Ferias como ciudades, por Daniela Gómez Saldarriaga

Una feria es como una ciudad: hecha de calles, manzanas, cruces y tráfico. En hora pico, las avenidas son intransitables debido al paso lento de los lectores, que se detienen a mirar portadas, desordenar estantes, preguntar por los títulos que llevan horas buscando. Hay quienes se leen libros enteros en medio de ese tránsito parsimonioso y poco silencioso. Es fácil perderse, por eso la metáfora con una ciudad funciona: si hay calles y hay carreras, los lectores saben que su estand favorito está en el cruce… a la altura… y esa es siempre su primera parada.

Cuando un recién llegado se lanza sin distracciones a la búsqueda de ese punto en el mapa, el editor puede estar seguro de que capturó a un lector para siempre. Quienes estamos del otro lado, nos empezamos a familiarizar con esas caras que aparecen triunfantes por haber dado con el punto añorado sin perderse, o con los reclamos de quienes se sienten traicionados por no habernos encontrado antes. Esos lectores firmes, perseverantes, obsesionados hasta el punto del coleccionismo, son la mayor joya que se encuentra y se cosecha, año tras año, en una feria. Porque lo más importante es eso: ver a los lectores que no nos ven nunca, conversar con ellos, saber qué pensaron de los libros que publicamos desde esa tribuna invisible que es el escritorio del editor, y conseguir la recompensa de una aprobación o un rechazo, una devolución al fin y al cabo, de lo que es pura carpintería entre cuatro paredes. 

Podría parecer que este encuentro es un evento personal y quizá por eso irrelevante para esa maquinaria que llamamos “cadena del libro”, pero es todo lo contrario, porque es ahí donde ocurre la confrontación más significativa para un editor. Quien publica lo hace para compartir: que la lectura se replique y tenga en otros la posibilidad de actualizarse le da todo el sentido a la tarea. El paso del tiempo también asienta el valor de lo publicado, pero muchos editores no viven para verlo, así que la voz viva de los lectores suple ese juicio histórico, que explota en esa reunión propiciada por las ferias, bajo las luces cansinas, el aire helado o el calor intenso.

Las mejores ferias son esas donde los barrios son reconocibles, sin que eso las haga menos diversas. Hay barrios de grandes editoriales, de editores de literatura infantil, de editores universitarios, de editores independientes. Lo interesante de esa vecindad son las conversaciones que se dan con los del lado: pares que en otras ciudades, incluso en otros países, hacen lo propio. Las dificultades de la labor muchas veces se parecen, y cuando no, las ventajas del otro abren campo para encontrar soluciones a los problemas locales. Husmear en sus fondos, entre sus libros más recientes, es una investigación provechosa que da paso a compartir autores, comprar los derechos de un libro, animarse a la distribución de otro sello o a sumar esfuerzos para coeditar. Es esta la manera más natural en la que ocurren los intercambios: hojeando los estantes ajenos, las conversaciones a la hora del almuerzo o en medio de las fiestas nocturnas, que es donde suelen sellarse las amistades que sobreviven a los meses de silencio que separan cada feria de su siguiente edición.  

Otros espacios —menos espontáneos— son las ruedas de negocios, los encuentros profesionales, las mesas de trabajo. Siendo un paisaje más formal, proponen un marco para la conversación que debería ayudar a dignificar el oficio de todas las personas que participan de la ya mencionada cadena. Se enseña, se cuentan experiencias, se respalda la trayectoria, se presentan los nuevos a los viejos… se trata de un ritual en torno a los actores que trabajan todos los días por la existencia del libro, una manera de alentar su supervivencia. Una feria es una ciudad también porque construye estructuras, instituye, hace público. Lo que existe al centro de esta se valida y adquiere ciertas dimensiones para todos los que participan; y lo que se resiste en sus márgenes también construye desde la cualidad de ese lugar, por eso es importante que existan ferias gigantes, medianas y pequeñas, pero que existan, para que alberguen a todos y cumplan la función de divulgar y poner en escena a los editores en la tarea de narrar y acompañar los libros publicados.

*Texto de Daniela Gómez Saldarriaga, asistente editorial de Tragaluz editores

 

La Propia: feria de editoriales independientes (2020)

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