él). Si todavía el sueño no llega, túmbese en la cama, saque una caja de madera llena de pañuelos, y simule estar triste. Llore, llore lágrimas amargas hasta caer rendido. Si todavía no es suficiente, deje de lado tanto melodrama, y proyecte sobre el techo, con ayuda de la linterna, las filminas de sus padres, o las suyas propias, inventando un cinema nocturno. Seguro caerá dormido. Al otro día, recién despierto —y todavía desnudo— lea a Pessoa, a Borges, o a Lispector; y salga a la calle con la sensación de tener el cuerpo tatuado de estrellas.


 

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El pintor debajo del lavaplatos (Afonso Cruz)

Por María Camila Duque

Releer este libro es tener la certeza de que voy a alejarme de casa, de que voy a visitar parajes desconocidos y fantásticos. Fantástico, a veces, también significa irreal. Para empezar a viajar tengo mi avión de juguete. De una de sus hélices cuelgo mis amuletos, los que alejan el mal, los dolores. Cuelgo semillas que hacen música al chocar entre sí. Cuelgo piedras, cuarzos. Que lo que suene aleje al miedo. Empieza el viaje. Tengo a la mano papel y lápiz. Papel como lienzo. Lápiz para empezar a trazar rutas, geografías, mapas y deseos. Para empezar dibujos e imaginar que olvido acabarlos. Así se prolongarán para siempre. Entonces, tomo un puñado de tierra y algunas semillas de la hélice de mi avión.  Siembro el árbol que me mantendrá cerca al lugar del que vengo. Este libro es árbol y viaje. Silencio y canción. La muda de ropa, que ubico a mi lado en el sofá, me escucha leer. Leo en voz alta para no sentirme tan sola. Leo en silencio, también, porque la soledad es necesaria.


 

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El marinero (Fernando Pessoa)

Por Hugo Mira

Para leer El marinero es importante que te encuentres junto a una ventana, cerca de un espejo y tener a la mano una vela. En el cuarto junto a ti, tres mujeres estarán velando a otra mujer, hablarán de las vidas que habrían tenido, y del pasado que no fue, de lo bello que hubiera sido tenerlo. Cuando te adentres en el sueño, en el libro, será necesario que mires por la ventana, admires el mundo, el paisaje, recuerdes que es real como la imagen que proyecta el espejo. Mírate en él, recuerda tu propio pasado, no el que hubieras soñado. Pero el amanecer se acerca, no desfallezcas; escucha las palabras de las veladoras, guardan un secreto.

Te estarás preguntando por qué no he mencionado la vela. ¿Para qué la vela? ¿Quién le prenderá fuego? En la madrugada, cuando estés leyendo, alguien entrará a tu habitación y no hallará a nadie. Encontrará la vela sobre la mesa y la encenderá.


 

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Cartas con Geraldino Brasil (Jaime Jaramillo Escobar)

Antes de seguir la correspondencia que se cruzaron los dos autores de este libro -Geraldino Brasil, que escribe desde el paisaje cálido de Recife, y Jaime Jaramillo, autor de unos mensajes creados bajo el influjo de los aires de Bogotá, Cali y Medellín- sugerimos tener a la mano tres objetos, pensados para responder al impulso que sobreviene casi de inmediato cuando se releva la poesía de estas cartas. Entre ires y venires, las misivas cuentan una historia que va alcanzando su clímax a medida que se estrecha la amistad entre los dos poetas, nunca vistos bajo el cielo de la misma ciudad. Debe ser por eso que después de leerlos dan tantas ganas de acercar a quienes están lejos. Al abrir la primera página es imprescindible tener un mapa a la mano. Un mapa del mundo, donde se alcancen a vislumbrar los kilómetros entre ambos escritores y la proeza de que sus libros y sus cartas, en la década de los ochenta, cruzaran fronteras y se les presentaran sin buscarlos. Así conoció Jaime los poemas de Geraldino, por el azar. Además del mapa, sugerimos tener una caja de colores. Esto para pintar los paisajes de los lugares descritos por los amigos en sus cartas, y estar así a un paso de verlos en sus respectivos escritorios, alumbrados por soles ígneos o velados, por lunas amarillas o blanquecinas. Los colores también serán útiles para captar el clima de los sentimientos y empezar a anotar las primeras ideas para las cartas futuras: porque ese es el siguiente paso. Luego de leer Cartas con Geraldino Brasil nos ataca un afán por alcanzar con las palabras a los amigos que no vemos con frecuencia. Si el impulso nos abrasa, valdría la pena tener a la mano una cámara de fotos instantáneas para apagar la urgencia por inmortalizar el último momento de la lectura, y capturar paisajes y escenas cotidianas con la intención de adjuntarlas a nuestras cartas, y de esta manera narrarle a los destinarios la belleza de los sucesos diarios.

 

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