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B L O G

  • La quietud del viajero

    Una reflexión sobre el viaje con personajes reales y ficticios y en un género que mezcla la prosa poética y el cuento breve.
    Por Luis Fernando Afanador
    (Publicado en la Revista Semana. Domingo 30 de octubre de 2011)

    Ilustración de José Antonio Suárez para Viajeros


    Viajeros, el hermoso libro de Pablo Montoya editado bellamente -como siempre- por Tragaluz Editores, resulta, en la primera lectura, un libro raro en el panorama de la literatura colombiana. Incluso en la literatura latinoamericana, si tales distinciones siguen siendo válidas. Y cuando digo raro, lo digo en el sentido de Rubén Darío al referirse a aquellos autores que escapaban a los moldes: Villiers de L’Isle-Adam, el conde de Lautréamont, Edgar Allan Poe e Ibsen, entre otros. Viajeros «escapa a los moldes» de lo que actualmente se está escribiendo en el ámbito de nuestra lengua. ¿Pero qué tanto lo hace con respecto a la tradición? En su comentario a Viajeros, el poeta mexicano Marco Antonio Campos encontraba sin dificultad su filiación: «En el linaje de libros de Schwob y de Borges (quizá sus principales influencias), de Julio Torri y Juan José Arreola, de Julio Ramón Ribeyro y Antonio Tabucchi, los poemas en prosa de Montoya pueden ser leídos asimismo como biografías imaginarias y aun a veces como minificciones. Montoya conjunta espléndidamente en la escritura la imaginación del narrador y el poeta con la lucidez del ensayista».

    Ciertamente hay ecos de Borges y de su ilustre antecesor, Marcel Schwob. No conozco a Julio Torri, pero no estoy de acuerdo con las influencias de Julio Ramón Ribeyro, Antonio Tabucchi y Juan José Arreola. A cambio, incluiría más bien a Álvaro Mutis y, por qué no, a Marguerite Yourcenar. Claro que no avanzamos mucho por el camino de las influencias. Dedicarse a rastrear influencias es dedicarse a una tarea a la larga inútil. Es concluir algo que ya sabíamos de antemano: nada viene de la nada. O todo viene de Shakespeare, como dice Harold Bloom, lo cual es otra forma de decir lo mismo. Acudir a las influencias es casi una reacción instintiva de la crítica ante la dificultad de reconocer algo que es nuevo, que no se sabe nombrar. ¿Qué es Viajeros como texto literario? ¿Cuál es su propuesta? Es mejor, mucho mejor, intentar responder esa clase de preguntas.

    Más estimulante que el rastreo de las influencias es la taxonomía. ¿Qué clase de viajeros hay en el libro de Pablo Montoya? Viajeros míticos o religiosos como Noé, Ícaro, Jonás, Ulises, Eneas, Teseo, Bochica, un argonauta, Moisés; viajeros literarios o de la literatura como Lao Tsé, Simbad, Dante, Gulliver, Montaigne, Robinson, Dostoievski, Stefan Zweig, Alonso Quijano, Ovidio; viajeros históricos como Heródoto, Alejandro, Enrique el Navegante, Américo Vespucio, Magallanes, Ponce de León, Bartolomé de las Casas, Gonzalo Guerrero, Pigafetta, Schopenhauer, Caldas, Bolívar, Darwin; viajeros anónimos e impersonales como un melanesio, un súbdito, un cautivo, un papús, un macuá, un cruzado, un mercader, un peregrino, un marino holandés, un esclavo, un judío, un bosnio, un astronauta; viajeros fotógrafos de guerra como Robert Capa o pintores como Edward Hopper; viajeros autobiográficos como el autor, inmigrante en París.

    Los personajes reales o ficticios que en este libro aparecen han sido moldeados libremente, ellos simplemente han sido un pretexto o un detonante para la escritura. Al hablar de ellos, el autor está hablando de sí mismo. Versiones libres, relecturas, interpretaciones de personajes reales o ficticios. Se trata más de un viaje a través de una biblioteca que de un viaje real a la manera de Marco Polo o Bruce Chatwin. Más un viaje espiritual que real. No importa, es igualmente excitante y desconocido. O más excitante, si se quiere: viajar en la actualidad es comprobar que todos los países son monótonamente iguales. Qué extraño y qué interesante el Dante que nos presentan. El Ulises, el Heródoto, el Alejandro. Viajeros nos invita a momentos decisivos, reveladores, epifánicos. Son poemas en prosa, lo cual quiere decir que cabalgan entre el cuento y la poesía. Tienen ese corte transversal que el cuento le hace a la realidad y esa voluntad de hacer insoportable un instante del ser, que es la poesía. «Viajamos, aunque los dos estamos quietos», dice aquí Lao Tsé. E Ibn Batuta, el gran viajero árabe del siglo XIV: «Viajar es ignorar el punto de llegada». 

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  • Isabel Carrasquilla de Arango, escritora y viajera

    Isabel Carrasquilla de A. 1925. / Fotógrafo: Melitón Rodríguez. / 
    Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina / Archivos Fotográficos.


    «Un impulso dominante al encontrar la belleza es el deseo de aferrarse a ella: 

    poseerla y darle relevancia a nuestras vidas. La necesidad de decir “he estado aquí, lo he visto y me ha importado”.
    Alain de Botton
    Durante este año se han celebrado en Colombia los 150 años del nacimiento de Tomás Carrasquilla con varios e importantes homenajes: las Ferias del Libro de Bogotá y Medellín, seminarios, encuentros y congresos de literatura y lingüística, publicación de obras completas y escogidas, puestas en escena de sus cuentos y veladas literarias con chocolate y pandequeso, entre otros festejos. Pocos, muy pocos, saben que su hermana Isabel también estuvo tocada por “el estigma de la mancha de tinta”. Sí, Isabel y Tomás, únicos hermanos, se llevaban siete años y murieron con 18 días de diferencia1; siempre vivieron juntos, aun después del matrimonio de ella, compartiendo el humor, los libros, las tertulias caseras y la “chifladura” por el teatro. Ella publicó bajo los seudónimos de Equis y Zeta dos comedias basadas en Frutos de mi tierra: Filis y Sarito y Pepa Escandón, y también sin firma, solía mandar coplas al programa de radio de Abel Farina; aun así, fue reconocida en vida, con la puesta en escena de sus obras dramáticas Noche de Reyes y Contra viento y marea en el Teatro Bolívar, con la actuación de artistas españoles.
    De su autoría, se conservan, además, dos obras inéditas: Comedias –compilación de dos cuentos, un juguete cómico, un diálogo escolar y tres dramas fuertemente influidos por el teatro de Jacinto Benavente–, y un libro de viajes, Impresiones de viaje escritas por una abuela para sus nietos.Como corresponde a la época, las relaciones amorosas son el gran tema en las obras teatrales, donde las protagonistas ven coartados sus deseos, por el autoritarismo de sus maridos, padres o hermanos, y cuentan con alguien de su mismo sexo que les ayuda en el cumplimiento de sus aspiraciones. Fiel a la corriente de sus contemporáneas, Comedias deja ver un afán educativo; por eso, resultan excepcionales tanto la temática, como la postura no moralizante de Contra viento y marea, que reivindica el amor espontáneo y la independencia de las mujeres. Ubicada en los años treinta, esta pieza sin precedentes refleja la irrupción de las ideas socialistas y feministas en el ámbito medellinense.
    La literatura de viajes, género híbrido entre la autobiografía y el relato, muestra cómo durante los viajes, la geografía afecta las geografías internas, impregna el alma; los lugares modelan a los narradores. En Impresiones de viaje… las palabras traslucen a Isabel; dejan ver sus gustos, su erudición, su postura política y, sobre todo, la emoción del encuentro ritual con sus referentes culturales. Las graciosas anécdotas se intercalan con descripciones cuidadosas, con interesantes y oportunos trozos de la historia del mundo, del arte y de la literatura. Es la mirada atenta y sabia que mide el tamaño de iglesias, palacios y monumentos, y critica personas, obras de arte, espectáculos y obras teatrales, con una solvencia intelectual que le permite emitir, sin pudor, juicios originales, ajenos al lugar común y, en ocasiones, desenfadados e irreverentes.
    Gran parte de la literatura autobiográfica en Antioquia se debe a hombres de acción: militares, políticos, colonizadores, creadores de emporios comerciales y misioneros; poco a intelectuales o humanistas. Viajar por placer no tiene, por cierto, visos de gesta; no fue Isabel una de aquellas mujeres que se aventuraron más allá de las fronteras permisibles, y que, con audacia, enfrentaron desafíos y peligros. Con todo, viajar suponía un hecho ajeno a la vida cotidiana del ciudadano común, y más aún de las mujeres confinadas en los límites del hogar. Fue un evento extraordinario y de marcada mención familiar el peregrinaje de Isabel y su esposo Claudino en 1929. El viaje tenía como destino inicial una célebre clínica en la zona del Canal de Panamá donde un hijo de la pareja debía someterse a una cirugía, pero se prolongó a Estados Unidos y Europa, en un recorrido de ocho meses por seis países.
    De principio a fin, la obra refleja, en un tono de juguetona camaradería entre los esposos y con los amigos que iban encontrándose en el camino, la admirable presencia de ánimo de estos dos sexagenarios, aun en episodios difíciles como la enfermedad de Claudino y el robo de las joyas en Nueva York, los dos extravíos de Isabel en Europa y el casi naufragio del barco al regreso. Suficiente material y nervio como para mantener enganchados a los lectores a lo largo de 182 páginas, con un estilo discreto, elegante y sencillo; una narración intensa, clara y didáctica que hace que cuantos la leen se conviertan en testigos de una vivencia sincera que plasma plenamente la emoción del encuentro con lo tantas veces imaginado. Todo lo anterior hace que la obra, tanto en las condiciones de su creación como en su estructura y lenguaje, cumpla con las condiciones de la novela, para la que Isabel poseía sobradas condiciones.
    No fue, pues, el viaje en sí mismo lo que significó un reto que Isabel asumió con pasión para defender su deseo; lo fue la propia escritura de la obra. En 1936 buscó un retiro en El Rancho, para escribir a mano y sin tachones, con base en el diario que había labrado noche a noche, con cansancio o sin él, de abril a diciembre de 1929. Puede adivinarse la urgencia de esta mujer de 71 años, cuyo deseo íntimo de comunicar, de contar quién fue, unido a la maestría en el manejo y conocimiento de la lengua, la llevó a buscar, como cualquier otro escritor, un “cuarto propio”, cuatro años antes de morir y un año después de la publicación de la Autobiografía de su hermano Tomás. El género elegido impresiones no es casual, significa la vía para expresar la subjetividad que ella, y ellas, las mujeres escritoras, se negaban. En la obra de Isabel, el mundo pasa por la criba la interiorización y del tiempo, para contarnos lo que ve y la manera cómo lo ve; lo que se aviene al impresionismo en el arte y la literatura, a cuyo conocimiento no era ajena.
    Se agota el espacio de este sugestivo pañuelo de papel; no el tema. Cada relectura de las obras de Isabel me trae nuevas imágenes, distintos sentidos, innumerables goces, sonrisas, risas y carcajadas. Me queda seguir deseando la dicha de ver los libros publicados, y terminar como acostumbro, con las propias y expresivas palabras de Isabel:
    Se me había prohibido terminantemente, por algunos que yo me sé, que viniera a hablar de viajes y a contar cosas por ser esto muy anticuado y de mal gusto. Yo, muy obediente, sólo le he contando a todo aquel que ha tenido la paciencia de oírme. Y, para seguir contando después de muerta, lo escribo.
    ¡Botín colorao! ¡Cuentu´acabao! ¡Cacho quemao! ¡Dispensen lo malo qui´hubier´estao!
    Por Paloma Pérez Sastre
    Profesora de la U. de A.
    1     Isabel nació en Santo Domingo, Antioquia el 8 de octubre de 1865 y murió en Medellín el 5 de enero de 1941. Tomás nació el 17 de enero de 1858 y murió el 19 de diciembre de 1940. Isabel le había prometido a su madre hacerse cargo de Tomás durante el resto de su vida, y así lo hizo con alegría; una vez cumplido el encargo, descansó sin una queja.
      
    © MEDIAVUELTA / No. 3 – Diciembre de 2008 ∙ ISSN 2027-0852 / Isabel Carrasquilla de Arango / Tragaluz editores S. A. / www.tragaluzeditores.com ∙ [email protected] / Medellín-Colombia
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  • «Viajeros» de Pablo Montoya. Reseña de Luis Arturo Restrepo

    Leer Viajeros es acudir, tras cada página, a una posibilidad nueva de ser bajo nuestros ojos. Posibilidad para nada inscrita en lo real inmediato, pues el libro de Pablo Montoya está inmerso en un laberinto de imágenes, situaciones y reflexiones en donde al lector no le queda más que asumir su condición de nuevo errante para repetir en voz alta las palabras de Ibn Battuta, uno de los viajeros árabes que nos lleva de su mano: “Viajar es ignorar el punto de llegada, y quisiera continuar hasta encontrar algo semejante al fin. Pero soy tan solo un hombre y es necesario volver al punto de partida”.

    Los nombres que se descubren en este intenso recorrido, bien correspondientes a personajes históricos, mitológicos o literarios; bien anónimos,fugaces y plurales, llevan tras de sí la palabra como manifestación de su tránsito. Aquí Eneas o Noé trascienden la crónica histórica, la idea detenida en nuestra memoria de lo que fueron, y un cruzado o un extranjero, un mercadero un inmigrante, son a la vez la totalidad de nuestros pasos por mundos diversos: Ícaro se acerca a nosotros en el tiempo bajo el traje inquietante del astronauta, mientras Montaigne y Stefan Zweig se repliegan ante el adolorido y siniestro mundo de la razón, para, entre estas historias, dar paso al erotismos babilónico y la rareza del cuerpo nuevo que se descubre en todas sus dimensiones ante Américo Vespucio.
    El libro se convierte pues en un círculo cerrado que gira sobre sí mismo, y esto lo confirma la aparición en las páginas finales (después de mucho trasegar por mares, plazas, calles y selvas) de personajes como Teseo, Alonso Quijano y Gulliver, quienes, tras una lectura que se desarrolla en una línea cronológica, sorprenden en la ambigüedad de su palabra, lúcida y medida, crítica y sensible, con que el punto de partida no es más que la excusa del hombre para saberse desterrado. Que finalmente todos somos uno, todos somos esa voz que asumimos al iniciar en la lectura el viaje: contención y vértigo de la prosa, ensueño y alborozo de la palabra.
    El libro además sorprende, en esta nueva edición de Viajeros, después de casi doce años de haber visto la luz, con las ilustraciones de José Antonio Suárez Londoño. Cada imagen con la que José Antonio acompaña el libro es un universo paralelo que conjuga las imágenes propuestas por Pablo Montoya y la libertad del lector para representarse lo leído. Esa triada es una muestra más de la genialidad de estos poemas: libres de toda contención, resistiendo siempre a la idea fija o la intención limítrofe. José Antonio nos brinda en sus dibujos otra ruta, un camino afín, una vertiente más de lo que antes conocíamos como posible. Los colores se suman a los olores, cada superficie se torna amiga al tacto y las siluetas de ballenas, montes, ciudades, hombres, manos, alas, lenguas y flautas hacen del viaje una espera para la eternidad. Sólo al final nos queda abrazar el extravío, esa adorada extensión hecha de nada y de todo y tratar de cerrar el libro con las palabras de Melville recorriendo la lengua: “Me quedaría aquí, sin brújula, buscando la trayectoria del último arpón, el secreto de la locura, el íntimo silencio del mar”.
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  • La lengua negra



    El cuento es ese género literario perfecto para los pocos momentos que el hombre actual se regala. Dejemos que este cuento como un golpe, parafraseando a Cortázar, nos seduzca; una buena forma de empezar el año ¡Que vuelvan los cuentos!
    No hubo forma de borrarle lo aprendido a Sol, mi lora verde; ella siguió haciendo escándalos con sus risotadas y sus parloteos como poseída por los ruidos y las voces de los vecinos de encima, quedeben estar en los infiernos.
    El patio de atrás cerca al solar de la casa del primer piso de la abuela Aralia era un hueco estirado, con rejas y techo por donde entraba, además de la bulla de los vecinos, un poco de luz rectangular por una teja traslúcida y azulosa. En algunas épocas del año y desde lo alto del cuarto piso se colaba un buen brillo, una franja luminosa no muy ancha que arrastrándose, clareaba las baldosas color amarillas yema y rojas del pasillo y se estampaba sobre la máquina de coser de la abuela. Allí, la sombra de la vieja era lanzada encima de las costuras y manchaba el espejo. Al fondo, en el solar, arrinconada cerca a la tomatera, los juncos de cebolla y las matas de orégano, Sol con los ojos más vivos que las bifloras aprendió a llorar, a silbar e insultar; repetía y repetía, en son de juego, todo lo que oía mientras se calentaba las plumas. “Sol ¿cómo amaneció?”. Allí la perra Danger comía los sobrados que dejaba la abuela y se quedaba llorando y rasguñando la puerta cuando la dejaban sola. La colimocha le ladraba a Sol y Sol aprendió a ladrar.




    Desde temprano y por las celosías de la ventana interior del segundo piso que daba al vacío del patio techado se colaban los ruidos caseros de los Echeverri. Ellos tiraban cosas, movían materos, taconeaban, corrían, rastrillaban algo. También sonaba el radio encendido con las noticias frescas compitiéndole a la emisora que sintonizaba la abuela; salían gritos, lamentos y el resoplido de la garganta fantasmal de un niño. A los malos vecinos no les importaba nada gritar y poner muy alto el volumen del televisor. A la media mañana también sonaba el silbido de la olla a presión por la ventana y parecía reventarle los nervios a Sol que se agitaba como una veleta de plumas y daba vueltas en el palo que sostenía el alambre del tendedero. El solar donde dormían la lora y Danger era de esos espacios donde se mira hacia arriba y se debe voltear y esforzar más los ejes del cuello para girar la cabeza y poner en equilibrio el cuerpo con la mirada. Mi compañera animal torcía la cabeza, erizaba las plumas del cuello y garría; por más que le enseñé a que se hiciera la sorda, la lora soltaba su rila blanquecina y manchosa por ahí, gritando. “Ah. Cacaito sí. ¿Ah?”. A otras horas, no siempre oportunas, se oía cualquier canción que alguien desentonaba siguiendo la pista de un disco de mal gusto. “La patica, la patica”.
    A la lora le gustaba rayarse con las sombras del patio que se cuadriculaban sobre sus plumas. Sólo reconocía los tonos insolentes, ordinarios y rudos que la estimulaban para volverse tan parlanchina como siempre y gozaba sacudiendo su lengua seca; esto le llenaba el pico de emoción y de groserías alegres. Después se tranquilizaba silbando las tonadas de algunas propagandas que sabía. “Sol quiere cacao”.
    La lora aprendió cada uno de los ruidos como si tuviera una grabadora y un parlante conectados al pescuezo y repetía lo que mejor le sonaba. Aprendió a imitar el sonido de la máquina de coser de Aralia, a tararear porros y merecumbés, a gritar los goles de las transmisiones de los partidos de fútbol que los Echeverri no se perdían y se reía como ladrando, igual que el hijo mayor de esos vecinos. Pero Sol apenas sí pudo imitar otros ruidos: el de los niños del piso de arriba cuando arrastraban algo, patinaban o golpeaban no se sabía qué cosas… hasta las quebrazones. Vociferaban insultos, se increpaban a vozarrones… Por eso le enseñé a la lora agritar “silencio, a callar”.
    No sé cómo hacían para acomodarse, allá arriba, esa docena de hijos que tenía aquella familia; por eso creí que los mayores se iban sin volver, para darle campo a los que seguían llegando. Además, fui reconociendo a los más escandalosos; cuando oía hablar en la calle a alguno de ellos, lo distinguía de lejos por el timbre de la voz. Parecía que estos vecinos tuvieran la boca sucia.
    A la salida del baño, la lora me esperaba en el tendedero de ropa que había en el solar, sobre un trapo rojo como si se calentara con el color mientras colgaba la toalla, revoloteaba y repetía “ricael agua, fresca el agua…”. Esto funcionaba de señal para que el vecino Tulio fisgoneara por las celosías. El viejo verde sabía que yo me daba cuenta y se escabullía. Pero en el vidrio esmerilado de la ventana quedaba su silueta borrosa, moviéndose con brusquedad como si le rascara algo, y se desesperara… Después Sol se columpiaba y picoteaba las hilachas de la toalla remojada que le debía saber a mí.
    “¿Que le pasa? ¿Ah?”.
    –¿Quiere cacao Sol? La patica –le decíaestirando el dedo–. Hola Sol, hola Sol, hola Sol, hola Sol.
    “¿Ah? La patica, la patica”.
    ¿Sería ese olor a chacina y a garra frita que salía por la ventana del segundo piso hacia el solar y en las tardes, lo que volvía al vecino así de animal? Los movimientos de trastos y aquella fetidez le alborotaban el apetito a la lora: “Quiero comer comida. Ah, ¿ah?Comida”.
    Cuando los llantos en los escándalos de los de arriba eran dramáticos, la lora hacía el eco y la perra aullaba. Los golpes rabiosos la ponían a aletear de emoción. También las escenas de celos de los vecinos la agitaban:
    –¿Con quién estuviste? –gritaba el macho a la mujer–, tenés pegado el olor de otro hombre.
    Ella, por zafarse, le discutía –con que… ¿gastándose la plata en trago?… –y él se encolerizaba más y le decía puta a la señora, y la lora repetía “putaputa”.
    –Sos un bagre…
    “Ahh”.
    –Y vos un borracho, largate –y ¡tas!
    “Silencio, silencio”.
    –A mí no me calla una desplumada, ya verá esta.
    “A callar cacao”.
    Mientras los niños lloraban como ovejas, otros se metían en el embrollo y se armaba la trifulca.
    “Silencio bagre”.
    Para qué contar lo que pasó encima, donde vivían los Echeverri, si fue tan espantoso que hasta salió en la prensa. ¿Para qué hablar de lo terrible? ¿Ah? Tocó oírlo TODO, mientras yo salía para donde mi tía-abuela Cruz por unas yerbas para que la abuela pudiera dormir mejor. Aquello sonó como totes en diciembre y aceleró los ladridos de Danger…
    Y no hubo forma de hacerle borrar lo aprendido a mi lora que siguió armando escándalos groseros, (…como poseída por los ruidos y las lenguas de los vecinos de encima, que se debieron ir para el infierno).
    A Sol le quise enseñar a decir: “Lorita bonita, mi dulce compañía” y ella me respondía, endemoniada: “silencio, a callar marica”.
    Cuando murió envenenada, la enterré en el solar junto a las plantas de aromo y yerbabuena, esas que usaba la abuela Aralia para el buen aliento.
    Por Juan Carlos Restrepo Rivas
    Escritor y editor de Tragaluz editores.
    Este relato es el primer capítulo del libro Patios enrejados, ganador del VIII Concurso Nacional de Novela Cámara de Comercio de Medellín, 2007.

    © MEDIAVUELTA / No. 4 -Enero de 2009 · ISSN 2027-0852 / La lengua negra

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  • En Bogotá se aprecia el arte de los libros en Tragaluz

    Por Jorge Caraballo Cordovez

    [email protected]

    (Artículo publicado en el periódico De la Urbe. Jueves 21 de julio de 2011)

    Tragaluz editores, creada hace cinco años, se ha convertido en uno de los referentes más claros para la empresa del libro en Colombia. La calidad de los textos, la originalidad en el diseño y el cuidado en los acabados, les han otorgado premios nacionales (Lápiz de Acero al Diseño en 2008), apoyos económicos del sector público, reconocimiento en las últimas versiones de la Feria del Libro de Bogotá, e incluso, el año pasado les dio la oportunidad de ser invitados en la Feria del Libro en Frankfurt, Alemania.

    Debido a lo anterior, el nuevo director de la Librería de la Universidad Nacional de Colombia, Nicolás Jiménez, decidió invitar a Tragaluz para iniciar un ciclo de exposiciones llamado “El catálogo: la obra del editor”. Jiménez quiere recuperar un tipo de lector que se ha perdido en Colombia: el lector de catálogos. “En los años 40 y 50 éramos lectores de colección. Recuerdo las enciclopedias Salvat, o los libros de Oveja Negra, para dar ejemplos. Las personas buscaban esos libros que los editores seleccionaban y publicaban. Quienes conservamos bibliotecas de abuelo, tenemos colecciones que hicieron ellos. Pero ya son muy pocos los lectores de ese tipo. Me parece que vale la pena mostrar editoriales que realizan colecciones, que se preocupan por preguntarse qué quieren en ellas, que objetivos debe tener un libro para conformarlas, y el caso de Tragaluz es sobresaliente”, sostiene Jiménez.

    El tercer piso de UN Librería, se dispuso para recibir los libros de Tragaluz. Pilar Gutiérrez, la directora de la editorial, explica que se utilizó el espacio para presentar todas las colecciones del sello (Poesía, Literatura Infantil, Teatro, Cuento, Fotografía, Arte y Dramaturgia) y para exhibir los trabajos de los 15 ganadores del I Premio Tragaluz de Ilustración. “Montamos una exposición donde los libros se exhiben como obras de arte pero, a diferencia de estas, se pueden tocar. A la entrada del pequeño salón se encuentra una frase en la pared que dice: ‘permitido tocar’. El arte del libro, nombre de la exposición, es en lo que queremos hacer énfasis, no tanto en el libro objeto. Trabajamos cada detalle desde la carátula hasta la fuente tipográfica para que todo hable de lo mismo, para que todo haga eco de ese texto, de esa palabra que es el origen de todo”, explica la editora antioqueña.

    Carlos Alarcón, artista visual residente en Bogotá, estuvo presente en la inauguración de la exposición, a la que asistieron aproximadamente cuarenta personas. Alarcón conoció a Tragaluz hace un par de años en la Feria del Libro de la capital, y desde entonces se ha mantenido atento a las novedades de la editorial. “Aunque el espacio de la exposición en la librería es reducido, está bien para lo que muestra Tragaluz, que es un trabajo tan íntimo”, opina Alarcón. A su parecer, la muestra refleja el espíritu de la pequeña editorial, que cada vez se fortalece más a nivel nacional.

    El trabajo que el equipo de Tragaluz dedica a cada uno de los libros, y la voluntad de la librería de la Universidad Nacional por recordar el valor de la relación entre editor-lector, se podrá visitar por veinte días. Luego, la exposición se trasladará a Medellín, y se ubicará en el Café Zorba desde la primera semana de agosto.

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