Entrevista alimón

Sara Bertrand y Francisco Montana - Tragaluz

Los autores de Nuestro gordo son una pareja de escritores con ganas de jugar. Escribieron la historia a cuatro manos mientras Sara Bertrand batallaba con el invierno de Santiago de Chile y Francisco Montaña intentaba terminar su tesis doctoral en París. El resultado de este trabajo en equipo fue el cuento ganador del 2º concurso de escritura Tragaluz alimón, cuya condición era, justamente, escribir en pareja. Y qué mejor que hacerlo entre dos grandes amigos. Nos debíamos este chat a cuatro manos sobre el proceso de creación de la historia.

Tragaluz: elegimos este medio para entrevistarlos porque de cierta manera es un camino para reproducir el método que utilizaron para escribir, o al menos para ponerse de acuerdo sobre la historia de Nuestro Gordo.

Sara: bueno, pero una salvedad. Nosotros no escribíamos al mismo tiempo. Nos íbamos pasando la bola como un tejido que se teje entre varios.

Francisco: de un lado al otro. Es decir, había una sola bola y la bola iba y venía….

S: igual que las tejedoras chilotas y sus telares, nosotros hicimos un telar que se llama Nuestro gordo.

TGZ: bueno, empecemos:¿cómo se conocieron ustedes?

S: awww, ¿dice usted o digo yo? Porque lo nuestro fue amor a primera vista.

F: de acuerdo. fue en la escalera de un avión.

S: jajajaja, ¡miente! Mienta, mienta, que algo queda, decimos los chilenos.

F: Sara bajaba con la ministra de cultura chilena y yo le di la mano.

S: …de lo más empingorotada, con tacones de aguja y cartera Vuitton.

F: fue en una feria del libro, ¿verdad?

S: fue en la Feria de Libro de Bogotá, en una mesa redonda donde estábamos de exponentes con dos personas más. Yo leí a Huidobro y usted quería que le regalara mi libro.

F: teníamos unos compañeros de mesa muy aburridos, los más divertidos éramos nosotros dos.

TGZ: ¿en qué año fue?

S: 2009

F: ¡uy, dios!

S: como decía, en mi caso fue amor a primera vista, lo vi y dije, ah, no, él es para mí, y yo queriendo que nos arrancáramos de ahí…

F: sí, fue igual, yo no podía creerlo…

TGZ: y en ese día tan mágico, ¿se les ocurrió que podían escribir a cuatro manos? ¿O cuándo nació la idea de intentar hacer algo juntos?

S: hace un rato que queríamos hacer algo juntos. La idea nos venía rondando, ¿desde cuándo? ¿Cuando estuve en su casa para ese congreso fatal?

F: pero no sabíamos cómo empezar.

TGZ: ¿de quién fue la idea de participar del concurso de Tragaluz?

F: entonces yo estaba en París, lidiando con mi tesis y con una novela dificilísima.

S: y yo estaba en Santiago, lidiando con el invierno y el smog y una depresión de esas que te sumergen en aguas profundas, esperando que florecieran de una vez los ciruelos de la calle.

F: y en esas estábamos cuando Sara me dijo, bueno ahora sí, hagámoslo…. Primero fue la decisión y después el aviso del concurso.

S: en principio ni siquiera lo hicimos para el concurso, dijimos, probemos.

F: todo empezó con media cuartilla que Sara me mandó. Yo no quería. Estaba ocupado, neurótico, pagaba mucho arriendo…

S: usted nunca quiere, recuerde. Decía: que no puedo, que la novela, que Jessi, que los viajes a la biblioteca, que el cambio de piso.

F: París era difícil, es mi papel. Sara me decía, ahora sí, dale y yo me hacía de rogar. Una vergüenza. Finalmente llegó una página con un correo que decía más o menos: míralo, si te gusta, lo hacemos, si no, dejamos. Y pues claro.

S: ¡le gustó!

F: a mí me encantó la idea del “nosotros” como narrador. Fue una bola de lana que fue y vino. Luego apareció el gordo, su mamá, las canciones…

S: y entonces nos fuimos mandando esa bola, el tejido que cada cual continuaba e intervenía. Porque nos interveníamos, nos interrumpíamos. Y después, hablábamos por chat para llegar a acuerdos.

F: ¡cómo me reía solo en el apartamento cuando recibía lo que Sara me mandaba y cuando escribía la continuación! Fue magia pura.

S: el “nosotros”, ya lo contamos, viene de una novela muy fuerte y gutural de la Agota Cristof. Me sorprendió mucho cuando leí esa voz narrativa y quería usarla, y qué mejor que hacerlo entre los dos.

TGZ: eso les íbamos a preguntar. ¿Cuáles fueron sus referentes?

S: bueno, como toda escritura tiene muchas fuentes inspiradoras. Para mí, por una parte, estaba la anécdota personal que vivimos con Franc en ese congreso…

F: sí, en esa urgencia de todos los escritores de conseguir algo con su escritura. En el miedo de que haya alguien que lo haga mejor que tú.

S: … y por otra parte, las lecturas. En ese libro es muy importante Agota Cristof, y también, podría decir, Myriam Moscona. Pero sobre todo, creo que en este libro primó el juego. ¿Y tú, Franc?

F: yo no tenía claros los referentes literarios para ese trabajo. Pero era divertido y la pasamos muuuuy bien.

S: de hecho no fue nada serio, sino pura alegría y diversión hasta que ya comprendimos que teníamos algo.

TGZ: ¿cuánto se demoraron?

F: ¿tú recuerdas?

S: recuerdo que te puse las fechas. El asunto es que teníamos cuatro semanas desde que nos decidimos, y nos dimos 20 días para terminar de escribir, una semana de pausa y edición. La edición duró como cuatro o cinco días.

F: sí, eso era, pero también en el camino interveníamos lo que escribíamos o nos devolvíamos un poco y ajustábamos para que lo nuevo cupiera y tuviera sentido.

TGZ: ¿quién escribía las escenas más descabelladas?

S: es que se iban descabellando a cuatro manos. Por ejemplo, la mamá del gordo nunca hubiese sido así de magistral si no la hubiésemos pulido a cuatro manos.

F: o por ejemplo, el Bugs Bunny del gordo es idea de Sara.

S: es un libro bastante indecente, encuentro yo, y eso jamás hubiera ocurrido a dos manos. Uno se contiene, hay cierto pudor. En cambio, en pareja como que es más fácil desperfilarse. Me acuerdo del rabito del conejo, ¿se acuerda, Franc? Habíamos puesto el conejo ahí, y usted dijo: pero que aparezca el rabito.

F: y luego fue más ridículo… es que iba como en crescendo. Uno ponía una cosa y el otro la retorcía todavía más.

TGZ: ¿qué fue lo que más los hizo reír? (de la historia, del proceso…)

F: a mí la escena de la mamá bailando y cantando ¡¡¡La maldita primavera!!!

S: ellos, nosotros, la mamá del gordo y el despertar sexual de nosotros. Me reí mucho, en general, con la pulsión de ellos dos.

F: … y con el gordo que rompía dientes, con el profesor parado en una silla escupiendo saliva de café mientras echa un discurso… Yo tuve un gordo así en mi colegio.

S: y seguro que usted era un niño flaco, pequeñito, ¿no?

F: claro, debilucho. Y el gordo se imponía. Me matoneaba.

S: es jodida la anatomía. A mí me pasó un poco al revés porque yo era altísima comparada con mis compañeras. Pero sentía esa discriminación positiva, le dicen acá. La misma vaina: ¡ahí viene la palmera! Y aparecía yo. En ese tiempo me parecía que era una verdadera torre. Mis compañeras me tiraban a las peleas, a negociar con las matonas de los otros cursos, en fin. Para que vea que el pobre gordo no lo pasaba tan bien.

F: a mí el gordo me cayó encima en una piscina y me rompió un diente.

S: chuuuuu

F: ¡pero tenía la mejor colección de carritos!

S: obvio que el gordo tenía los mejores juguetes. Eso siempre es así, no sé por qué. Yo, en cambio, no tenía juguetes. Apenas una Barbie que me trajo mi madrina y que con mi hermano jugábamos a que era Ultraman.

F: ¡yo tampoco!

TGZ: y ahora, ¿qué o quién es el “gordo” en la vida de ustedes?

F: yo creo que ahora los gordos son más interiores. Son esos personajes interiores: el miedo, la ansiedad, la angustia, etc. que uno trata de mantener a raya.

S: concuerdo con Franc , y diría que el gordo es, metafóricamente hablando, un fantasma, el fantasma del escritor.

F: eso, lo que al final lo hace a uno escribir, podría ser…

S: lo que te lleva a esperar un salto, una voz, otra voz, nuevas posibilidades narrativas.

TGZ: y trayendo a colación la suerte de los hermanos de la historia, ¿a ustedes quién los indujo a leer? ¿Quién es el responsable de que se hayan encontrado con sus escritores favoritos?

F: a mí, mi abuela y mi papá… O mejor, la biblioteca de mi abuela y la confianza de mi papá en que estar un día entero leyendo no era perder el tiempo.

S: en mi caso, mi abuelo y mi papá. La biblioteca de mi abuelo, que era para morir en ella, y la de mi viejo, llena de curiosidades. Cuando era muy pequeña mi abuelo me regaló unos libros de poesía de Mallarmé, en francés y con tapa de cuero. Todavía los guardo como pequeñas joyas. Mi abuelo me dejó eso, el amor no solo a la lectura sino al objeto libro. Era muy cuidadoso con los libros. Y mi papá era un reportero frustrado, entonces sus libros estaban llenos de anotaciones, preguntas, recortes de diarios. Entre sus páginas se escribían otras historias. Viejo lindo y tan raro que era. Era un misterio.

TGZ: hay varios hombres misteriosos en la historia: el profesor, el papá del gordo…

F: ¡¡¡el papá del gordo!!!

S: el papá del gordo es el abandono.

TGZ: esa parte es durísima. El libro es juguetón, pero ahí te rompe el corazón.

F: uy sí, qué indiferencia.

S: esa fue la parte juguetona. Digo juguetona porque no ahondamos en ese dolor más profundamente. Pero de alguna manera el papá del gordo está en el libro para decirnos que toda historia tiene un pasado y que ese pasado, como alguien bien decía, no es pasado sino presente en la medida en que sigue doliéndonos.

TGZ: ¿van a volver a escribir a cuatro manos?

S: síííí

F: ssssíííí

S: estamos en un proyecto en este momento. Esperamos escupirlo con la misma intensidad que al gordo.

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