Ganadores Concurso Primera Página – Juan Francisco Soto

El reto era escribir la primera página de un libro que no existía. 52 participantes aceptaron nuestra propuesta y enviaron el comienzo del libro «Las cartas que Bartleby leyó». Esta es otra de las cinco ganadoras. ¿Qué les parece?

Primera Página – Juan Francisco Soto Hoyos (Bogotá, Colombia)


La primera vez que me invitaron a la lectura de cartas fue un viernes. Guardaba las cartas que no había alcanzado a archivar en mi escritorio cuando Anderson me interrumpió. 
—Señor Stevenson, ¿podría hablar con usted antes de que se vaya? 
—Sí señor Anderson, termino de archivar estas cartas y estoy con usted. 
Antes de entrar en su oficina ya imaginaba de qué me iba a hablar. Llevaba tres meses trabajando en la Oficina de Cartas Muertas de Washington D.C., trabajo que conseguí gracias a un tío que era funcionario del Gobierno. Debía organizar las cartas correspondientes al Estado de Oregon que no habían sido entregadas, bien sea porque la dirección postal estaba errada o porque el remitente no se encontraba ahí. Aunque, para ser franco, existían otras razones por las cuales se declaraban muertas. Razones que me veo obligado a narrar en este testimonio, en esta denuncia. 
¿La razón por la que suponía que Anderson me llamaba a su oficina? Que, a pesar de la regla principal de no abrir la correspondencia, lo había hecho. Escogía una de cada diez cartas de las que archivaba y las leía antes de que fueran condenadas a ser cenizas, polvo, nada. 
—Señor Stevenson, tome asiento por favor. Ya sabrá por qué quiero hablar con usted. Quiero que me explique esto, —me mostró una de las cartas que había abierto— porque usted debe conocer la prohibición de leer esta correspondencia tal como lo expone la cuarta enmienda de la Carta de Derechos de la Constitución. Y, así estas cartas no hayan encontrado su destino, siguen estando protegidas. 
—Sí señor pero… 
—No hay peros. Ahora cuando acabe su trabajo vaya a la sala de juntas, que tengo algo que mostrarle. 
Salí sin decir nada, pensé que mis horas estaban contadas. Al volver a mi escritorio guardé en mis bolsillos cinco cartas para llevármelas a casa una vez despedido y me dirigí a la sala de juntas. 
Adentro no sólo estaba Anderson, también Johnson, Olson, Watson, algún otro son y, rompiendo la regla, mi vecino de escritorio Bartleby, quien al verme entrar hizo un gesto como si se tratara de un funeral. En frente de cada uno había una pila de cartas y en sus manos tenían una abierta. 
—Señor Stevenson —dijo Anderson— bienvenido al verdadero trabajo de esta oficina, tome asiento por favor. 
Al sentarme, Bartleby me volvió a mirar y sonrió. Hoy es el día en el que sigo sin saber el motivo de ese gesto y de esa mirada.
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