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El escritor Juan Villoro dijo alguna vez que su sueño de joven de tener un harem de mujeres se había transformado con el tiempo en el sueño de tener un harem de editores. No es para menos: un buen escritor sabe que buena parte del éxito de sus libros depende de contar con un editor idóneo para catapultar sus ideas y resolverlas en un objeto que actuará como su mensajero alrededor del mundo.

Hay duplas escritor-editor bastante famosas, entre otras cosas, porque cambiaron la historia de la literatura. Esta la polémica relación de Gordon Lish y Raymond Carver, la lealtad a prueba de balas entre Jorge Herralde y Roberto Bolaño; y la lealtad borrosa, y no por eso menos extraordinaria, entre Max Brod y Franz Kafka.

Desde que el libro álbum tomó fuerza en el mercado editorial, los editores ya no solo tratamos con escritores sino con ilustradores, o en algunos casos, con ilustradores que son también escritores. En Colombia, una de las parejas de trabajo más admirables está formada por la editora María Osorio, directora de Babel, e Ivar Da Coll, quien en 2014 ganó el Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil entregado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Pero antes que nada, Ivar Da Coll es el papá del chigüiro, uno de los personajes más representativos de la literatura infantil en el país.

En palabras de María Osorio, la experiencia de editar a uno de los autores más sobresalientes de América Latina.

 

¿Cómo conociste a Ivar Da Coll?

Conocí a Ivar, no le digo hace cuántos años, pero con la primera edición del chigüiro. Ambos estábamos muy jóvenes. Él estaba empezando a dibujar e hizo esa colección maravillosa. En ese tiempo la editora de él era Silvia Castrillón, y yo trabajaba con Silvia en la Asociación Colombiana para el Libro Infantil y Juvenil. Veinte años después decidí rescatar del olvido a los chigüiros y los volví a editar. Y de eso vivimos, le quiero contar. Los chigüiros son libros emblemáticos: los han leído dos generaciones, papás e hijos, porque tienen ya casi treinta años. Cuando estos muchachos llegan a la librería con sus niños, dicen: ¡Mi libro! ¡Mi chigüiro!

Estas fueron las primeras historias de Ivar. Lo que le había pedido Silvia Castrillón era que buscara un personaje para algo más comercial porque se los habían encargado. Pero cuando vieron el resultado decidieron hacer un proyecto editorial.

Ivar tiene esa naturalidad para comunicarse con los niños. Bueno, su literatura. Aunque él, con el tiempo, también se ha convertido en un tipo muy querido con los niños, pero eso no tiene nada que ver. Lo importante es la posibilidad que tiene de narrar con sencillez. La serie de los chigüiros es una narración de imágenes, el primer libro de ese tipo que se hizo en América Latina. Ivar lo hizo absolutamente limpio. El espacio donde está el personaje es blanco, si acaso hay una línea o algo que hace referencia al piso. Solamente aparece lo que se necesita para cumplir la escena. Es un libro que para los chiquitos es muy sencillo de leer y de entender, porque se devuelven y entienden que es una acción que sucede hacia adelante.

 

¿Crees que la elección del animal tiene algo que ver con el éxito del libro?

También, porque en esa época, hace ya casi 30 años, Norma lo sacó con un peluche. Hubo un chigüiro de peluche. Yo todavía tengo uno por ahí sin una oreja, sin un ojo… era muy bonito. Por entonces el chigüiro era un animalito que estaba en extinción. Ahora lo crían y nos lo comemos. Bueno, se lo comerán otros porque ni Ivar ni yo hemos probado jamás un chigüiro.

 

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¿Qué tal resulta editar a Ivar?

Ivar es un tipo ideal para un editor porque no produce mil cosas al mismo tiempo, sino que trabaja en una y muy despacio y siempre está reflexionando alrededor de la literatura y de su trabajo como ilustrador. Tal vez hace mucho tiempo, cuando estaba muy joven, tuvo que hacer otros trabajos, pero incluso entonces giraban alrededor de su propio proyecto. Digamos, si acepta algo adicional porque necesita tener más recursos, hace un trabajo que le permita experimentar una técnica o desarrollar un personaje. Todo tiene un sentido. O sea, yo no tengo que decirle a Ivar: mire el tamaño del personaje, este personaje no se parece al otro, sino que ha adquirido una habilidad enorme. Y de los primeros dibujos del chigüiro a lo que está haciendo hoy, hay un mundo de diferencia que no es más que oficio y seriedad, porque eso no se construye de otra manera. Los muchachos tienen habilidad, pero el juicio y el oficio son lo más difícil de construir. En estos días la constancia y el trabajo es lo que está más ausente en los ilustradores.

Ivar todo el tiempo está dibujando. Si sale a la calle va con una libreta. Es una cosa obsesiva y compulsiva, es su vida. Uno no se imagina un artista de 8 a 12 y de 2 a 6. Eso es Ivar: un artista, completamente.

 

¿Cómo recibe las sugerencias de edición?

Él siempre ha sido muy tranquilo. Digamos que, como buen artista, es una persona retraída, tímida y metida en su mundo. Me imagino que cuando estaba joven su preocupación era si las cosas estaban bien hechas, porque él es autodidacta. Ivar no fue a estudiar a ninguna parte, pero ha estudiado toda la vida. Maneja todas las técnicas. Ahora está trabajando en digital, pero él es capaz de manejar un acrílico, un óleo, y eso lo tuvo que aprender solo. Tiene esa necesidad de superarse. Si recibía una crítica no era una ofensa sino una necesidad absoluta de hacer lo mejor posible. Eso es maravilloso.

 

¿En qué técnica está hecho el chigüiro?

En wash, que es témpera muy diluida y tinta china. Es una técnica que Ivar ha desarrollado y perfeccionado. Otra cosa de Ivar que también es buenísima para un editor es que él planea mucho. Los bocetos son también una obra de arte. Él hace un boceto perfecto, con todos los detalles. A veces lo calca, o sea, hace unos trazos calcados sobre el papel final, unos trazos sobre los que va a dibujar. No tiene un tachón, un manchón, no hay que hacer nada. Son absolutamente impecables. Y es eso, él se dio cuenta: cada vez que le criticaban algo, “eso le quedó no sé qué”, se decía “la próxima vez me queda mejor”. Y se ha perfeccionado a un nivel impresionante.

 

¿Le fue bien a la primera edición de las historias del chigüiro?

Desde la primera vez se vendieron muy bien. Luego se lanzó con los eusebios: “Torta de cumpleaños”, “Garabatos” y “Tengo miedo”, que tienen texto. Y tres de los que llamamos “chigüiros vestidos”, donde indaga sobre temas fundamentales de la infancia. Cuando Ivar estaba haciendo esos, en Colombia todos estábamos aprendiendo a hacer libros. Eso no existía. Había una tradición antigua de láminas que reproducían fragmentos, pero no libros que incorporaran la imagen de esa manera. En ese contexto, estaba Silvia Castrillón explorando como editora en Norma y Margarita Valencia en Carlos Valencia Editores. Yo trabajaba en Norma.

En ese primer experimento, Ivar pone los personajes en situación. Son como cuadros, representaciones, no hay una acción ni un movimiento sino que se entiende que el personaje va de un lado a otro, que se encuentra con otros personajes y suceden cosas. También en los ‘eusebios’ hay una cosa de acumulación, de reiteración, propia de la literatura infantil. En eso Ivar fue y es muy buen lector de libros para niños. Todas esas herramientas las ha ido incorporando como propias. Luego pasa a los ‘amameris’: allí hay un manejo simultáneo del tiempo y el espacio, se combinan armónica y artísticamente.

Para mí la experiencia más increíble fue “Tengo miedo”. Lo que tenía que hacer como editora era mínimo; fue buscar la vuelta de tuerca que íbamos a dar para pasar a un libro que buscaba mostrar la violencia del país. Verlo trabajar, ver el cuidado que tenía con la historia natural… porque cada planta que está dibujada, cada animalito, salió de un libro de historia natural. Primero sacó miles de bocetos y luego los incorporó de ese tamaño, pero ahí están. A veces me decía: necesito que vayamos a no sé dónde porque tengo que ver cómo es el monte.

Y la paleta. Hoy mantener la paleta en el computador es muy fácil, pero la paleta en “Tengo miedo” son pinceles de un pelo. ¡Un pelo! Y ver cómo esa paleta, esa gama de rojos y azules, está perfectamente establecida y no se pierde. Incluso fue muy fácil para mí hacer los escáner y reproducir las imágenes, porque no había diferencias graves entre ellas. Era un trabajo absolutamente delicioso.

 

¿Él te consulta mientras trabaja?

Nosotros hablamos mucho al principio del libro. Comentamos, vemos qué hay que hacer. Por ejemplo, en “Tengo miedo” pensamos mucho: qué había que introducir en el ambiente, qué no podía faltar. Siempre hacemos un story completo. Obviamente, muchas veces en la mitad del camino eso cambia, o decidimos repetir una escena. El libro tiene una limitación que no tiene el arte, y es que tiene un número de páginas que es múltiplo de cuatro. Si necesitamos aumentar otra, debemos resolver qué vamos a hacer, qué detalle vamos a escoger. Básicamente lo que tengo que hablar con él es eso.

 

Tenés una participación muy importante en la construcción de las historias

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La construcción de un libro álbum es una conversación larga, de al menos tres: el editor, el autor y el ilustrador. Con Ivar es más sencillo porque como él es el autor-ilustrador, siempre tiene el texto en la cabeza.

Además, en Babel trabajamos en equipo y en cada libro que hacemos participa no solo el equipo editorial sino el equipo de los libreros, de los otros autores… es un sitio donde se mete mucha gente. Y de pronto alguien tiene una idea genial. Esa es la parte del trabajo que más me gusta. Con Ivar es muy fácil porque es muy generoso con los demás.

 

¿Cuánto dura el proceso de un libro con él?

Tres años. Por eso le digo, estas canas que tengo me salieron con él. Claro, es genial y lo disfrutamos muchísimo, pero los procesos son lentos. Hacemos otras cosas en el intermedio, porque una persona haciendo lo mismo durante tres años se enloquece. Mientras tanto, ha hecho trabajos para Estados Unidos y México, y los aprovecha para explorar. Pero justo esa es la maestría de Ivar: mantener en esos tres años la calidad, la paleta, los personajes, es que ya es un maestro.

Cuando terminamos estoy totalmente satisfecha. Sé que podría hacerlo de otra manera pero sería un libro totalmente distinto. En cambio, cuando termino con otro ilustrador, siempre quiero decirle: para la próxima arreglamos esto. Hay muchos libros que yo termino y digo: lo volvería a hacer inmediatamente.

 

¿Sabés cómo se le da trabajar con otros editores?

Él tuvo una escuela de editores buenísima. Por un lado Margarita Valencia, que por entonces también estaba muy joven, pero había estudiado literatura y su papá era un reconocido editor; o sea, había estado en contacto con ese mundo, tenía una idea muy acertada de lo que era hacer libros para niños y su visión era muy contemporánea.

El caso de Silvia Castrillón, que sí es mayor que Margarita y que yo, es que ella fue la primera que estudió el tema de la literatura infantil en Colombia. Estudió en Francia y en Canadá, así conoció el primer movimiento de libros para niños en el mundo, que tampoco es que sea muy viejo. Estamos hablando de finales de la década de los 70 en Europa y de finales de la década de los 80 en América Latina. Para mí es ayer. Apenas estamos empezando.

Ivar tuvo la suerte de dar con estas dos, que fueron las editoras más importantes en ese momento. Después trabajó con Carmen Diana Dearden y Verónica Uribe de Ekaré, que es una entidad sin ánimo de lucro pionera en el tema de la promoción de la lectura en América Latina y en España.

Además, ha tenido excelentes editores en otras partes del mundo. Trabajó con Antonio Ventura en España y Teresa Mlawer en Estados Unidos.

Cuando llegó a mis mano ya era un personaje que había recorrido un mundo con editores bastante largo, y eso es bueno.

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