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De la historia del papel a nuestros libros

Sabemos que el libro es mucho más que las definiciones del diccionario, esas que dicen que se trata de un conjunto de muchas hojas de papel que, encuadernadas,forman un volumen. Jorge Luis Borges decía, incluso, que era el instrumento más asombroso creado por la humanidad, «una extensión de la memoria y de la imaginación».

Sin embargo, también sabemos que lo primero que imaginamos al escuchar la palabra libro es un objeto que recuerda a esa definición del diccionario. Como editorial, entendemos que ese objeto maravilloso necesita de un papel ideal y de un cuidado atento y sensible para que la lectura de cada libro sea placentera y resista el paso del tiempo.

Por eso, cuando hablamos de papel, nos lo tomamos muy en serio.

Recordemos el recorrido del papel en la historia. En China, entre el siglo II a.C. y el II d.C., se obtuvieron las primeras hojas al mezclar agua y residuos de seda, fibras de arroz y árboles diversos. Los chinos mantuvieron el secreto de su fabricación por más de 600 años hasta su descubrimiento por los árabes en el siglo VIII d.C.

Algunos prisioneros de guerra chinos fueron los responsables de revelar la elaboración del papel. Los árabes utilizaron otros materiales como el cáñamo o el lino, blanquearon las hojas con cal y las llevaron a Europa a través de la antigua ruta de la seda. El pergamino fue reemplazado por la gran invención oriental, abaratando costos de producción, facilitando el transporte y aumentando la durabilidad de la escritura. 

En la actualidad, el papel se obtiene a partir de una mayor diversidad de materiales. En Colombia, por ejemplo, se usa la fibra de caña de azúcar y de madera para el papel corriente de oficina o la impresión de libros, como los que hacemos en Tragaluz. Algunos fabricantes tienen plantaciones destinadas a ese fin, sin recurrir a la tala de bosques. 

¿Cómo elegimos el papel de nuestros títulos? Hay varios factores que influyen a la hora de seleccionar los materiales de un nuevo libro. Uno de ellos es su tamaño: si es muy extenso, utilizamos un papel de un gramaje menor a los 100 g para evitar que sea muy pesado. Si es ilustrado o contiene fotografías, pensamos en papeles poco porosos que reproduzcan con fidelidad las imágenes. Luego, buscamos las referencias específicas y consultamos la disponibilidad de papeles que nos ofrecen los proveedores, sean nacionales o importados.

Por ejemplo, para la edición de A la sombra de un naranjo, quisimos devolvernos a la historia del libro hasta los antiguos rollos hechos en papiro. Buscamos un material liso que nos permitiera enrollar el relato. El elegido fue el papel piedra, marca registrada en España para denominar a un papel mineral cuyo proceso tuvo origen en Taiwán en la década de 1990. 

Su composición está basada en una mezcla de carbonato cálcico (80 %) procedente del yeso o el mármol, y de resinas de polietileno no tóxicas (20 %). Para obtenerlo se utiliza agua, cloro o ácidos y es 100% impermeable. Un material con mucha resistencia, a diferencia del papiro antiguo. 

Por otro lado, en la carátula de El incendio utilizamos el concrete paper de la compañía estadounidense Neenah, papel con un color y una textura que nos remite al cemento de la ciudad, lugar donde se ubica la historia de Samuel Castaño. Este material está compuesto por fibras recuperadas de papeles de desecho. La nobleza de sus materiales con el medio ambiente permite que el 90 % del agua utilizada sea devuelta al río Fox de Wisconsin, gracias a métodos sostenibles.

 

En ambos casos, el papel hace parte de la historia. Las texturas invitan al lector a tocar el libro y remiten a la atmósfera de los relatos, ya sea un reino antiguo, la ciudad moderna, los diarios de un cineasta japonés o los fríos paisajes nórdicos. Para nosotros, como equipo editorial, cada texto es una oportunidad de conocer nuevos materiales, viajar a través de ellos por la historia del libro y proponer una manera diferente de crear objetos para conservar.

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