Programa tus compras para recibirlas 1 semana después.  / /  Por la contingencia de salud, las entregas pueden tardar un poco más de lo normal.

«Iguales», un cuento de Dulce Maria Cardoso (fragmento)

Ilustración: Alefes Silva

Ambos sabían lo que se debía hacer. Entonces acordaron la fecha. Cuando el día llegó, mezclaron sin titubeos el azufre en la pólvora negra. Ni el uno ni el otro pensaron en retroceder. Ambos sabían lo que debían hacer. Deshecho. Después serían felices otra vez. 

Tú naciste primero, les decía muchas veces la madre señalando a Afonso. Después se giraba hacia Pedro, tú no tardaste mucho más. Cuando la partera te vio dijo, son tan iguales que tenemos que marcarlos ya. Si los confundimos ahora, nunca más se sabrá cuál nació primero. Después de haberte puesto una cinta blanca en la muñeca, dijo, mirando de nuevo a Afonso, la partera los limpió a los dos y los acostó sobre mi vientre. Dos oruguitas rojizas con los ojos ciegos.

A pesar de ser agosto llovía mucho el día en que nacieron. Una de esas lluvias de verano que limpian la tierra entera. El cielo estuvo todo el día pardusco, sin nubes, entero, sin principio ni fin. Como hacía mucho calor, la ventana de la habitación estaba abierta y, cuando los dolores empezaron, nadie se acordó de cerrarla. Así permaneció durante el nacimiento. Cuando se dio cuenta, la partera temió que el aire de la calle les hubiera hecho mal. Pero no. Crecieron fuertes y bonitos. Y no había quien no se asombrara al verlos. Nunca en los alrededores se había visto nada igual. Nadie podía distinguirlos. Ni siquiera su padre. Yo siempre los distinguí, pese a ser como dos gotas de agua.

Pero tú, y señalaba nuevamente a Afonso, tú naciste primero, por eso eres el mayor, decía la madre con orgullo. Y Afonso respondía, sí, así fue. En la memoria del nacimiento que esta historia, tantas veces contada, había construido en su cabeza, era como si se acordara de todo. Sí, así fue, decía Afonso contagiado por el orgullo de la madre. Tú eres el más joven, decía la madre, girándose hacia Pedro, tú naciste después.

La madre les contaba muchas veces esta historia, les explicaba todo como si fuera difícil de entender, tú naciste después, repetía la madre, y Pedro decía, sí, así fue, pero podría haber sido Afonso, porque las voces ni siquiera la madre las distinguía. Cuando solo los oía, la madre no podía asegurar cuál de los dos hablaba.

Durante gran parte de las vidas de Afonso y de Pedro, los minutos que pasaron entre el nacimiento de los dos —y que nunca nadie contó— fueron la única diferencia seria e infranqueable conocida. En lo demás eran iguales. No solo en los rasgos que los demás podían ver, sino también en lo que ellos sentían y sabían idéntico, estados simples como el hambre y el sueño, o estados más complicados como el amor y la tristeza. Cualquier sensación o sentimiento era vivido por ambos de la misma forma, y esto los hacía muy felices. La única excepción ocurrió cuando se enamoraron de Clara.

Cuando vieron a Clara por primera vez ambos sintieron exactamente lo mismo y también supieron de inmediato lo que el otro estaba sintiendo. Si se les hubiera pedido que describieran el entusiasmo que la visión de Clara les había provocado, ambos habrían dicho lo mismo y usado las mismas palabras. Ninguno sabría describir lo que Clara tenía de tan especial, lo que había provocado ese enorme deseo de tocarla. Era una chica bonita, pero no más linda que muchas otras que ya habían conocido. Era afable, pero no más afectuosa que la mayoría de las muchachas en esas edades. Tenía una manera particular de sonreír, los ojos se entrecerraban y aparecían hoyuelos en las mejillas. Pero todas las muchachas tienen particularidades, en la sonrisa, en la manera de andar o en la forma de hacer esto o aquello. Ni Afonso ni Pedro lograron explicar alguna vez la sorpresa que les causó el anhelo de mirar y tocar a Clara. Y más sorprendidos quedaron cuando se dieron cuenta de que, por primera vez en sus vidas, además de no querer compartir un bien, ambos se disputaban ese bien. Más tarde verificaron asustados que cada vez que Clara daba preferencia a uno de ellos crecía en lo íntimo del otro una forma incipiente de odio que ni uno ni otro querían combatir.

Fue en este último estado, espoleados por la pasión hacia Clara, que Afonso y Pedro conocieron el lado terrible de ser iguales y, más tarde, el lado terrible de detestarse como iguales y querer diferenciarse. Solo así uno de ellos sería elegido. Pero no se debe desunir lo que la naturaleza creó unido, pensaba la madre, y todos aquellos que los conocían. Incluso ellos así recapacitaban. Sabían que eran un solo hombre que existía en dos cuerpos. Y como nada había dejado de ser como debía ser, los cuerpos eran iguales en todo.

Cuando se enamoraron de Clara, Afonso y Pedro ya eran coheteros. Ya lo eran hacía mucho tiempo. Como era de esperarse, estaban juntos cuando vieron por primera vez el cielo romperse en pedazos de colores. Tenían entonces seis años. Antes de eso no imaginaban lo que pudieran ser los fuegos artificiales. La madre los había llevado a la fiesta del pueblo y paseaba con ellos lado a lado. Ambos habían visto la barraca de los animales con el mismo desinterés, comido churros con la misma gula y limpiado el azúcar de los labios con los mismos gestos. Ambos tuvieron la misma fe en las rifas y sintieron la misma tristeza cuando no les salió el carrito de juguete. Se sintieron cansados y pidieron volver a casa al mismo tiempo.

Pero la madre quería que vieran los fuegos e insistió para que se quedaran. Los sentó sobre el muro alto que rodeaba la feria y los envolvió con la misma manta. Ellos, al sentirse abrigados, apoyaron la cabeza el uno en el otro y estaban a punto de dormirse cuando oyeron el primer estruendo. Levantaron la cabeza como hicieron todos los que llenaban el recinto ferial. 

Fue ese día cuando conocieron el cielo salpicado por miles de puntos de luz rojos, dorados, azules, plateados, por claridades súbitas que construían círculos y estrellas que se agigantaban dentro del negro cerrado del cielo para, por fin, deshacerse. Afonso y Pedro no podían creer que pudieran nacer estrellas de varios colores así de repente, estrellas con puntas inusuales, círculos que encajaban bien unos en otros, torbellinos de hilos brillantes que serpenteaban por el cielo y lo hacían ver aún más grande.

Cuando el fuego se acabó y todo volvió a estar oscuro, cuando el ruido de la fiesta regresó al recinto, ambos ya sabían qué querían hacer cuando fueran grandes. Ninguno tenía la menor idea de cómo ocurría el fuego, pero ambos empezaron de inmediato a planear los dibujos que les gustaría ver en el cielo: el carrito de juguete que habían perdido en las rifas, la tienda que vendía los churros, la rueda gigante y hasta las manos de la madre que los arropaba con la manta.

No fue necesario que hablaran el uno con el otro acerca de la decisión que habían tomado ese día. Pero tampoco tuvieron que hablar entre ellos cuando decidieron apartarse de Clara. Al descubrir cuán peligroso era lo que en ellos germinaba, entendieron que lo mejor era volver al estado que habían perdido. Querían volver a sentir esa felicidad que les brotaba de la existencia compartida. Querían regresar al estado en que todo les pertenecía a ambos de forma serena.

El desasosiego que Clara les provocó se resolvió y les sirvió de lección. Libres de aquella inquietud, Afonso y Pedro decidieron que nunca más volverían a enamorarse. Volverían a disfrutar ese estado feliz de ser iguales en dos cuerpos iguales. Así podrían existir más dichosos que todos aquellos que poseen cuerpos y almas individuales, y viven en el mundo en medio de esa soledad.

Afonso y Pedro fueron, después de la pasión por Clara, tan felices como solían ser. Todo volvió a ser como era antes. Iluminaban el cielo y se acompañaban en todo lo que pensaban y sentían. Hasta que, pasados unos años, en el día de la Fiesta de la Buena Hora, volvieron a ver a Clara.

Ese día, Afonso y Pedro se despertaron temprano y de buen humor. Tenían una jarra en la habitación y se pasaron un poco de agua por la cara. Ya vestidos, se sentaron en la mesa grande de la cocina para tomar café y comer unas tajadas gruesas de pan con aceitunas saladas. Bebieron un vaso de vino para calentar el cuerpo y antes de salir tomaron las boinas que estaban colgadas en la entrada de la casa. El principio de aquel día no fue diferente al principio de cualquier otro día. Repitieron los mismos gestos en el mismo orden.

El patrón los recogió, como solía, a la salida de la aldea, al pie de la piedra que separa los dos caminos. Subieron ágilmente hacia la parte trasera de la camioneta y pensaron que el viaje por la sierra iba a ser agradable. Tardarían unas tres horas en llegar a la aldea de la fiesta. Durante esas tres horas fumarían muchos cigarrillos, atravesarían tres o cuatro pueblos, verían a dos o tres pastores apacentando rebaños. Podría ocurrir que se cruzaran con un caminante o un feriante montado a caballo, pero eso era incierto. También podía suceder que la camioneta se parara en las subidas y tuvieran que empujarla. Era una conjetura apenas, un poco más probable que la del caminante o el feriante. Y después los imprevistos en los que no podían pensar, ya que los imprevistos son determinados por mecanismos desconocidos del pensamiento. Como aquella vez que se encontraron un perro herido en la mitad de la carretera. O cuando dieron un aventón a una mujer que huía en dirección a la ciudad. Desconocer quién había atropellado al perro, no saber de qué huía la mujer aguzaba la curiosidad y mantenía ocupadas las cabezas de ambos.

Los viajes eran casi siempre iguales, pese a la diferencia de los destinos. Se sentaban en la parte trasera de la camioneta con las boinas en las cabezas y fumaban los cigarrillos que sostenían con los dedos bien estirados. De vez en cuando escupían un poco de tabaco. Y bostezaban siempre que la sierra se cruzaba en línea recta. Eso era raro. Las curvas de la sierra solían balancear y entretener los cuerpos, y producirles algún mareo. Pese a ello, ambos preferían el misterio delineado por cualquier curva a la monotonía que las partes rectas resaltaban. 

Cuando llegaron al lugar de la fiesta ya era la hora de preparar el lanzamiento de los fuegos. Ese día, una vez más, hicieron todo tal y como siempre lo habían hecho. Tuvieron las mismas cautelas y cometieron las mismas imprudencias, porque la vida se hace de unas y otras.

 

Fragmento del libro «Todo son historias de amor», de la escritora portuguesa Dulce Maria Cardoso. Traducción de Pedro Rapoula y Jerónimo Pizarro.

0 Comentarios

Dejar una respuesta