El arte de hablarles a los niños

Tomada de Barcelona.cat

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“Cuando pinto no puedo ilustrar, cuando ilustro no puedo pintar”, dice la artista catalana Carme Solé Vendrell. Nació en 1944, en plena guerra mundial. Los trenes que llevaban al exilio niños que intentaban sobrevivir lejos de sus familias habían abandonado las estaciones hacía años, pero el dolor de su partida seguía recorriendo los rieles tendidos a lo largo del continente. España todavía tenía que superar a una guerra civil y a un dictador. Desde muy pequeña Carme Solé tuvo que convivir con la muerte, por eso cuando dominó el lápiz y el pincel empezó a hablarles a los niños de esos temas que los adultos prefieren silenciar.

Al momento de esta entrevista tenía 71 años y más de 700 libros publicados. Había sido invitada a la Feria del libro de Bogotá para hablar de ilustración.

 

Ilustraste tu primer libro en 1968. ¿Cómo ha evolucionado el concepto del libro impreso y la literatura para niños desde entonces?

En Europa de principios de los años 60 había un movimiento de renovación del libro infantil, ya no se publicaban solo los clásicos sino que había autores (ilustradores incluidos) y editores que hacían libros súper interesantes, sobre todo en Francia. También en Alemania, Inglaterra e Italia se hacían libros que yo creo que ya ni se plantean: trataban a los niños como seres inteligentes, capaces de comprender, y los niveles gráficos eran muy buenos. En contraste, en ese momento España era un desierto para el libro infantil. A finales de los años 60 y principios de los años 70 ocurrió lo que se llamó “la renovación pedagógica”, especialmente en Cataluña. Hubo un movimiento para recuperar la lengua por medio de los libros; durante la época de Franco se había prohibido hacer libros en catalán. Se hicieron entonces libros pedagógicos y de cuentos para niños con un gran nivel. Yo hice varios para editorial La Galera. Luego empezaron a publicar literatura propiamente dicha.

Ya en los años 80 hubo una especie de boom: los editores empezaron a editar demasiados libros, sin tanto criterio, cosas que no valían la pena. El público no había aumentado como ellos pensaban, y claro, llegaron los problemas, se descatalogaron muchos libros valiosos y se hicieron cosas que no tenían interés. Otro fenómeno fue que empezaron a ir a las ferias a comprar libros porque eso les salía mejor que editarlos. Entonces pasó que los ilustradores ya no teníamos tantas oportunidades. Yo, por ejemplo, me fui a las ferias y me busqué editores de fuera de España. Vi muy claro que tenía que irme a buscar trabajo.

Al cabo de unos años de grandes editoriales, muchas que no eran tan grandes desaparecieron, y ahora hay una gran cantidad de editoriales pequeñas, alternativas, porque las otras se deben a la venta, no duran nada los libros… Yo misma hice unos libros fantásticos para Lumen y al cabo de tres años cambió el editor y los descatalogaron. Eso pasa bastante. Se dedican a destruir lo que han hecho los demás.

 

¿Había escritores que se dedicaban a los libros para niños?

Empezaba a haber escritores que se dedicaban bastante al libro infantil pero más en narrativa que en álbum ilustrado.

 

¿Cómo era el tratamiento que los autores de literatura infantil le daban a temas como la muerte, la ausencia, el dolor…? ¿Quizá era más conservador?

Yo desde el principio he hecho muchos libros de este tipo porque supongo que el hecho de que mi madre muriera cuando era pequeña me hizo pensar que había que hablar de estos temas con los niños. Entonces no había nada, lo único que había era silencio. Pero tuve problemas en algunas escuelas porque consideraban que esos no eran temas para los niños. Por otro lado, creo que fue una época en la que se hicieron libros muy interesantes, que hablaban de problemas sociales por medio de la narración de historias con animales. De esta manera se pueden tocar muchas situaciones sin que sea tan delicado. Ahora sí que se tratan estos temas. Creo que es importante porque es una forma de dar a los niños respuestas a sus preguntas.

 

¿Recuerdas cómo te dieron la noticia de la muerte de tu mamá?

Yo lo supe. Mi mamá tenía tuberculosis y estaba enferma desde hacía siete años. Esa noche cenamos en casa. Desde hacía muchos años que estaba siempre sentada, no quería hacer nada aparte de bordar; dibujaba cosas y las bordaba en nuestros vestidos. Recuerdo que la noche anterior subí a dormir y no podía hacerlo pensando que se moriría. Y a la mañana siguiente, que era viernes, y los viernes íbamos a misa, me desperté y vi que había mucha luz. Llamé a mi abuela, que vivía con nosotros, y le pregunté: ¿por qué no nos han llamado? Y ella me dijo: cuando regrese vuestro padre, que ha ido a la iglesia, os tiene que decir algo. Yo le pregunté así: ¿es algo de mamá? Y ella me dijo que sí, y yo le pregunté si había muerto…

Hay algo que sabes y que no se puede explicar. Yo sabía que mi mamá no se podía curar pero… no es que llevara varios días en la cama. Hacía la vida mínima pero no era para que esa noche tuviera justo esa idea. En realidad, yo pensaba: si alguien tiene que morir que sea la tía Clara, una tía que teníamos que era muy antipática. Pero estuvo aliviada hasta el 88.

 

Detalle de 'La cruzada de los niños'.

Detalle de ‘La cruzada de los niños’.

Estudiaste Bellas Artes. ¿Cuándo supiste que te querías dedicar a esto?

Yo dibujaba bien. Me acuerdo incluso del primer dibujo que hice en la pizarra de rayas de la escuela. Mi madre les decía a mis tíos que le gustaría mucho que yo aprendiera a dibujar. Así que pensé en mi madre y me dije: bueno, voy a estudiar esto.

 

¿Qué tipo de cosas les enseñaban en la escuela de artes?

Hacíamos básicamente pintura, moldeado y dibujo. También vimos una clase que se llamaba estilización. Creo que fue la que más me ayudó a ilustrar. Luego me casé con un muy buen grafista que me ayudó a concebir el libro como un todo: dónde poner el texto, dónde van los blancos, la tipografía… aprendí con él esta parte gráfica que no solo es hacer dibujos y luego poner el texto donde sea.

De hecho, a mí me ofrecieron hacer los primeros dibujos. Yo hacía unos cuadros para habitaciones de niños por encargo de un señor que fabricaba muebles a medida. Entonces, mi maestra de pintura le dijo a una señora, que fue la primera que creyó en mí, que yo quería ilustrar. Ella fue a la escuela a ver porque no había escuelas de dibujo y no había quien ilustrara.

 

¿Cuántos años tenías?

Tenía 23. Tenía amigas que se habían casado hacía años, a los 20, a los 19. A los 24 fui madre y a los 26 otra vez.

 

¿Cómo se llevaban la maternidad y la ilustración?

La maternidad y un marido que no colaboraba. Bueno, sales adelante. Mi suegra era una persona que me ayudaba mucho, me tenía las niñas a veces, cuando viajaba se las quedaba. Ella me ayudó mucho hasta que murió. Ya las niñas tenían 11 y 13 años. Cuando empezaron a ir a la escuela, aprovechaba esas horas y me organizaba.

 

En tu carrera, ¿ha marcado alguna diferencia que seas mujer?

En la ilustración no había problema porque cuando los hombres que querían ilustrar veían cómo se pagaba, huían. Mis amigos pintores vieron el mercado y dijeron no, es que no se puede. Es que es muy duro vivir de ilustrar, hay que trabajar mucho para poder vivir solo de esto. Así que éramos más mujeres que hombres. En cambio, había muchos hombres que hacían cómics, y mujeres solo había una.

 

¿Ha mejorado la manera en que las editoriales valoran el trabajo de los ilustradores?

Soy muy crítica con los editores porque creo que son, y hablo de los españoles, muy mezquinos. En lugar de promocionar los libros, de buscar lugares dónde hablar de ellos, de moverlos en la prensa, lo que hacen es ver cómo le pagan menos a los autores, les dan menos anticipo y menos derechos. Y luego, si el libro no funciona, nomás lo tiran. Hay mezquindad. O sea, en lugar de pensar que si todos estamos contentos esto irá mejor. Es que es una ley del universo: si tú no das no recibes. Es algo que ya no es solo comercial, es que tú tienes que ser generoso para recibir. Creo que muchos problemas vienen de esto. También por falta de capacidad para generar ideas nuevas. Los editores españoles, por ejemplo, compran derechos de fuera, el 80% de los libros seguro que es comprado por fuera.

 

Ahora se puede estudiar para ser ilustrador. ¿Crees que esto ha mejorado el nivel de los profesionales que se dedican a la ilustración editorial?

Yo creo que no. Tal y como están planteadas las escuelas de ilustración, lo que hacen es crear gente en la línea de los maestros. Entonces tú miras un libro y no sabes de quién es porque todos dibujan igual, lo que sí sabes es de qué escuela salió. Creo que es un error. Una escuela de ilustración debería enseñar a plantear un trabajo y a crear un libro, pero lo que es más básico es que la persona que quiere ilustrar encuentre su propio lenguaje, y esto no se hace. Yo prefiero haber aprendido trabajando que haberme embarcado en eso. Salir de ese círculo es muy difícil, yo lo he hablado con jóvenes que están estudiando y me dicen que hay profesores que si no siguen su línea, los marginan. Eso no es bueno. Por un lado crea muchísimos ilustradores y por otro no hay ilustradores con una personalidad definida. No soy negativa porque creo que hay gente con muchísimo talento que conseguirá salir adelante. Lo que pasa es que yo las escuelas de ilustración las plantearía de otra manera.

De hecho, he dado cursos intensivos, de quince días, con seis alumnos máximo, donde la gente aprende mucho. Enseñas lo que sabes, pero ya te digo que cuando hago esto no puedo hacer nada más. No podría estar dando clases regularmente en un sitio y dibujar también.

 

Detalle de 'Los niños del mar'.

Detalle de ‘Los niños del mar’.

Cuando haces esos cursos intensivos supongo que tienes unos principios básicos que compartes con los estudiantes.

Depende del tipo de alumnos. Hay alumnos que ya vienen con un trabajo previo, incluso he tenido gente de mi generación que quería cambiar y no podía, entonces toman el curso y les doy pautas para que puedan salir de ese momento de no saber a dónde van. Algunos de ellos dicen que hubo un antes y un después de mi taller. Entonces depende. Les pongo a hacer un trabajo sobre una misma historia a todos. Que puede ser Caperucita roja, casi siempre utilizo este porque es un cuento clásico en el que hay animales, bosques, casas, personas, y da para buscar una manera de interpretar esto, aparte de la historia. Les enseño cómo plantear todo un libro en una página grande, un story para que no se repitan. Yo me daba cuenta de que acababa un libro que iba haciendo dibujo a dibujo y, al terminar, el último con el primero no tenían nada que ver.

Y elementos de criterio: qué es ilustrar. Ilustrar no es dibujar lo que dijo el texto sino recrearlo y aportar también tu manera de ver. Debes influir, aportar elementos que ayuden a verlo de otra manera. Lo que no puedes hacer es traicionar el espíritu de los escritores.

Cuando ilustré a García Márquez el primer cuento que hice fue La luz es como el agua, y claro, en las tres primeras líneas ya te ha dado tanta información que es difícil. Entonces ilustré este libro con los momentos que él no contaba. Por ejemplo, hay un momento en que los niños bajan al sótano a buscar una barca, y yo, por lo que dice el texto, dibujé a la madre tomándose el café con la puerta abierta y con la luz encendida. Son esos momentos que no están en los textos pero que están. Y sé que a él le gustaba mucho este libro y lo mostraba en las clases que daba de cine.

Cuando te metes en un texto dice tanto que tú tienes que decir lo que él no dice, pero que está ahí.

 

¿Guardas los originales de todo lo que has hecho?

Sí, he guardado los originales desde que los empezaron a devolver. Incluso conseguí que me devolvieran la mayoría de dibujos. Me gustaría que estuvieran en un sitio público, o al menos la mejor obra. La biblioteca de Cataluña tiene un fondo muy importante de ilustración, les he vendido una parte pequeña y les he dado otra.

 

¿Tienes dibujos de esas primeras épocas?

Sí, hay algunos que son representativos de cómo trabajábamos entonces. Dibujábamos a pluma y luego atrás indicábamos el color. Las imprentas hacían lo que querían.

 

Tienes muy presente la manera en la que los niños experimentan el dolor y que hay que hablar sobre eso. Es un tema que también exploras en la pintura.

Ilustré La cruzada de los niños en el 92, entonces no se publicó porque no encontré el editor adecuado, aparte que había un problema con mi representante en aquel momento que era Carmen Balcells y un editor alemán; bueno, una serie de desencuentros que hicieron que yo me quedara con el proyecto, un proyecto que estaba muy terminado, los esbozos expresaban mucho. Solo hace tres años conseguí que Antonio Ventura lo editara. Este proyecto estuvo esperando durante 20 años.

Yo había hecho otro libro, Los niños del mar, con Jaume Escala, quien fue mi pareja un tiempo y una persona con la que sigo colaborando. Este libro habla de los niños que no tienen acceso a los libros. Hay un señor que va a la playa y lleva un libro y hay un niño que amanece en la playa y que le pregunta qué es eso. Él le responde que son cuentos, y qué son cuentos, cuentos son… una princesa, un tesoro… y el niño va traspasando la historia a su realidad. Es muy fuerte. Obtuvo un premio de la crítica francesa. Según ellos, es un punto de inflexión en los álbumes ilustrados. Entonces cuando ilustré La cruzada de los niños tenía mucho material de prensa, de libros de guerra donde había muchos retratos de niños. Hacía tiempo que hacía un dossier de rostros de niños que me impresionaban. Y llegó este momento en que eran ellos los que me decían: píntame, dame voz, hazme ver, porque seguro que muchos de estos niños ya están muertos.

Siempre parto de rostros de verdad, no me los invento, no sería lo mismo. Ellos me dan una energía, me transmiten algo que yo intento traspasar. Que habrá mucho de mí en ellos, seguro, pero se parecen mucho a la imagen original. En 2004 le propuse al ayuntamiento de Barcelona crear un cuadro con 30 rostros de niños en la guerra. Hacerlo me costó mucho pero a través de la mujer del alcalde lo conseguí. Además de que soy dibujante, soy mujer, y la pintura es un tema de hombres, pero yo lo quería pintar. Un día me la encontré en el super. No la conocía mucho, pero le dije: tengo un proyecto que no sé cómo hacer llegar al alcalde. Y entonces ella se lo mandó. El cuadro tiene ocho metros por tres y son 30 niños del mundo. Se llama Ibtihal. Tiene otra cosa de esas raras de la vida: Ibtihal es una niña de Irak que durante la guerra salió en una foto en los periódicos, no sabía si estaba muerta o no. Eso me dio la imagen de la pintura. Pero cuando estaba pintando el cuadro, compré el periódico y salió esta niña de nuevo, con la foto del año anterior y la foto actual. Y era una niña que había perdido a sus padres y hermanos en la guerra, había perdido una pierna y era sordomuda, en fin. Fue tan duro. Siempre pensé que esta niña tenía que darle el nombre al cuadro. Le pregunté a un sobrino que sabe árabe qué significa este nombre y me dijo que era, ruega, suplica por mí.

 

En este momento cuáles son los libros que más te gusta leer. O autores que disfrutas mucho y volvés constantemente a ellos.

Bueno, a mí los clásicos. A Tolstoi puedes leerlo y cada vez ves cosas que no habías visto. También a otros clásicos como Stendhal, Dostoievski. Me gustan también los griegos, lo que pasa es que hay que tener mucho tiempo para leerlos. También me gustan los libros que no son puramente ficción. Por ejemplo, Paul Auster tiene unos libros que me parecen una maravilla. Tiene crónicas de su propia vida. Es un escritor con el que me han pasado cosas muy interesantes. Él habla de las sincronías, de cosas que te llegan en el momento justo, que se podrían llamar casualidades pero no lo son.

Justamente estaba leyendo este libro que tiene dos cuentos, uno sobre la muerte de su padre y otro que habla de todas estas cosas que acabo de mencionar. Estaba leyéndolo en un verano de hace tres años en el que estaba muy confundida, no sabía si lo que hacía tenía sentido, si seguir ilustrando, si seguir con estos cuadros que hago, que gustan, pero son muy duros como para comprarlos y llevártelos a casa… en fin. Un día de esos en que hasta tienes lloradera porque te sientes desesperado, dije: bueno, se acabó. Paro y me pongo a leer este libro que me gusta tanto. ¿Sabes que el párrafo que yo tenía que empezar a leer hablaba de lo importantes que son los libros para los niños? ¡Fue una locura! Tengo unas ganas de decirle gracias. Me cambió el rollo totalmente, porque bueno, si esto te llega en el momento en que lo necesitas es porque la literatura es maravillosa. Pero la cosa no acabó aquí. Dije no leo más, me ha dado la respuesta que necesitaba, no quiero perder esto. Entonces bueno, fumé y después puse las noticias en el televisor. ¿Y quién estaba? Paul Auster con Vila-Matas, que lo había leído también aquel verano, y dijo algo que me dio una clave para resolver lo que estaba haciendo en el teatro.

Después hay un escritor del que he leído muchos libros, que es Erri de Luca. Es napolitano y yo lo leo en italiano. Él escribe para adultos pero los protagonistas casi siempre son niños. Son libros cortos. Están tan bien escritos. A mí lo que me gusta es cómo me cuentan las cosas, más que lo que me están contando. También hay escritores catalanes que me gustan mucho, como Rodoreda.

Intento también leer libros para niños, pero me cuesta. La mayoría funcionan muy bien para los niños porque atrapan, pero creo que literariamente tendrían que ser más ricos.

 

 

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