Conversación con Truchafrita: reflexionamos sobre «Follaje» a un año de su publicación

En febrero de 2020 tuvo lugar la presentación de Follaje en la Casa Tragaluz. Un mes más tarde, las autoridades anunciaban la emergencia sanitaria en Colombia y la consecuente cuarentena obligatoria que mantenía a medio mundo en vilo, encerrada en sus casas, mientras las calles permanecían vacías, inquietas y en un silencio tenso. Meses de encierro hicieron florecer los espacios urbanos de una forma inusual: los canales de una Venecia usualmente atestada de turistas, amanecían radiantes y acompañados por cardúmenes de peces. En las carreteras de Estados Unidos, solitarias, aparecían majestuosos venados. La naturaleza volvía a apropiarse de lo que, en esencia, siempre había sido su hábitat natural. Hasta que llegamos los humanos y construimos inmensas ciudades de cemento al servicio de nuestras comodidades.

Follaje nos habla desde un lugar distópico donde la naturaleza ha vuelto a apropiarse del planeta Tierra, como si, en un ejercicio contrario, el reino animal y natural hubiera colonizado el mundo artificial construido por los humanos. Pero este libro no se queda en la dicotomía entre naturaleza y urbe, va mucho más allá, evocando una palabra, un concepto y una idea que, en el transcurso de los siglos, ha ido perdiendo sentido: el progreso.

Hoy, más de un año después de su publicación, hemos conversado con Álvaro Vélez, más conocido como Truchafrita en el gremio de dibujantes de historietas. Hemos querido reflexionar sobre cómo leer «Follaje» a la luz de los acontecimientos del último año, no sólo desde la perspectiva de la pandemia, sino también situándolo como eje transversal para reflexionar sobre las circunstancias sociohistóricas que atraviesa Colombia.

CONVERSACIÓN CON TRUCHAFRITA: 

Reflexiones sobre la ciudad y el contexto social en Colombia a través de Follaje

P. Follaje es un libro que invita a repensar los espacios urbanos, desde el bienestar, el desarrollo y la comodidad que nos proveen esos entornos, frente al mito de la naturaleza utópica y primigenia. Hoy estamos viviendo momentos históricos y dolorosos para la sociedad colombiana, y vemos que la gente, en la lucha por reclamar sus derechos, está apropiándose de los espacios públicos. ¿Qué nos puede decir Follaje sobre la reivindicación de esos espacios urbanos como lugares de colectividad que confrontan al individualismo latente en la sociedad contemporánea.

R. Follaje habla de una dicotomía entre la naturaleza y la construcción del hombre, lo artificial. El libro se pregunta sobre qué es mejor o peor, pero sobre todo habla de la idea de progreso, que proviene de la Revolución Industrial y la Revolución Francesa. Siguiendo esa idea, durante tres siglos se han construido urbes al servicio del individuo alrededor del automóvil y la producción industrial. Pero, en los últimos cincuenta años, hemos visto el desmonte de ese tipo de ciudades en Europa, Estados Unidos y algunos lugares del lejano oriente como Japón, donde se ha sustituido esa idea de ciudad cemento para llevarla hacia la gente y el colectivo.

Por otro lado, es interesante ver cómo la pandemia del COVID-19 es un asunto mucho más estructural de lo que pensamos. Ese mundo que tiene que ver con el progreso y la industrialización ha llevado a la sobreproducción y ha acabado con los territorios naturales vírgenes. Ha sido el reencuentro del ser humano con nuevas especies animales lo que nos ha expuesto a nuevos virus, cepas y enfermedades. La pandemia nos habla de sobreproducción, sobreexplotación y sobrepoblación. Follaje toca ese tema (aunque se publicó antes de que llegara la pandemia a Colombia) cuando aparece mi alter ego, Truchafrita, y dice que esto no durará más de cincuenta años, porque este tipo de sobreproducción y explotación de recursos, estas formas de vida que tenemos en el planeta, no son sostenibles a largo plazo. En ese proceso aparecen las pandemias, que funcionan en grandes conglomerados globales y que tienen que ver con malas políticas. Por ejemplo, el hecho de se hayan podido liberar las patentes de las vacunas demuestra que la producción y la economía están por encima de la consideración sobre la vida.

En cuanto al caso colombiano, el estallido social del paro nacional ha hecho que sea la gente la que se tome las calles y no los automóviles. Aunque en «Follaje» reivindico que la naturaleza es agreste con el ser humano, desafortunadamente las ciudades también han terminado por ser hostiles con el individuo. En una ciudad como Miami, si no tienes automóvil no puedes vivir; estas ciudades no están hechas para las personas. En Colombia, ciudades como Medellín, Cali o Bogotá aún se resisten a esa conversión total, por eso la gente está retomando sus espacios.

No sé si es mejor para los seres humanos la naturaleza o la construcción que hemos hecho. Lo que sí sé es que la idea de progreso ya no es válida. Prueba de ello es el siglo XX, que fue muy complicado con dos guerras mundiales, algo que no sé si tenga que ver con el progreso. Entonces vemos que, lo que está en vilo y se cuestiona en Follaje, más que la dicotomía entre urbe-naturaleza, es ese concepto, esa idea de progreso que ya está mandada a recoger.

P. Follaje se mueve entre dos realidades, no sabemos qué personaje está soñando y cuál está despierto, qué realidad es la ‘verdadera’ y cuál la ficticia. ¿Qué representa ese doble juego entre una realidad ‘real’ y una ‘distópica’? ¿Es aplicable esa dicotomía a nuestro mundo, que muchas veces se mueve entre la realidad y el sueño (o la pesadilla)?

R. Los seres humanos ponderamos el tiempo de vigilia y en cambio, el sueño, aunque es una tercera parte del día, no lo consideramos relevante. Yo trato de involucrar siempre ese juego de realidad y los sueños en mis historias. Uno realmente vive en la vigilia, pero no sabe exactamente si es un sueño, porque confía en la percepción de los sentidos y en la gente que lo rodea. La realidad colombiana a veces se desborda tanto que parece una pesadilla, parece irreal.

La realidad y la irrealidad siempre han pertenecido al ser humano y a mí me gusta mucho jugar con eso. En Follaje no trato de mostrar cuál es la realidad y cuál es el sueño. Y ese juego se materializa por medio del diseño: la primera parte, la del mundo distópico, se construye en blanco y negro (a pesar de la idea de que la naturaleza está repleta de colores). La otra parte, que se desarrolla en la ciudad, está en colores. Pero, en general, en el libro no se sabe cuál es el sueño y cuál es la realidad, porque yo tampoco lo sé: no me interesa saber cuál es cuál porque ambos hacen parte de una vida. El sueño también es realidad: una realidad construida, una realidad del cerebro. Y la vida son las dos cosas, la vigilia y el sueño. Los seres humanos somos parte naturaleza y parte construcción: nuestro mundo es una construcción artificial a partir de lo natural. «Follaje» es todo el tiempo una dualidad que juega con el sueño y la vigilia, el sueño y la fantasía, lo natural y lo artificial.

P. Follaje es más un planteamiento de preguntas que una resolución de las mismas. ¿Es un cuestionamiento que invita al lector a repensar y reflexionar?

R. En Follaje no estoy resolviendo asuntos. Preveo un quiebre de un sistema que parece que no funciona. El libro no habla del fin de un mundo, habla de un fin del mundo. Yo estoy inmerso en ese cambio, también voy en el barco, por eso, a través de la observación, puedo intuir lo que más o menos pasa en el mundo y en cuanto puede colapsar el asunto (yo le pongo unos 50 años en el libro). No puedo dar respuestas, más bien formulo preguntas o reflexiones a partir de afirmaciones.

P. En Follaje hay un cuestionamiento de la utilidad de la memoria en relación al progreso. Hablemos sobre esta problemática pasado-presente-futuro que planteas en tu libro.

R. Como civilización olvidamos muy fácilmente las cosas. Follaje tiene muchas reflexiones que tienen que ver con mi oficio de historiador, como es el tema de la memoria. De Colombia se suele decir que es un país sin memoria. Pero, si uno se fija, es algo que ocurre prácticamente en todo el mundo. Es un problema de nuestra sociedad a nivel mundial: las personas no tienen una concepción del tiempo y de la memoria más allá de sus propias experiencias. Los hombres de la Revolución Francesa pensaban que ese momento de la historia era el non plus ultra¸ el mayor acontecimiento de la civilización humana. Y, en realidad, ha habido momentos más gloriosos en la historia, y también más complicados. El olvido tan tremendo que tiene nuestra historia se refleja en el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando se genera un consenso y se abre una esperanza de no repetir semejante barbarie, y en menos de diez años surge la guerra de las Coreas, que prácticamente inició otra guerra mundial. En Colombia es mucho más complicado este asunto de la memoria: aún no hemos podido salir de una serie de conflictos armados porque olvidamos muy rápido cómo surgen y cómo terminan.  Lo que hay en Follaje es un intento de ponderar el asunto de la memoria desde la ironía.

P. Follaje nos habla de «un fin del mundo» de tantos posibles. ¿Es necesario poner fin a un ciclo histórico en Colombia para abrir nuevas alamedas y caminos que transitar, apartar el follaje para volver a ver un atisbo de claridad?

R. Definitivamente sí. Llevo diecisiete años dando clases de historia de Colombia del siglo XX en la Universidad de Antioquia, y siempre les digo a los estudiantes una frase lapidaria que a algunos no les gusta: tenemos una dictadura de derecha desde 1946, cuando acabó el periodo de avances sociales de la república liberal. Aunque durante esa época se intentó construir un contrato social, las fuerzas conservadoras lo impidieron, y aún hoy seguimos sin él.

Álvaro Gómez, hijo de Laureano Gómez, que pertenecía al partido conservador, al final de sus días, poco antes de su asesinato, dijo que lo que había que hacer en este país era un pacto nacional para intentar cambiar el régimen. El estado actual en Colombia se rige por un sistema que ya está caduco, que no otorga poderes a un grupo social que no se considera representado políticamente. Hace cincuenta años empezó a aparecer una nueva clase que fue educada y que comenzó a reclamar su representación. Los gobernantes no reconocen a esta clase y, por eso, nuestros intereses en la sociedad no se encuentran representados en los gobiernos actuales.

Renovar el régimen es absolutamente necesario porque Colombia es otra, es una sociedad nueva que aún se rige por un régimen de hace cien años o que viene incluso desde la colonia. De todas formas, estos procesos son de larga duración, que tendrán unos 25 años de cambios que seguirán siendo torpedeados por quienes detentan el poder y no lo quieren ceder. Porque en Colombia hay una clase que no quiere salir el poder pero que tampoco está dispuesta a negociarlo.

P. La historieta se ha entendido como una rama de la literatura infantil o ‘menos seria’. Y, no obstante, pienso en la libertad creadora de la historieta, en que, tal vez, por haber jugado durante mucho tiempo como un elemento contracultural o alternativo, le ha permitido evadir límites que sí se han impuesto a otros géneros. ¿Puede la historieta ser políticamente más incorrecta que otros géneros literarios? ¿Qué libertades y limitaciones asume este género?

R. La historieta puede generar más innovación o vanguardia porque es una manifestación relativamente nueva. La historia de la novela moderna se puede contar en 500 años, pero la historieta moderna tiene algo menos de cien años de existencia. Al principio, desde sus orígenes en Nueva York hacia 1919, la historieta estaba encapsulada en diarios. En las décadas de los 40 y 50 empieza a aparecer en otros formatos. Al ser un género relativamente nuevo, tiene mucha libertad para mostrar y para crear. Los límites de creación de la historieta todavía no están definidos, como sí lo pueden estar en la novela o el cine. En la historieta todo es muy nuevo.

Por otro lado, la historieta suele ir siempre hacia lo contracultural porque se opone a una manifestación cultural con un discurso más oficial. En el caso colombiano eso ocurre porque no existen plataformas donde publicar. Muchas personas que nos dedicamos a la historieta hemos optado por la auto publicación, lo que implica una mayor libertad creativa, lejos de la posición oficial. En Colombia toda la cultura, o la mayoría, es contracultural, porque el estado no promueve la cultura y quienes la hacemos somos nosotros, no los entes oficiales. Las políticas son inexistentes en la cultura.

P. ¿Es necesario hacer pedagogía sobre la importancia de democratizar y ampliar el espectro de lectura de un género como la historieta? ¿Cómo se puede lograr?

R. Ese esfuerzo tiene que partir de quienes hacemos esto, que somos varia gente: el que dibuja, el que edita, el que distribuye y el que lee. Las políticas de cualquier estado parten a partir de que hay fenómenos en la sociedad. Mientras no exista gente que se dedique a la historieta, no puede haber apoyo por parte del estado. Necesitamos gente que se arriesgue, editoriales como Tragaluz que se atrevan a publicar con una curaduría de calidad. También hay que mostrarle al público lector que la historieta plantea asuntos importantes, no es sólo diversión para niños. Esos son los cuatro agentes básicos: lectores informados, dibujantes, editores y distribuidores.

Eso está empezando a funcionar: hace veinte años preguntabas por historieta en una librería y te redirigían a la literatura infantil. Ahora hay más dibujantes y más editoriales que se atreven a publicar historieta. Si eso comienza a democratizarse, si se crea una tradición, el estado, si es serio, tendrá más interés en subvencionar este tipo de movimientos. El arte y la cultura siempre tienen que ser subvencionados.

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