B L O G

  • María Eastman y El conejo viajero

    María Eastman, 1921.Fotógrafo: Melitón Rodríguez.BPP 

    Un osado grupo de jovencitas escritoras, conformado también por Fita Uribe, María Cano y Enriqueta Angulo, irrumpió en el ámbito literario antioqueño con temas y lenguaje modernistas, en contravía del canon imperante que consagraba los valores viriles del “Titán laborador”, símbolo del ánimo dominante del colono antioqueño. Influidas tanto por los Panidas como por las poetisas latinoamericanas Alfonsina Storni, Juana de Ibarborou y Delmira Agustini, las “Muchachas escritoras” se ubicaron en la vanguardia de los estilos y los temas, y asumieron una postura liberal y feminista.
    Y es que Antioquia no fue ajena al empuje que caracterizó los años veinte en el mundo. Lo muestran la prosperidad económica y la modernización. Medellín dejaba de ser un pueblo; sin embargo, persistía una fuerte resistencia a los aires renovadores, liderada por la Iglesia católica que imponía el único dogma rector de la vida civil y religiosa de esa sociedad jerarquizada. El ascenso del movimiento feminista, característico del período, se reflejó en Colombia con las luchas por el trabajo, la educación y el voto. Con el florecimiento de las ideas socialistas inspiradas por la revolución rusa y mexicana, María Cano se erigió como líder sindical, y con eso le dio un nuevo sentido a la inclinación de las mujeres por proteger a los pobres, ya no cristiano, sino político. En ese contexto surge la obra de María Eastman, conformada por numerosas piezas de prosa lírica dispersas en revistas y periódicos, y por las fábulas de El conejo viajero.
    Mientras Sofía Ospina de Navarro se preocupaba por la educación de las mujeres para que se convirtieran en verdaderas interlocutoras de sus maridos y educadoras de los hijos, María Eastman se dedicó a la educación de los niños; en sus propias palabras: “Como a diario trato el alma de los niños, he podido adentrar y conocer el desenvolvimiento de los espíritus que se inician, cuando las pasiones son plantas que más tarde darán sus emanaciones saludables o mortíferas”. En 1917 se graduó de normalista, el único título académico al que podía aspirar una mujer, y después de una carrera brillante de marcado compromiso social, ocupó el cargo de Inspectora Nacional de Escuelas Públicas, el cargo público más alto ocupado por una mujer en ese momento. 
    Las fábulas agrupadas bajo el nombre de El conejo viajero, publicadas después de la muerte de María, por Gerardo Molina, su esposo durante 13 años, fueron escritas con fines pedagógicos para inculcar en los niños valores como la gratitud, la templanza, la paciencia, el respeto, la honestidad y la sencillez, sin intención moralizante. La originalidad de la autora reside en que escribió en prosa, y es quien inaugura el género de la narrativa infantil, ya que hasta entonces la literatura para niños se escribía en verso siguiendo la tradición popular de las retahílas. De ahí la buena acogida que tuvo el libro del que se hicieron tres ediciones (1948, 1966 y 1990).
    Como muchos lectores de Mediavuelta estarán recordando este libro de su infancia, y para que los niños de hoy puedan conocerlo, y queden antojados, con mucho cariño reproducimos la fábula que le da nombre.
    Por Paloma Pérez Sastre
    Profesora de la U. de A.
    ………………………………………………
    El libro de papel El conejo viajero está disponible en la Sala Infantil de la Biblioteca Pública Piloto; y la versión virtual, en la Biblioteca Virtual de Antioquia: http://biblioteca-virtual-antioquia.udea.edu.co. Otras obras de María Eastman pueden leerse en: Antología de escritoras antioqueñas, 1919-1950, Medellín, Colección de Autores Antioqueños, 2000, también en papel y en la Biblioteca Virtual.

    El conejo viajero
    María Eastman

    Conejo Pintado volvió de la ciudad y vio con tristeza el bosque donde fue tan feliz. Ya no encontraba encanto en las frescas cuevas en las que antes dormía confiado. Pasó junto al arroyo sin mirar siquiera y sin humedecer sus paticas. Iba cabizbajo. Ni el halago de ver de nuevo a su familia lo animaba. Era un conejito ciudadano. La vuelta al campo, en medio de conejos sin modales, corriendo siempre de un lado para otro, huyendo de los cazadores y buscando yerbas y frutas por el monte, le produjo nostalgia; iba paso a paso, de tal manera preocupado, que más parecía un hombre que un conejo.
    ¡Qué fría y oscura estaba la cueva! Al ruido que produjo al entrar, saltaron sus padres con el temor de un ataque nocturno y este susto quitó efusión al saludo; el sobresalto reinaba allí.
    No puedo vivir aquí, pensaba, me ahogaría de fastidio; huiré lo más pronto posible. Inútil fue que su madre lo cuidara con frutas y hojas tiernas; inútil también que su padre lo llevara de paseo y le mostrara las viviendas de sus otros hijos, los sembrados en flor, la acequia del regadío. Conejito Pintado no quería entender la belleza; sus ojos estaban ciegos a la dulzura de su bosque.
    Una madrugada cuando todos dormían, tomó su bastón y se fue en busca de aventuras; le saltaba el corazón de gozo. Al llegar al arroyo, oyó que los helechos de la orilla hablaban de él.
    —¡Cómo se volvió de orgulloso Conejito Pintado! Antes se detenía a nuestro lado y con el hocico movía las ramas para saludarnos; brincaba de piedra en piedra y se zambullía en el charco para hacernos reír; ahora pasa serio como un personaje.
    —Es que lo ha dañado la vida del pueblo, contestó el helecho fino que crecía al pie del puente; pero no es malo, sólo estaba ofuscado. El musgo se esponjaba suavemente al terciar en la conversación: él volverá cuando la ciudad lo desengañe; allá no encontrará una alfombra tan blanda como la mía para extenderse al sol. Y el agua agregó: Feliz él que puede volver; quisiera yo regresar también a la grata compañía del campo. Iré corriendo, unas veces apaciblemente, otras con violencia; me juntaré a aguas claras y aguas turbias; recorreré forzadamente mi camino y perderé mi personalidad al unirme con otros arroyos caudalosos. Si no fuera porque al cruzar la tierra ayudo a fertilizarla, me moriría de dolor.
    —Es verdad, es verdad, dijeron las plantas; tú haces bien al correr; pero el Conejito Pintado, ¿a quién es útil? Él paró las orejas.
    —Es verdad, es verdad repitió ¿Qué obra iba a ejecutar y en beneficio de quién? Pero aún era egoísta y se sobrepuso a la reflexión, cruzó el puente y dejó atrás a sus amigos.
    —¿Para dónde vas, Conejito? le dijo una paloma torcaz.
    —A buscar fortuna.
    —¿Y qué mayor fortuna que este campo y esta mañana tan linda?
    —Si será ambicioso, dijo la lora desde la copa de un yarumo.
    Pi, pi, pirri, ti, cantó el toche: allá va un conejo trotamundos.
    El bosque se volvió un concierto de burla. Se oían voces por todos los lados:
    —Que traigas las botas de cien leguas, decía la mirla.
    —Yo quiero la alfombra mágica, gritaba el perico-ligero.
    —Yo, la lámpara de Aladino, susurraba la mariposa azul que dormía bajo una hoja.
    —Trae una jaula de oro para la lora, chillaba el perico.
    Conejito Pintado tenía gachas las orejas y todo avergonzado continuó su camino. Empezaba a desconfiar de sí mismo, que es el principio del arrepentimiento; pero seguía adelante porque era testarudo. Si otro conejo no había ido a aventurar, él sería el primero: recorrería lindos países, vería mares, ciudades y bosques; se deslizaría en grandes barcos por ríos azules. Se haría soldado, ganaría batallas y regresaría a su pueblo luciendo uniforme brillante. Todos lo aclamarían y sus hermanos mirarían embobados el plumón de su casco y sus charreteras. Conejo Pintado era un soñador.
    Se sucedían los días y las noches en los caminos y en las aldeas, y Conejito no iba donde todos lo miraban como a un intruso porque no desempeñaba ningún papel en el conjunto. Cada cueva tenía sus habitantes, cada árbol los suyos y cada campo sus plantas; sólo el sitio para él existía y era una lucha encontrar alimento y abrigo.
    Una noche entró en el establo de una hacienda; había un calor agradable; fue a tientas hasta un rincón, temeroso de pisar una de las vacas. Se veía seguro, cuando se abrió la puerta y apareció un hombre con un farol, seguido de un mastín. Conejito Pintado creyó llegado el fin de su vida y maldijo el momento en que había abandonado la casa y desoído la voz de sus amigos. Se fue ovillando y casi logró ocultarse detrás de un buey, pero el perro lo descubrió y se abalanzó sobre él. El mozo lo salvó levantándolo por las orejas cuando el mastín le hincaba el diente.
    —Qué lindo conejo. Lo llevaré a mi amo y mañana será un buen plato en el almuerzo. Mientras el muchacho cerraba la puerta, Conejito Pintado hizo un esfuerzo y logró zafarse; corrió entonces como nunca había corrido; era un torbellino por el campo y no paró hasta llegar a la entrada del monte.
    Parecía como si estuvieran esperándolo, porque apenas lo divisó la lora empezó a gritar: 
    —¿Trajiste las botas para la mirla, la alfombra mágica y la lámpara de Aladino para la mariposa azul?
    —¡Pero si no trae nada, hermana! Chilló el perico; sólo barro en las patas y polvo en la piel. Seguro que se encontró con un perro cazador que lo convenció de que debía regresar.
    —Bien merecido me tengo todo esto, pensaba el Conejo, arrepentido ya y sin confianza en sí mismo.
    Llegó al puente y temió las burlas; pero eran gentes de su comarca y no se rieron. Se sentó a la orilla del arroyo, humedeció las patas en el agua fresca, se extendió sobre el musgo y metió el hocico entre los helechos. Ya no sentía cansancio y había desaparecido el temor: estaba entre los suyos.
    Se dio una zambullida en el charco y se fue camino de la cueva.
    Mediavuelta
    Tragaluz editores S.A.

    Edificio Lugo Of. 1108 · Calle 6 Sur #43A-200
    Telefax 312 02 95
    info@tragaluzeditores.com
    www.tragaluzeditores.com
    Medellín – Colombia

  • El parque urbano, una necesidad de todos

    Cualquier proyecto, grande o pequeño, 
    es responsable de aportar a la ciudad 
    el área verde y el paisajismo 
    que neutraliza el espacio construido.
    Según el Génesis, Dios creó el jardín del edén, un lugar que simbolizó el orden y la armonía y que ha inspirado a escritores, poetas y artistas con la visión de un mundo más perfecto que el suyo. 
    El jardín del edén nunca ha sido descubierto, pero su ideal persiste en la memoria y tal vez, como lo apunta el historiador John Prest, la incapacidad de encontrar el paraíso perdido fue la que marcó en Occidente los inicios de los jardines botánicos”.1
    En el proceso de evolución de Medellín, y en razón de su localización geográfica, su altitud y condiciones climáticas privilegiadas, cabe pensar en el parque urbano que no entró en consideración durante su planeación, como lugar de esparcimiento y oasis verde tan necesario en cualquier ciudad.
    El espacio lleno y vacío, que por ser partes opuestas de un mismo conjunto, tienen igual importancia, se ha desbalanceado a favor del lleno. Tan importante es el espacio construido que nos cubre como aquel espacio libre hacia el que miramos. La función del interior debe tener relación con el exterior.
    El paisaje urbano se compone tanto de sus edificaciones como del espacio público, donde las calles, las aceras, el amoblamiento urbano, entre otros, hacen parte del entorno. Pero lo más importante estaba antes de que el hombre pensara en sus aportes: el panorama dibujado por los árboles, los jardines, el azul del cielo, el viento, el sol y el agua. Sin embargo no le damos al espacio natural el lugar que merece y se aumentan las construcciones indiscriminadamente, en detrimento del paisaje.
    “Cuando centros comerciales reemplazan al espacio público como lugar de encuentro, es síntoma de que una ciudad está enferma” 2. Al respecto es alucinante ver como un centro comercial se implanta en un sito que antes se llamaba La Aguacatala e invade prácticamente con su mole el nuevo puente que pasa a su lado. Esto tiene que ver también con el ritmo acelerado en el que se erigen las construcciones y que obedecen principalmente a intereses económicos.
    Por ahora nos hemos salvado de proyectos como el de un segundo piso vial para Medellín, propuesto para “descongestionar” el flujo vehicular, financiado en parte con un peaje para quien pudiera pagarlo, olvidando que debajo de ellos se crean espacios oscuros y frecuentemente mal utilizados con ventas ambulantes, graffitis, basuras, etc. No hemos podido evitar otras construcciones, como el Parque de San Antonio que debió ser más parque que plaza en un sector que lo necesitaba y ya estaba afectado con el trazo de la Avenida Oriental. 
    La Plaza de Las Luces ha reemplazado lo que pudieron ser árboles, por postes y quizás las nuevas generaciones nunca se enteren de que ésta, alguna vez, fue La Plaza de Cisneros donde anteriormente bajaban madrugados los silleteros a vender sus flores. Sólo el edificio del Ferrocarril de Antioquia es testigo mudo de la transformación que tuvo su vecino.
    Un parque para la ciudad no debe pensarse como un espacio forzado o sobrediseñado según las modas pasajeras. Además de proporcionar disfrute a la comunidad, su función contribuye a la ecología, a la salud pública, baja la contaminación, aporta al cambio climático, ayuda a disminuir la explotación indiscriminada del suelo y su resistencia. Los parques urbanos pueden llegar a ser una gran red que se teja entre los barrios de todos los estratos, el comercio, los edificios públicos y privados, las calles, las esquinas. Un lote baldío o una construcción en mal estado significa la oportunidad para crear un pequeño parque. Cualquier proyecto, grande o pequeño, es responsable de aportar a la ciudad el área verde y el paisajismo que neutraliza el espacio construido. 
    No son solamente las canchas o espacios destinados al deporte, los que deben conformar un parque. Se necesitan grandes áreas de césped, árboles, agua, senderos peatonales, flores, además de un amoblamiento urbano que permita oír un concierto al aire libre o tomarse un refrigerio, leer, conversar, jugar, caminar o simplemente contemplar el paisaje. En cierta forma las ciclovías han venido a compensar –el día domingo– esta necesidad.
    Existen en Medellín muchos aportes para la recuperación del espacio como es el Jardín Botánico, un ícono en la ciudad; la cárcel de La Ladera convertida en Parque Biblioteca; el Museo de Antioquia, entre otros. Todos ellos contribuyen a la progresiva rehabilitación de sectores deprimidos. Tenemos un pasado, una memoria urbana que en muchos casos es recuperable y en otros, dará paso a nuevas y necesarias soluciones. Rodearse de un ambiente bello y natural aporta calidad de vida como se puede ver con los nuevos Parques Biblioteca, El Metro Cable, los nuevos colegios desarrollados en el Taller de La Ciudad y muchos otros que vendrán con los Proyectos Urbanos Integrales (PUI).
    En los preparativos para la asamblea del BID vimos hombres sembrando, limpiando y cuidando la ciudad como la mejor muestra de nuestros recursos humanos y naturales. Estos ejemplos nos llegan de otras culturas y ciudades donde es prioritario el tema del desarrollo con relación a su medio ambiente, lo que demuestra su grado de civilización. De nosotros depende que esta imagen perdure; somos floricultores por tradición y la variedad de especies en flora y fauna son razón de orgullo, por algo somos la ciudad de la Eterna Primavera. 
    La arquitectura del paisaje es imprescindible a la hora de realizar un proyecto. Paisajistas, arquitectos, constructores, docentes, departamentos del medio ambiente y oficinas de planeación, están comprometidos a promover y apoyar las propuestas más respetuosas con la naturaleza. 
    No se puede negar que el mantenimiento de áreas verdes implica trabajo y vigilancia para evitar el vandalismo y propiciar la seguridad de sus visitantes. Pero la contemplación del paisaje, el disfrute de zonas verdes y aire libre, no puede ser un privilegio de pocos, es una necesidad de todos y si es verdad el enunciado de Aristóteles que “El Arte Imita La Naturaleza” es porque el ideal es benéfico y deseable.

    Por Ana María Zapata Caicedo

    Arquitecta

    …………………………………………….
    1     García Ripio, María José. “El Jardín del Edén”. En: The Atlas of Legendary Places. Marshall Editions, Vol. 1. Barcelona. 1989. pp. 1, 17.
    2     Peñalosa, Enrique. “Las ciudades no van bien”. Revista Urbana No. 37. Junio 2008. pp. 78-82.
    Mediavuelta
    Tragaluz editores S.A.

    Edificio Lugo Of. 1108 · Calle 6 Sur #43A-200
    Telefax 312 02 95
    info@tragaluzeditores.com
    www.tragaluzeditores.com
    Medellín – Colombia