B L O G

  • Fugas de tinta 2

    Nuevo libro, una coedición del Ministerio de Cultura con Tragaluz editores. Historias escritas desde las cárceles de Colombia, textos que resultan de la labor que hace Renata, Red Nacional de talleres de Escritura Creativa. Aquí, uno de los textos.

    Como es ser hija de puta

    Autor: JCM.
    Carcel: Peñas Blancas, Calarcá.
    Director de taller: Juan Felipe Gómez.

    No conozco a mi papá, se murió, lo mataron. Lo mataron en un asalto, pero no sé bien, nunca me interesó saber nada de él. Mi mamá dice que lo conoció antes de prostituirse, y que lo mataron en un robo, pero poco me importa, como dije, nunca lo conocí. A mi mamá sí la conozco bien. Sé que es prostituta desde que tengo uso de razón y la amo como a nadie en el mundo.
    Tengo pocos recuerdos de infancia. Sé que fuimos muchos hermanos. Mamá siempre fue de muy buen corazón: cuando veía a alguien mal (un niño indigente, drogadicto o maltratado), se lo llevaba para la casa y le daba la misma sopa que nos daba a sus cuatro hijos biológicos (todos de padres distintos). Nunca diferenciaba entre ellos y nosotros. Ella iba, trabajaba y trabajaba, salía a las seis de la mañana y llegaba a las diez de la noche. La veíamos muy poco, pero mi abuela, que es testigo de Jehová y que siempre le pidió que dejara la prostitución, nos cuidaba. Hija es hija y mi abuela es la mejor mamá del mundo. Mi mamá no se quedó atrás, siempre fue una mujer responsable, nunca nos dejó aguantar hambre. Nos dio educación y nunca nos llevó a la calle a pedir plata. Jamás bebió o fumó delante de nosotros, tampoco llevó a ningún hombre a la casa. Simplemente iba, trabajaba y respondía.
    Al principio vivimos en Medellín, en una comuna muy violenta. Eran tiempos en los que salías y veías cómo mataban al vecino. En ese entonces mamá nos decía: “adiós, me voy a trabajar”. Nosotros le preguntábamos: “¿a dónde se va?”. Y nos respondía: “pues a putearme, porque ¿qué más?”. Mis hermanos lloraban mucho, pero yo era muy niña y no entendía lo que eso significaba.
    Fui creciendo, viendo que mi mamá hacía “eso”, y no le vi nada de malo después. Habría sido distinto si me hubiera enterado más tarde, habría sido capaz de dejarla, de irme y no volver a verla.
    “Hay mujeres ministras, senadoras, amas de casa; yo soy prostituta y no me avergüenzo”, decía Silvia, mi madre. Es una opción de vida en un mundo y en un país donde no hay oportunidades. Yo respeto el oficio, pero nunca he aceptado que mi madre esté metida en eso. Es algo con lo que creces, un dolor que siempre está ahí como una espina en tu corazón. Vas creciendo y empiezas a decir: “algún día yo la saco, algún día yo la saco. Yo voy a trabajar por ella y le voy a decir, ¡no más!”. Y eso hice. La convencí de que me dejara trabajar como casera en un puteadero de un amigo suyo. Ella me decía siempre: “si usted se mete de prostituta, allá usted, es su vida, pero si llego a verla en una esquina, la mato. Que yo lo haga no quiere decir que usted también, porque yo a usted la he criado y le he dado educación”.
    Logré convencerla de que no me iba a putear y me dijo: “usted ya sabe como es la vida de una prostituta, usted verá”. El hecho fue que mi sueldo no alcanzó para sostenernos. Perdí el trabajo, ella volvió a lo mismo, pero yo maduré mucho.
    Un día caminé con ellas. Las oyes hablar de sexo, las ves echar perico, meter marihuana. Entonces ya no dices: “huy, esa es prostituta; huy, esa mete perico”. Las empiezas a mirar como amigas, como parceras.
    Silvia es increíble. Puede ser prostituta, pero la ves saludar a un senador, se presenta, le pide mercados para las demás prostitutas, que en su mayoría son cabezas de hogar y le ofrece conseguir votos. Les reparte a todas algo, así sea una panela.
    Está escribiendo un libro en el que no se justifica, pues no siente nada de arrepentimiento. Sólo cuenta todo lo que ha tenido que pasar para salir adelante con sus hijos y hasta le da gracias a todos los señores que se acuestan con ella, a pesar de su edad y de no tener mayores atributos sexuales. Dice que por la plata que ellos le dieron se superó, consiguió techo, comida y educación para sacar a su familia adelante.
    En el colegio tuve amigos que supieron que ella era prostituta. No decían nada, eran muy respetuosos. Lo mismo ocurrió con mi novio cuando la vio por primera vez en la calle. Al principio le impresionó, pero luego entendió y le perdió el misterio.
    ¿Qué si alguna vez me han dicho que soy una hijueputa? Sí, a todo el mundo lo han tratado de hijueputa en la vida. Yo les respondo: “sí, y a mucho honor”.
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  • La siempreviva

    Compartimos este artículo publicado por Ricardo Silva Romero en el periódico El Tiempo, del libro publicado por Tragaluz, La siempreviva del autor Miguel Torres, presentado recientemente en Bogotá.
    Fragmento inicial del artículo:
    Yo no sé cómo hicimos para no llorar. Si uno se atrevía a hablarle al de la silla de al lado, si miraba de reojo a su vecino para ver si había visto todo eso que acababa de ocurrir, se daba cuenta de que también estaba tragándose las lágrimas. Eran las 6 de la tarde del pasado sábado 6 de noviembre en la librería del Fondo de Cultura. Se cumplían 25 años del holocausto del Palacio de Justicia. Y ahí, a solo dos cuadras de la escena del crimen, a unos pasos de esa plaza que es también un camposanto, habíamos sido testigos de una estremecedora lectura de la obra de teatro que no nos ha permitido olvidar lo que pasó: habíamos tenido la suerte de sentir, una vez más, el escalofrío justo que da La siempreviva…
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  • Tragaluz y el libro que no muere

    Vivimos en un mundo en vía de extinción, algunos animales ya no existen, únicamente los vemos en fotos, el computador que tenemos hoy está siendo reemplazado por una nueva generación, más avanzada, el teléfono ya es un artículo exótico, todos tenemos celular, y el libro, ese objeto que recoge la palabra, que registra la historia, ese objeto que se inventó en el siglo XV y que como dice el escritor Eduardo Escobar tiene lomo como las reses y hojas como los árboles, ese objeto cultural, dicen algunos que tiende también a desaparecer, es como si el hombre en ese afán por entender la muerte decidiera matar antes de que las cosas encuentren su propia muerte.

    Nosotros, Tragaluz, productores de libros, editores, defendemos otra teoría: el libro no se está muriendo, se está transformando, el mundo digital llega y cuestiona el trabajo del editor, le exige. Creemos en la coexistencia del libro digital y el libro de papel. Creemos en el análisis concienzudo de cada texto donde el formato juega un papel importante. Ya todos los libros no serán impresos, unos merecerán darle la vuelta al mundo por la internet, se socializarán y cumplirán con la función de llegar a muchos, sin costo alguno; otros no tan importantes se quedarán también navegando por la pantalla de los computadores y serán leídos por unos pocos y los terceros, obras de arte, serán premiados con la impresión en papel donde el lector tendrá una experiencia sensorial, el libro no será sólo texto, será un objeto único que desde su forma exprese aquello que viene de la palabra. Tendrá pasta, lomo, guardas, medianil, folios, ilustraciones, un colofón. Con este concepto del libro surgió Tragaluz editores en 2005. Teníamos el ideal de un editor independiente y de una editorial de puertas abiertas donde se pudiera llegar con nuevas propuestas. En contra del no de quienes buscamos como asesores y sordos a los argumentos que impedían nuestro proyecto, empezamos con la editorial. Conscientes de la dificultad del negocio concebimos a Tragaluz como una empresa de servicios y productos donde los servicios fueran el soporte económico para realizar nuestro sueño, los libros del sello Tragaluz. Poesía fue el primer género que publicamos. Con este primer paso queríamos transmitir nuestra filosofía: acoger esos géneros marginados por las grandes editoriales del país. Poesía, cuento, ensayo, dramaturgia. Pero no los escogíamos por marginados sino porque los consideramos géneros tan importantes y en ocasiones más que aquellos comerciales.

    Con la amenaza latente del libro digital nos propusimos diseñar libros objetos, libros que partiendo de un buen texto, se convirtieran, por sus características físicas, en una joya, le apostamos a un libro que no puede desaparecer, que más bien como los tesoros, pasa de mano en mano, de generación en generación. Tragaluz rescata el oficio de la encuadernación y hace de la edición del libro un proceso creativo. Tiempo, paciencia, detalle, son algunos de los ingredientes que hacen de nuestros libros, objetos únicos. Cada una de las partes que los componen es seleccionada con detenimiento. La tela, el color del papel, el hilo que cose la carátula. La ilustración es también uno de los valores agregados del sello Tragaluz. Día a día descubrimos artistas que con sus miradas aportan otro tipo de lectura.

    Sin embargo en ese libro objeto que evoca otros tiempos intervienen también la industria litográfica y el mundo digital, somos ayer y hoy.
    Hoy Tragaluz, después de cinco años, cuenta con cuatro colecciones, distribuye a nivel nacional y tiene un número creciente de lectores y seguidores que son el motor para seguir en la búsqueda de nuevos talentos.
    No hacemos grandes tirajes y buscamos un precio favorable que se traduzca en ventas que nos permitan la reimpresión.
    Para la venta en librerías diseñamos exhibidores especiales que contienen únicamente nuestro sello, así el lector encuentra el catálogo de Tragaluz en un solo lugar sin confundirse entre la inmensa maraña de los otros libros. Nuestros stands de participación en las ferias son el reflejo de lo que somos, se distinguen por la utilización de materiales nobles, usamos un tipo de luz que no cansa al lector, lo invitamos a que se transporte en el espacio y el tiempo. No llenamos estanterías de libros.

    Lentamente hemos logrado el reconocimiento de los medios de comunicación, de quienes, sin duda, depende gran parte de la promoción de los libros.

    Y no lanzamos libros en auditorios con señores expertos en la materia. Escogemos librerías, casas de teatro y celebramos la publicación del libro con el libro mismo. Montamos lecturas escénicas con sus textos y así vamos logrando una red de disciplinas que se enriquecen unas a otras. Hacemos lo posible porque nuestro trabajo trascienda y aporte en el escenario cultural.
    Tenemos ahora el reto de dar a conocer nuestro sello en otros países, labor que venimos haciendo lentamente y que se fortalece en la medida que consolidamos un buen catálogo. 
    Hace poco más de quince días Tragaluz editores participaba en la feria del libro de Frankfurt 2010, invitada por el instituto Goethe. Pabellones llenos de libros provenientes del mundo entero, ríos de gente visitando la feria, lanzamientos, charlas, eventos, fiestas. ¿Pero cómo se va a acabar el libro impreso? nos preguntábamos. Los lectores del libro digital estaban allí, eran libros de más, participaban sin imponerse en el panorama editorial. Uno de los organizadores de la feria, Dieter Schmidt, ante la pregunta ¿Usted cree que el libro se va a acabar? Contestó con una sonrisa: “Hay resistencia y, sobre todo, mucho amor por el libro impreso”.
    Y en un coloquio, en el que Tragaluz tuvo el privilegio de participar, Gabriela Massuh, directora de programación cultural del instituto Goethe en Argentina y coordinadora de la conversación dijo: “Se acaba el tiempo y nos ha quedado por fuera el tema del libro digital, pero quién quiere hablar del libro digital cuando ahora se hacen libros como estos”, mientras sostenía en sus manos un libro de Tragaluz. 
    Y para terminar retomo una frase de Jason Epstein, autor de La industria del libro: “Soy seguidor del dios Jano, que mira hacia atrás y hacia delante al mismo tiempo. Sin un vínculo intenso con el pasado, el presente es un caos y el futuro indescifrable. En nuestra cultura los libros constituyen ese vínculo, quizá el principal, sin duda indispensable”.

    Por: Pilar Gutiérrez, Directora editorial Tragaluz editores.


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  • De letras y tipos


    Si hay algo que probablemente sea la principal característica de los humanos, es el lenguaje. Éste se desarrolla con un sistema de signos, sonidos, símbolos, ideas y mensajes.
    El lenguaje de las letras compuesto de partes mínimas, hasta llegar a conjuntos –a simple vista– sencillos pero complejos en estructura, nos permiten leer, por ejemplo, esta publicación, leer las instrucciones en un empaque, comprender una película cuando es subtitulada o ubicarnos espacialmente en una ciudad.
    Los tipos o letras son la manifestación visual del lenguaje. Lo mínimo es un caracter como un punto o una coma; y las letras arman palabras que luego, junto a otras, se unen para formar un mensaje. Cualquier actividad en nuestro día a día requiere un ejercicio de compresión de estos mensajes y también de reinterpretación.
    Nuestra primera relación con la letra puede surgir cuando aprendemos de las vocales que la manera de representación surge de formas geométricas sencillas. En el momento que las aprendemos, estamos en ese proceso de reconocimiento formal, y sería muy difícil entender sistemas formales de otro nivel, por ejemplo, la a que estructuralmente es un círculo y una línea, pero que luego asimilamos de otra manera a, que puede ser formalmente más compleja, pero por sus características físicas, en conjunto, puede ser más beneficiosa en un texto y por ende, su compresión.
    La forma de la letra (tipografía) nos cambia la experiencia; un aspecto meramente estético puede ser así de significativo. El ejemplo de Karen Cheng es claro: “En la música un cantante o intérprete puede cambiar la experiencia al percibir una composición; en comunicación visual, los tipos son el equivalente a esa voz, el nexo entre emisor-receptor, escritor-lector”.
    Si esa “voz”, a oídos del que está atento, no es agradable o no se entiende, inmediatamente sacrificará el mensaje. Pues bien, así pasa con las letras: a menudo vemos letras y letras de todos los estilos, formas y texturas, las vemos grandes y pequeñas, anchas y angostas, y aparentemente todas caben en el mismo canal de comprensión. Pero sucede todo lo contrario. Cada una de esas variaciones formales termina dándole un sentido distinto a cada mensaje, como dice Massimo Vignellien en un documental de Helvetica de Gary Hustwit: no es lo mismo decir Te amo a decir Te amo. Son dos percepciones distintas. Una puede ser leída como algo más tierno, más delicado; la otra, por su parte, como una manifestación efusiva de afecto y sentimientos.
    Lo más curioso es que, incluso las personas que no conocen la comunicación visual, el diseño gráfico o incluso la literatura, han desarrollado un criterio sobre esas formas en las letras, cuando se enfrentan al dilema de cuál tipo de letra escoger, por ejemplo para presentar una circular en el edificio donde vivimos, para no parecer impositivos, dar un toque de amabilidad en esa circular y no hacer sentir a la gente regañada, recurren a la desprestigiada fuente Comic Sans en 12 puntos (unidad de medida de la letra), un tamaño grande para que la gente la lea, una letra informal de rasgos irregulares y en apariencia “divertida”, para no atacar visualmente al futuro lector en este caso residente. Digo desprestigiada pues en el medio del diseño y la comunicación es aborrecida por el excesivo uso de personas externas al medio, con la intención de hacer ver las cosas más “bonitas”. El problema no es de la letra o su forma, es de la manera cómo se usa. Volviendo al ejemplo de la circular, ésta podría ir también en Arial o Times New Roman, tipografías conocidas por todos. En Arial el mensaje puede ser más plano o neutral, en cambio con Times New Roman cambia el sentido, algo más serio y sobrio, digamos que en este caso el mensaje va muy en serio y en un tono de llamado de atención.
    Como vemos, todo depende de la intención, de lo que queremos decir y cómo lo queremos decir. Es innegable que las formas de las letras tienen consigo una semántica estética que podemos usar a nuestro favor o que puede irse en nuestra contra, pero la letra no funciona por sí sola; depende del mensaje. No existe ningún tipo de letra con la cual podamos hacer que gato parezca un gato, pero sí podemos darle a esa palabra una forma y esa forma depende del contexto, y podemos generar una sensación ligada al sentido que queramos darle. También pienso que cometemos un error cuando únicamente le dejamos la responsabilidad a la forma de la letra. Si una letra en su forma o apariencia es futurista (no hago referencia al movimiento artístico), no por eso va a ser más clara si estamos hablando de ciencia ficción; por el contrario, puede llegar a ser tan redundante en esa intención estética que el sentido se perdería. El sentido y la forma generan una balanza de contenido/contenedor: una bolsa de leche no es más bolsa de leche porque parezca una ubre o una mama; se vuelve más clara si a nivel visual logramos compresión de que es leche, se bebe y es nutritiva. Así garantizamos el sentido.
    El tamaño, el calibre, sus llenos y vacíos, sus rasgos, son los elementos que le dan ese valor estético y funcional a la letra. Como en la música, el ritmo no va en las notas, va en el espacio que hay entre ellas; así sucede con las letras.
    En teoría, todos los tipos de letras servirían para todo, pero como dice una colega, cuando algo sirve para todo, no sirve para nada, y es aquí cuando el criterio y el entendimiento por parte del comunicador juegan un papel clave en la asimilación del contenido, la codificación, la interpretación y luego la ejecución de las ideas para que éstas lleguen como deben llegar.
    Para recomendar: Diseñar tipografía de Karen Cheng (GG) / Designing Type, Karen Cheng (Yale).
    Por José Luis Ortiz González 
    Diseñador gráfico 
    Docente de la U.P.B.

    © MEDIAVUELTA / No. 12 / Octubre de 2009 ∙ Tragaluz editores S. A.
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  • María Eastman y El conejo viajero

    María Eastman, 1921.Fotógrafo: Melitón Rodríguez.BPP 

    Un osado grupo de jovencitas escritoras, conformado también por Fita Uribe, María Cano y Enriqueta Angulo, irrumpió en el ámbito literario antioqueño con temas y lenguaje modernistas, en contravía del canon imperante que consagraba los valores viriles del “Titán laborador”, símbolo del ánimo dominante del colono antioqueño. Influidas tanto por los Panidas como por las poetisas latinoamericanas Alfonsina Storni, Juana de Ibarborou y Delmira Agustini, las “Muchachas escritoras” se ubicaron en la vanguardia de los estilos y los temas, y asumieron una postura liberal y feminista.
    Y es que Antioquia no fue ajena al empuje que caracterizó los años veinte en el mundo. Lo muestran la prosperidad económica y la modernización. Medellín dejaba de ser un pueblo; sin embargo, persistía una fuerte resistencia a los aires renovadores, liderada por la Iglesia católica que imponía el único dogma rector de la vida civil y religiosa de esa sociedad jerarquizada. El ascenso del movimiento feminista, característico del período, se reflejó en Colombia con las luchas por el trabajo, la educación y el voto. Con el florecimiento de las ideas socialistas inspiradas por la revolución rusa y mexicana, María Cano se erigió como líder sindical, y con eso le dio un nuevo sentido a la inclinación de las mujeres por proteger a los pobres, ya no cristiano, sino político. En ese contexto surge la obra de María Eastman, conformada por numerosas piezas de prosa lírica dispersas en revistas y periódicos, y por las fábulas de El conejo viajero.
    Mientras Sofía Ospina de Navarro se preocupaba por la educación de las mujeres para que se convirtieran en verdaderas interlocutoras de sus maridos y educadoras de los hijos, María Eastman se dedicó a la educación de los niños; en sus propias palabras: “Como a diario trato el alma de los niños, he podido adentrar y conocer el desenvolvimiento de los espíritus que se inician, cuando las pasiones son plantas que más tarde darán sus emanaciones saludables o mortíferas”. En 1917 se graduó de normalista, el único título académico al que podía aspirar una mujer, y después de una carrera brillante de marcado compromiso social, ocupó el cargo de Inspectora Nacional de Escuelas Públicas, el cargo público más alto ocupado por una mujer en ese momento. 
    Las fábulas agrupadas bajo el nombre de El conejo viajero, publicadas después de la muerte de María, por Gerardo Molina, su esposo durante 13 años, fueron escritas con fines pedagógicos para inculcar en los niños valores como la gratitud, la templanza, la paciencia, el respeto, la honestidad y la sencillez, sin intención moralizante. La originalidad de la autora reside en que escribió en prosa, y es quien inaugura el género de la narrativa infantil, ya que hasta entonces la literatura para niños se escribía en verso siguiendo la tradición popular de las retahílas. De ahí la buena acogida que tuvo el libro del que se hicieron tres ediciones (1948, 1966 y 1990).
    Como muchos lectores de Mediavuelta estarán recordando este libro de su infancia, y para que los niños de hoy puedan conocerlo, y queden antojados, con mucho cariño reproducimos la fábula que le da nombre.
    Por Paloma Pérez Sastre
    Profesora de la U. de A.
    ………………………………………………
    El libro de papel El conejo viajero está disponible en la Sala Infantil de la Biblioteca Pública Piloto; y la versión virtual, en la Biblioteca Virtual de Antioquia: http://biblioteca-virtual-antioquia.udea.edu.co. Otras obras de María Eastman pueden leerse en: Antología de escritoras antioqueñas, 1919-1950, Medellín, Colección de Autores Antioqueños, 2000, también en papel y en la Biblioteca Virtual.

    El conejo viajero
    María Eastman

    Conejo Pintado volvió de la ciudad y vio con tristeza el bosque donde fue tan feliz. Ya no encontraba encanto en las frescas cuevas en las que antes dormía confiado. Pasó junto al arroyo sin mirar siquiera y sin humedecer sus paticas. Iba cabizbajo. Ni el halago de ver de nuevo a su familia lo animaba. Era un conejito ciudadano. La vuelta al campo, en medio de conejos sin modales, corriendo siempre de un lado para otro, huyendo de los cazadores y buscando yerbas y frutas por el monte, le produjo nostalgia; iba paso a paso, de tal manera preocupado, que más parecía un hombre que un conejo.
    ¡Qué fría y oscura estaba la cueva! Al ruido que produjo al entrar, saltaron sus padres con el temor de un ataque nocturno y este susto quitó efusión al saludo; el sobresalto reinaba allí.
    No puedo vivir aquí, pensaba, me ahogaría de fastidio; huiré lo más pronto posible. Inútil fue que su madre lo cuidara con frutas y hojas tiernas; inútil también que su padre lo llevara de paseo y le mostrara las viviendas de sus otros hijos, los sembrados en flor, la acequia del regadío. Conejito Pintado no quería entender la belleza; sus ojos estaban ciegos a la dulzura de su bosque.
    Una madrugada cuando todos dormían, tomó su bastón y se fue en busca de aventuras; le saltaba el corazón de gozo. Al llegar al arroyo, oyó que los helechos de la orilla hablaban de él.
    —¡Cómo se volvió de orgulloso Conejito Pintado! Antes se detenía a nuestro lado y con el hocico movía las ramas para saludarnos; brincaba de piedra en piedra y se zambullía en el charco para hacernos reír; ahora pasa serio como un personaje.
    —Es que lo ha dañado la vida del pueblo, contestó el helecho fino que crecía al pie del puente; pero no es malo, sólo estaba ofuscado. El musgo se esponjaba suavemente al terciar en la conversación: él volverá cuando la ciudad lo desengañe; allá no encontrará una alfombra tan blanda como la mía para extenderse al sol. Y el agua agregó: Feliz él que puede volver; quisiera yo regresar también a la grata compañía del campo. Iré corriendo, unas veces apaciblemente, otras con violencia; me juntaré a aguas claras y aguas turbias; recorreré forzadamente mi camino y perderé mi personalidad al unirme con otros arroyos caudalosos. Si no fuera porque al cruzar la tierra ayudo a fertilizarla, me moriría de dolor.
    —Es verdad, es verdad, dijeron las plantas; tú haces bien al correr; pero el Conejito Pintado, ¿a quién es útil? Él paró las orejas.
    —Es verdad, es verdad repitió ¿Qué obra iba a ejecutar y en beneficio de quién? Pero aún era egoísta y se sobrepuso a la reflexión, cruzó el puente y dejó atrás a sus amigos.
    —¿Para dónde vas, Conejito? le dijo una paloma torcaz.
    —A buscar fortuna.
    —¿Y qué mayor fortuna que este campo y esta mañana tan linda?
    —Si será ambicioso, dijo la lora desde la copa de un yarumo.
    Pi, pi, pirri, ti, cantó el toche: allá va un conejo trotamundos.
    El bosque se volvió un concierto de burla. Se oían voces por todos los lados:
    —Que traigas las botas de cien leguas, decía la mirla.
    —Yo quiero la alfombra mágica, gritaba el perico-ligero.
    —Yo, la lámpara de Aladino, susurraba la mariposa azul que dormía bajo una hoja.
    —Trae una jaula de oro para la lora, chillaba el perico.
    Conejito Pintado tenía gachas las orejas y todo avergonzado continuó su camino. Empezaba a desconfiar de sí mismo, que es el principio del arrepentimiento; pero seguía adelante porque era testarudo. Si otro conejo no había ido a aventurar, él sería el primero: recorrería lindos países, vería mares, ciudades y bosques; se deslizaría en grandes barcos por ríos azules. Se haría soldado, ganaría batallas y regresaría a su pueblo luciendo uniforme brillante. Todos lo aclamarían y sus hermanos mirarían embobados el plumón de su casco y sus charreteras. Conejo Pintado era un soñador.
    Se sucedían los días y las noches en los caminos y en las aldeas, y Conejito no iba donde todos lo miraban como a un intruso porque no desempeñaba ningún papel en el conjunto. Cada cueva tenía sus habitantes, cada árbol los suyos y cada campo sus plantas; sólo el sitio para él existía y era una lucha encontrar alimento y abrigo.
    Una noche entró en el establo de una hacienda; había un calor agradable; fue a tientas hasta un rincón, temeroso de pisar una de las vacas. Se veía seguro, cuando se abrió la puerta y apareció un hombre con un farol, seguido de un mastín. Conejito Pintado creyó llegado el fin de su vida y maldijo el momento en que había abandonado la casa y desoído la voz de sus amigos. Se fue ovillando y casi logró ocultarse detrás de un buey, pero el perro lo descubrió y se abalanzó sobre él. El mozo lo salvó levantándolo por las orejas cuando el mastín le hincaba el diente.
    —Qué lindo conejo. Lo llevaré a mi amo y mañana será un buen plato en el almuerzo. Mientras el muchacho cerraba la puerta, Conejito Pintado hizo un esfuerzo y logró zafarse; corrió entonces como nunca había corrido; era un torbellino por el campo y no paró hasta llegar a la entrada del monte.
    Parecía como si estuvieran esperándolo, porque apenas lo divisó la lora empezó a gritar: 
    —¿Trajiste las botas para la mirla, la alfombra mágica y la lámpara de Aladino para la mariposa azul?
    —¡Pero si no trae nada, hermana! Chilló el perico; sólo barro en las patas y polvo en la piel. Seguro que se encontró con un perro cazador que lo convenció de que debía regresar.
    —Bien merecido me tengo todo esto, pensaba el Conejo, arrepentido ya y sin confianza en sí mismo.
    Llegó al puente y temió las burlas; pero eran gentes de su comarca y no se rieron. Se sentó a la orilla del arroyo, humedeció las patas en el agua fresca, se extendió sobre el musgo y metió el hocico entre los helechos. Ya no sentía cansancio y había desaparecido el temor: estaba entre los suyos.
    Se dio una zambullida en el charco y se fue camino de la cueva.
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