Entrevista desprevenida con Jorge Franco

Jorge Franco

Pasa que las preguntas pequeñas ayudan a revelar grandes respuestas. En esta entrevista al escritor Jorge Franco, autor de La niña calva, le preguntamos por lo cotidiano y al responder nos dio entrada al mundo que respalda su trabajo literario. Para el lector avezado, que frecuenta las novelas y cuentos de Franco, será un banquete dar con las pistas entre líneas del panorama de obsesiones y experiencias que se manifiestan en sus libros. Esta es una entrevista pensada para fans, pero también para curiosos y aprendices con ganas de auscultar la maquinaria del proceso creativo previo a la escritura.

 

¿Te gusta recordar tu infancia?

Me gustaría recordar, lo que pasa es que tengo muy mala memoria y no me acuerdo de casi nada. Me gusta oír historias, oír a mis papás, a mis hermanas, a alguien que se acuerde. Yo recuerdo muy poco y eso me angustia mucho porque, no sé, siento que no hubiera vivido esos años. Lo que se olvida es como si no hubiera existido.

 

¿Qué tipo de adolescente fuiste?

Fui muy rebelde pero de palabra, de alegar, de esgrimir argumentos frente a algunas situaciones. Era muy solitario, siempre he sido muy solitario, como de buscar mis propios ambientes, y entonces lo que hacía era eso: encerrarme a leer y a ver televisión en mi cuarto. Creo que no era ni buen ni mal estudiante, ahí pasaba, perdí materias algunas veces pero un año nunca lo perdí. No me gustaba mucho estudiar.

 

¿No te gustaba salir?

Salía muy poco. Yo llegué a salir, la verdad, casi que en la universidad. Los últimos años de colegio salí, pero eran unas salidas a comer algo, pero nunca de rumba. En la universidad sí, salí y casi no vuelvo. Yo he sido muy noctámbulo, muy del mundo de la noche, así me quedara en la casa me acostaba tardísimo leyendo, viendo televisión, oyendo música, grabando, haciendo mil cosas. Me ha costado siempre madrugar. Y nada, descubrí todo eso de la noche y me gustó. También empecé a tomar trago en la universidad. Tomaba y me enrumbaba. Nunca fui de discotecas, me gustaba ir donde pudiera hablar.

 

¿Qué licor te gusta?

En esa época, en Medellín, uno tomaba guaro, puro aguardiente. A mí ya no me gusta, ya no tomo tanto, pero hay dos tragos que sí me gustan mucho: el vino tinto y el whisky. No me tomo más de dos pero me encantan.

 

¿Qué música escuchabas entonces?

De todo un poquito. La que estuviera de moda. En el colegio era Flans, después era Depeche mode…

 

¿Siempre te gustó el rock?

A mí siempre me ha gustado el rock. Pero curiosamente también me ha gustado mucho la balada, la música de planchar. Tenía muchos discos. Y la clásica. Me movían todas esas cosas. Y de pronto algo de rock que estuviera saliendo. Además me tocó la época de la música disco. De esa alguna me gustaba pero después ya no. Y hoy en día me gusta mucho más el jazz y la clásica, son lo que más oigo.

 

¿Cuál es tu película favorita?

Difícil porque he visto películas muy buenas. Pero yo diría que tal vez la primera parte de El padrino. Es una película perfecta.

 

¿Cuántas veces la has visto?

La he visto por ahí unas cinco o seis veces. La segunda parte me parece maravillosa. Yo diría que la uno y la dos son casi igual de buenas, un poquito mejor la primera. La tercera no me gusta mucho, siendo una película buena no tiene la fuerza de las demás.

 

¿Cuál fue el libro que más te impactó cuando eras adolescente? ¿Y cuál fue el último?

Me acuerdo que cuando llegue a A sangre fría de Capote me causó mucho impacto, parecía que me estaba llenando muchas cosas como lector al mantener tensión, contar algo interesante y fuerte, y estar muy bien escrito. Tal vez es de los libros más importantes de la adolescencia. Lo volví a leer mucho después y sigo pensando lo mismo, que es un gran libro. He leído otras cosas de Capote y sigo creyendo que es muy buen autor.

Recientemente… hay un libro del que no hablo mucho por el impacto que me causó… Es de un autor que descubrí poco a poco, se llama Cormac McCarthy. Había leído unos libros de él muy buenos, pero cuando leí La carretera sentí una cosa… Ese libro me sacó las lágrimas. Para que un libro me saque las lágrimas es que me llegó al alma. Lo he leído varias veces y creo que es, tal vez, en los último años, el libro más importante que he leído.

 

Ahora que mencionás lo de las lágrimas, ¿llorás con facilidad?

Ya no tanto. En una época era más llorón, yo no sé por qué. No creo que haya perdido sensibilidad, simplemente ahora toda esa cosa afectiva está muy a flor de piel en lo que tiene que ver con mi hija. Yo la recibí a ella por adopción, y cuando la recibí no me aguanté. Fue una cosa maravillosa. A veces me pasa que me quedo mirándola y de pronto siento ese amor que ya uno está que llora. Creo que el cambio se dio a partir de la paternidad, todo se concentró en ella y lo otro me lo estoy tomando con más calma.

 

¿Quién es la persona viva a la que más admirás?

Yo te diría que mi papá. Yo siento mucha admiración por él. Es un tipo muy distinto a mí en el sentido en que él no lee, está muy lejos de la literatura, está en otro mundo. El papá de él sí era un gran lector, pero hubo un salto generacional y pasó a mí ese gusto por la lectura. Pero a pesar de eso es un tipo sensible y esa enseñanza de honestidad, de amor al trabajo, de entrega, de optimismo, para mí ha sido fundamental. Toda la vida mi papá fue un tipo que a las siete de la mañana ya estaba trabajando. A veces cuando estoy por ahí echado y con pereza, digo: uy, hay que aprenderle algo.

Y a pesar de las diferencias supimos conjugar los dos mundos y entendernos bien. Él está muy contento con lo que yo hago, le gusta todo lo que pasa. Yo tenía mucho miedo de que, al ser diferente, pudiera haber distancia o pudiéramos tener más conflictos, pero no. Desde el primer momento, cuando no había pasado nada y yo dije que quería dedicarme a esto, él me apoyó.

 

¿Cuántos años tenías cuando te enamoraste por primera vez?

Amores platónicos creo que siempre tuve. La niña del barrio, la hermana del compañero, cosas así. Pero no, mi primera novia fue también cuando entré a la universidad. Primero me enamoré de una pero ella tenía novio, eso me dio muy duro. Después conocí a otra que era diseñadora gráfica de Bolivariana, y ahí fue, esa fue la primera novia.

 

¿Cuál sería tu mayor desgracia?

Yo creería que dejarme vencer por alguna eventualidad, que lo que suceda me venza y no pueda superarlo. Eso sería de pronto una desgracia.

 

¿En qué país te gustaría vivir?

Distinto a Colombia, probablemente consideraría dos países: España o México.

 

¿Cuál es el dulce que más te gusta?

Casi todo lo que tenga que ver con chocolate. Una torta de chocolate, por ejemplo, me parece el dulce perfecto.

 

¿Cuál es tu super héroe de ficción favorito?

Esa es difícil. No soy muy seguidor de las historietas…

 

Pero bueno, hay un test básico: ¿Superman o Batman?

Batman. De hecho, esas películas que hacen de los super hérores me encantan y me gustan mucho más las de Batman que las de Superman. Son más raras. Pero estaba buscando en la literatura, pero la literatura casi nunca tiene héroes, más bien antihéroes.

 

¿Cuál pensás que es tu gran logro?

Cuando empecé a escribir pensé que si iba a tener reconocimiento sería en la tercera edad, o sea, que iba a llegar cuando estuviera viejo. No me esperaba conseguirlo antes, relativamente joven. Creo que me siento contento con ese logro. No haber tenido que esperar tanto.

 

Después de publicados, ¿releés tus propios libros?

Después de publicados, no. No soy capaz porque ya no puedo hacer nada. De hecho, me tomo mucho tiempo corrigiendo. Intento cambiar cosas, pero cuando me dicen listo, ya es la última edición, no lo vuelvo a leer. Porque me da esa angustia de encontrarme algo que quiera cambiar, que probablemente me va a pasar porque me pasó durante todo el proceso. Uno tiene que parar eso. A veces me toca leer algún fragmento en una universidad o en un colegio y lo hago. No muy a gusto pero bueno.

 

Si querés descansar, ¿qué hacés?

Tengo una casa que hice hace unos tres años en Anapoima, a dos horas de Bogotá. Es tierra caliente, un clima delicioso. Ese es mi refugio. La verdad es el sitio de Colombia donde me siento mejor. Allá tengo una piscina; nado, monto en bicicleta, camino, es un sitio muy tranquilo. Huyo del frío, de todo el rollo de la ciudad de Bogotá que es tan estresante. Voy solo o con mi familia. Si ellos quieren ir no tengo problema, es rico, si no también voy y me llevo mis libros.

 

¿Practicás algún deporte?

Intento practicar varios, aunque no soy muy bueno. Cuando estoy en Bogotá juego squash y cuando estoy en Anapoima nado y juego tenis. Siento que me hace falta hacerlo porque paso mucho tiempo sentado frente a un escritorio, inactivo. Por lo general, en las mañanas intento hacer algo porque necesito moverme.

 

¿Tenés algún fetiche con las cosas que utilizás para escribir?

En realidad no. Lo único es que prefiero libretas que no tengan frases o publicidad sino que el cuadernito esté limpio, más o menos este es el tamaño ideal (de la palma de la mano). No me gusta que sean ni más grandes ni más chiquitas. Me han regalado unas muy lindas, pero la verdad como soy tan desordenado… Quisiera volverme portador de esas libretas, pero no encuentro dónde llevarlas, por eso me he vuelto muy dependiente del teléfono, porque ahí tomo noticas o grabo, eso me ayuda de cierta manera. Las libretas las dejo en la casa y en el estudio.

A veces la búsqueda de una nota se me vuelve un lío porque sé que lo anoté, pero me toca buscar en el celular, en el iPad, en las libretas del estudio, de la casa y de la mesa de noche. En un comienzo intenté ser juicioso y trataba de manejar una por novela. Lo logré hacer hasta Santa suerte, la anterior a El mundo de afuera. Ya en El mundo de afuera me desordené mucho porque tenía mucha información, muchos datos, mucha prensa.

 

¿No salís de tu casa sin qué? ¿Qué es lo que siempre llevás en el bolsillo?

Me he vuelto, creo que como la humanidad entera, dependiente del celular. Porque me siento más tranquilo, tengo mi agenda, tengo contactos, tengo comunicación. Y desde muy niño, desde que iba al colegio, mejor, desde que conocí el chapstick mantengo uno en el bolsillo. Casi nunca lo uso, pero lo dejo y se me secan los labios. Es así. Mira que ya estoy nervioso porque no lo veo. Ah, por acá lo sentí. Como te digo, se me queda –hoy tal vez no lo he usado- pero se me queda y ya siento que se me secaron los labios. Soy desesperado. A veces me toca ir a una farmacia a comprar uno. Eso es lo que siempre llevo. Y la billetera, por supuesto. Pero incluso una vez iba de viaje, se me quedó la billetera y dije: “ah, pero tengo el celular”, y me fui.

 

Cuando te miras al espejo, ¿qué ves?

Yo procuro, primero, nunca mirarme fijamente. Y cuando me miro a los ojos, no mirarme más de tres segundos porque no sé, creo que es miedo, no sé qué pueda ver ahí en esa mirada. Yo sé que me estoy mirando muy rápidamente o mirando distintas cosas o si me estoy afeitando estoy concentrado en eso. Pero nada, veo a un tipo que está cambiando, que está entrando en una etapa en que los cambios se van acelerando.

 

¿Qué virtud pensás que está sobrevalorada?

Tal vez la fidelidad. Es que la distingo mucho de la deslealtad. Creo que es un tema que merecería replantearse en la humanidad.

 


¿Cómo te gustaría morir y en dónde?

Muy viejo, y me gustaría llegar a la vejez con mucha salud. Ojalá pase mientras esté durmiendo. No tengo el lugar muy claro, pero ojalá sea en tierra caliente, no quisiera morirme en el frío.

 

Si tuvieras que describir el estado actual de tu vida…

No le voy a dar más vueltas: yo creo que feliz.

 

¿Qué pregunta nunca te han hecho, en las muchas entrevistas que has dado, y te hubiera gustado responderla?

No sé si de pronto me lo han preguntado… no, sí me la han hecho: como quién me gustaría escribir.

 

¿Y cuál es la respuesta?

Creo que eso ha cambiando con el tiempo. En un momento habría sido como Rulfo y como Borges. Y hoy en día… ¡creo que también serían Rulfo y Borges! Sería una mezcla muy rara, pero me gustaría tener algo de cada uno.

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