¿De qué hablan los libros para niños?

La buena literatura, como ocurre con todos los tipos de arte, no necesita de un apellido para granjearse un lugar en la historia. Con la literatura infantil y juvenil pasa exactamente eso: su valor en el panorama de las letras sobrevive a la asignación de un público. Tanto así que cada vez reclama más espacio en las editoriales y en las bibliotecas, incluso en las revistas de crítica, traspasando las secciones dedicadas a los niños para llegar a manos de lectores más expertos. El subtexto de todo este movimiento anida en un punto importante: la literatura infantil no es una hermana menor de “la literatura para adultos” y, en esa medida, merece en dosis equilibradas la atención de los escritores y de los amantes de las historias, independiente de la etiqueta que lleven.

Sin embargo, es cierto que la categoría “infantil y juvenil” plantea condiciones en la creación que distan de ser un capricho de los editores o una simple estrategia de mercado. La sola mención recuerda el momento histórico en que la infancia empezó a ser considerada una etapa fundamental y se diseñaron planes educativos para atender las necesidades de los más jóvenes. En Colombia buena parte de la discusión sobre este tema se dio en las primeras décadas del siglo XX –se hablaba de la influencia de las historias, de los títulos recomendados, etc.-, con un antecedente: hacía años que la literatura infantil, incluso sin este nombre, venía haciendo su aporte silencioso en esta revolución educativa.

Usar esta etiqueta también pone sobre la mesa del escritor la necesidad de responder a varias preguntas que no son distintas de las que enfrentaría en el momento de abordar cualquier tipo de texto, pero la manera como las resuelva tendrá efectos en el tipo de público que podrá acercarse a la obra. Esto pasa todo el tiempo con todos los libros; en el caso que nos ocupa, el interrogante está dirigido de forma particular a los niños y a los jóvenes.

Yendo en la misma dirección, hay otro asunto extraordinario: pese a las diferencias que puedan llegar a existir en cuanto a la estructura y complejidad de los textos, el formato o las ilustraciones, la literatura infantil se ocupa de los mismos temas que los demás géneros literarios. Y cuando decimos todos es todos: no se excluye la muerte, el dolor, la ausencia o la discriminación, aunque en apariencia sean sórdidos o atemorizantes. Superada para nosotros la discusión sobre si conviene hablarles a los niños de estos temas (creemos firmemente que sí), se avanza hacia el estadio de cómo hacerlo. Existen muchos libros que son excelentes ejemplos del diálogo simbólico que puede proponer una historia para que un niño llegue a comprender una idea difícil de explicar, pero esta vez queremos reflexionar sobre algunos títulos de nuestro propio fondo editorial que se proponen tratar asuntos que pondrían en aprietos a cualquier adulto.

 

  1. Que no me miren: el encuentro con el otro

Autores: Ricardo Silva Romero (relato) – Daniel Gómez Henao (ilustraciones)

Que-no-me-miren2_Portada“E es de Erase una vez un niño de cinco años, yo, que se volvía invisible cuando todos lo estaban mirando: desaparecía, ¡puf!, ¡magia!, cuando apagaba de un soplido las velas del ponqué de cumpleaños, cuando los desconocidos lo felicitaban, en el ascensor del edificio, por haber aprendido sin ayuda a leer los letreros de las calles, y cuando las profesoras le pedían que dijera su nombre en voz alta enfrente de todo el salón”.

La historia nos habla de Gregorio, un tímido niño de cinco años que se siente invisible en su primer día de clases mientras recita el abecedario delante de sus nuevos compañeros. Además de relatar la anécdota de esa experiencia iniciática, el narrador se involucra con el gran tema que es el encuentro con los otros. ¿Ponerse rojo, gaguear, sentirse desaparecer? Son las formas de Gregorio para mostrar su asombro ante la presencia de otros seres, diferentes a su familia cercana, que llegan para interpelarlo. Al final del día, se trata de entender la necesidad de aprender a vivir entre los demás.


 

  1. Cuando los peces salieron volando: la ausencia irreparable

Autores: Sara Bertrand (relato) – Francisco Olea (ilustraciones).

Cuando-los-peces-se-fueron-volando_4mar2015“Una mujer tiene un espejo y se rompe. Como mi mamá que lloró y lloró esa noche/ Un hombre tiene fuego y se apaga. Como mi papá cuando mi hermano dejó su silla”.

En este libro se narra una serie de pérdidas desde la perspectiva de un niño. Primero son objetos anodinos, como un balón, luego la inercia de la desaparición asciende hasta golpear a la familia. No es necesario mencionar la palabra muerte para referir que algo se ha ido para siempre. En este relato la ausencia no es una palabra o una escena, es una idea con la capacidad de tomar diferentes formas en cada página, gracias a las frases repletas de interpretaciones y a las ilustraciones dispuestas para potenciar el sentido de la historia.

 


 

  1. La contradicción humana: aprender a comprender

Autor: Afonso Cruz (relato e ilustraciones).

“Nadie tiene más amigos que mi prima que vive en la Isla de Madeira, pero, cuántas más personas tiene a su alrededor, más sola se siente. Siempre está rodeada de gente, pero siempre está solita. Es como si viviera en una isla desierta, dice ella”.

El mundo de los adultos está gobernado por unas reglas desconocidas hasta para sus propios habitantes, por eso responder las preguntas sobre su lógica puede ser todo un arte. En este libro, un niño pone en evidencia las incongruencias presentes a su alrededor y, al mismo tiempo, sin proponérselo, atina a explicar la razón de esos juegos del sinsentido convertidos en rutinas y formas de vida. Siendo una llave que abre el universo de los grandes para los pequeños, La contradicción humana también es un ejercicio de flexibilidad del juicio en pro de la comprensión. Se trata de pensar las contradicciones de los otros para ver las propias y dejarlas ser.


 

  1. Somos igualitos: la identidad y la diferencia

Autores: Juan Carlos Restrepo (relato) – Manuela Correa (ilustraciones)

Somos_igualitos_Tragaluz_editores“Es que tengo un tic, dice el perroespín. ¿Y eso qué es?, pregunta Liza. Es un movimiento que se repite y se repite sin fin. Mi tic es que me rasco la otra piel, dice Serafín. Ah, yo tengo el mismo tic, dice la rana. Y en una sola voz, claman juntos los dos: ¡SOMOS IGUALITOS!”.

La identidad es una noción tan cambiante que al final del día, al mirarnos al espejo, bien podemos vernos convertidos en una especie existente solo en el plano literario, como un perroespín o un unicornio. Somos igualitos es un libro que juega con la idea de tomar una forma que nos resulta íntimamente extraña y con el momento de sinceridad en que nos decidimos a revelar la imagen verdadera. Este conflicto está en las voces de dos animales unidos por un accidente y dueños de una incomodidad, una especie de rasquiña delatora de una segunda piel. Su aventura abre la puerta a la posibilidad de cambiar de rumbo, de mutar, de tomar otras decisiones siempre pensando en sentirnos cómodos con nosotros mismos.


 

 

  1. Los demonios caca: el lado oscuro

Autora: Fabienne Loodts (relato e ilustraciones)

“Algunos se llevan muy bien con su demonio caca. Pero a menudo, los demonios caca se aprovechan y manipulan a sus dueños”.

No pasan mucho años en la vida de cada quien hasta que empiezan a aparecer emociones que no son fáciles de controlar. Una mixtura de esas fuerzas –ira, tristeza, disgusto- se combina formando una faceta personal bastante antipática e imposible de ignorar. Este relato personifica esas fuerzas oscuras en la figura del demonio caca, una voz con potestad para hacernos actuar de determinadas maneras, usualmente con resultados poco gratos. Darle nombre a esa influencia permite esbozar maneras de encararla y reducir su poder. Todo este proceso está ilustrado como un ejercicio de domesticación que termina por estar dirigido a nosotros mismos.

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