Programa tus compras para recibirlas 1 semana después. / / Por la contingencia de salud, las entregas pueden tardar un poco más de lo normal.

B L O G

  • Anaqueles – Jaime Jaramillo Escobar

    Ser invitado a una casa. Descubrir en ella el lugar donde están los libros. Suspender por un momento la atención al anfitrión, y dirigirse instintivamente a su biblioteca. Torcer ligeramente la cabeza para leer los títulos. Recorrer los anaqueles de esa manera, haciendo mentalmente un mapa con la ubicación de los ejemplares que te atraen y que quisieras tomar, abrir, hojear, oler. Hacer una panorámica rápida, y regresar al anfitrión, conociéndolo un poco más después de haber observado la selección de libros que ha hecho durante años.
    Muchas veces, el retrato íntimo de una persona puede apreciarse en formato de libros. Tener acceso a su biblioteca es una manera de conocerlo, de saber cuáles son sus gustos, sus intereses, sus escritores queridos, las anécdotas que giran alrededor de sus lecturas. Las bibliotecas llevan la impronta de quien las elabora, y para quienes aman los libros y al ser humano, es fascinante acercarse a ellas y curiosearlas.
    En Tragaluz queremos iniciar un viaje con ustedes. Vamos a visitar las bibliotecas de nuestros escritores, nuestros amigos lectores, nuestros editores, y compartiremos lo que encontremos en ellas. La idea es sencilla: haremos fotografías de los anaqueles sobre los que están los libros, para que ustedes se enteren de lo que leen los otros, de las singularidades de sus bibliotecas, y así nos conozcamos más en esta comunidad de personas que hacen de los libros una extensión de ellas mismas.
    El viaje comienza en la biblioteca de un gran poeta y amigo: Jaime Jaramillo Escobar.
    La biblioteca de Jaime es tan larga como su apartamento. Ocupa una pared que lo cruza de extremo a extremo. Está organizada por temáticas, géneros, y autores; y el grado de intimidad de los libros aumenta entre más cerca estén de su habitación y su estudio. Es decir, junto a la puerta del apartamento están los más distantes de su espíritu de poeta, hay memorias de talleres, libros de frases, e incluso el código civil: es una sección heterogénea y cambiante, muchos de esos libros salen de su biblioteca a fin de año, cuando Jaime hace un barrido, saca lo que no leerá y se lo regala a quien pueda interesarle.
    En los estantes siguientes, a medida que se adentran en el apartamento, se observan las novelas y los relatos. Y, si uno sigue acercándose, se encuentra finalmente con los libros de poesía, ensayo, diarios y correspondencias: sus libros más queridos.
    Sin más preámbulos, les presentamos la nueva sección de Mediavuelta: Anaqueles. Ojalá les guste, y se animen a participar. ¿Abrirías tu biblioteca a los demás lectores de Tragaluz? Un saludo a todos, y gracias por visitarnos.
    (Haga click en las imágenes para verlas en tamaño completo)
    Le agradecemos a Jaime por abrirnos con tanta generosidad las puertas de su casa, y haber aceptado ser el inicio de este viaje por las bibliotecas.
  • Trozos – Pablo Montoya

    En Viajeros, Pablo Montoya pone en práctica una de las capacidades humanas más asombrosas: la metamorfosis. Con su sensibilidad de poeta se aventura a sentir las vidas y encarnar las voces de 65 seres que no fueron él. Elias Canetti -que estudió a profundidad este fenómeno- define la metamorfosis como la capacidad de vivir experiencias ajenas desde dentro. Es decir, sentir como propia la sensación ajena. En los poemas en prosa que componen Viajeros, Montoya lo consigue: deja de ser él para convertirse en otros; cede su identidad y su voz a quienes ya son pasado; en cada página los revive, y aprende una nueva posibilidad de ser. 

    Pocos saben tanto de la metamorfosis como los escritores y los niños. Querer ser muchos, acumular sensaciones que parecían exclusivas de otros, es una de las pasiones que originan la literatura.

    Queremos compartir con ustedes tres poemas de este libro, el más reciente en nuestra colección Poemas Ilustrados. Para acompañar los escritos, las ilustraciones de otro gran artista: José Antonio Suárez Londoño. Esperemos que los disfruten.

    Ilustración, página 33.

    Moisés


    ¿No sufrí la humillación, el destierro, la agonía de saberme de ninguna parte? Pudiendo espantarme con el paso de mis horas, y olvidar tu designio, obedecí. Me alejé del hogar. Dejé de ser amante. Abandoné a mis hijos para conducir un pueblo. Dijiste: tira el báculo, envilece las aguas. Y lo hice. Dijiste: avisa el castigo a los primogénitos. Y lo avisé. Crucé entonces ese mar delirante. Con una multitud insensata erré durante cuarenta años. Quizás ese tiempo no sea nada para tu conciencia infinita, pero fue la esencia de mi tiempo. La arena del desierto no solo carcomió mi cuerpo, también secó los rasgos de la ilusión. Si fui soberbio, fue para no sucumbir a un derrumbe que me pareció ineludible. Si tuve excesos, ellos apenas mostraron una frágil imagen de los tuyos. Pero ahora dices que la tierra ansiada no la pisarán mis pies. Y ordenas mi retiro. Como si yo fuera una cosa gastada e inútil.
    Inmigrante en París

    Vengo del sur. Durante meses mis faenas han sido subterráneas: vender maní en improvisados tenderetes, tocar una variedad de tambor en procura de monedas. Los días son confusos cuando ofrezco hachís en rincones de este hormiguero maloliente. Pero hoy he llegado a la estación de Barbès, y viajo por sus túneles. Hombres de Sri Lanka calientan castañas en reverberos de lata. Hay volantes de prestidigitadores de Nigeria. Y una voz grita doctrinas de libros muertos. Estoy aquí porque en uno de mis sueños una mujer siempre me está esperando en Barbès, la estación del bullicio. Un hilo de vocecillas salidas de muñecas de cuerda sacude el aire. Las monedas caen, escasas, frente a dos niñas rumanas que cantan. Algo semejante a la alegría me abruma cuando veo a la mujer entre el tumulto, los mismos ojos oblicuos que me miran en mi dormir agitado. Un grupo de vendedores de relojes nos separan. Pero, de repente, una señal basta. Todos desbaratan sus mercados. Una breve aceleración del estrépito culmina con la visión de los pasillos vacíos. Y donde antes hubo puestos de oferta, hay contingentes de policía que, asombrados, reconocen estar en Barbès, la estación del sosiego. Una anciana me saluda, mientras da dátiles a un niño. En el lugar de las castañas, alguien lee el diario. A la espera del tren, dos adolescentes se besan. Y comprendo que mi búsqueda se inicia una vez más.

    Ilustración, página 97

    Un astronauta

    Veo la tierra. Flota en el espacio. Certeza de que en esta oscura inmensidad de luces Dios existe. Pero no está conmigo.

    ¿Ya han pensado en qué otros libros de Tragaluz quieren ver en esta sección la próxima semana?
    Mediavuelta
    Tragaluz editores S.A.

    Edificio Lugo Of. 1108 · Calle 6 Sur #43A-200
    Telefax 312 02 95
    [email protected]
    www.tragaluzeditores.com
    Medellín – Colombia

  • ¿Qué nos dice el diseño de Cartas con Geraldino Brasil?

    Cuando tienes Cartas con Geraldino Brasil en la mano, vives una experiencia inusual, no sabes qué hacer, si abrir el libro o no. Después de quitarle el plástico que lo protege, sientes la textura del papel de la carátula, su color te recuerda un sobre de correo de papel manila; luego descubres que el libro está sellado, y eso lo hace más tuyo que cualquier otro, como si fuera una correspondencia enviada a tu nombre.
    Continúas, sueltas el chaleco rojo y tomas el separador que viene con él. Ya quisieras estar usando esa pequeña pieza de bronce. Una vez te decides a romper la etiqueta, lo haces sin dudar, sintiendo cómo al cortar se van separando uno a uno los puntos perforados en el papel. Por fin, al tener el libro abierto, sientes el papel reciclado de las páginas interiores, y pones el sutil separador metálico en la primera hoja del libro para comprobar su función.
    Poco a poco vas conociendo los dos personajes de esta correspondencia, te ubicas geográficamente, uno en Brasil y otro en Colombia, viajas en el tiempo mientras observas e imaginas el recorrido de las cartas entre estos dos poetas, Jaime Jaramillo Escobar y Geraldino Brasil. La viñeta que caracteriza a cada autor te guía hasta que sientes que sabes lo suficiente de sus voces para reconocerlos, sin tener que leer las iniciales de su nombre, las que firman cada carta.
    Las amplias márgenes del libro, la tipografía (Arnhem) y la sangría francesa de los párrafos, facilitan la lectura de este epistolario, te deslizan de carta en carta, hasta que al final sientes que conoces personalmente a estos dos poetas que se cruzan en los caminos de la palabra.
    Los invito a que lean este libro, a que hagan este viaje con Jaime y Geraldino y nos cuenten su experiencia con Cartas con Geraldino Brasil.
    Juan Pablo Serna Parra
    Diseñador Gráfico – Tragaluz editores
    Mediavuelta
    Tragaluz editores S.A.

    Edificio Lugo Of. 1108 · Calle 6 Sur #43A-200
    Telefax 312 02 95
    [email protected]
    www.tragaluzeditores.com
    Medellín – Colombia

  • ¿Quién era Geraldino Brasil?


    Geraldino Brasil, seudónimo de Geraldo Lopes Ferreira, fue un poeta brasileño con más reconocimiento en Colombia que en su propio país. Llevó una vida discreta, dividiendo los días entre el trabajo en un despacho judicial, las responsabilidades familiares, y la escritura de su poesía. Publicó ocho libros -todos en ediciones baratas y casi siempre financiadas por él-, que no recibieron mayor atención por parte de los lectores y la crítica. Esa falta de reconocimiento no lo desalentó, pues escribir poesía era parte de su naturaleza, y no tenía tiempo para preocuparse por cuántos la leían. Sin embargo, un ejemplar de sus poemarios se abrió camino de manera misteriosa hasta Bogotá, y llegó al apartamento del poeta Jaime Jaramillo, quien, al leerlo, quedó prendado de él, y se dedicó a traducirlo y divulgarlo. De no haber sido por eso, es probable que la obra de Geraldino hubiera quedado ignorada, como las flores que el desierto cubre en su noche.
    Geraldino empezó a escribir poesía sin darse cuenta. Nació en el campo, en un ingenio azucarero en el nordeste de Brasil, donde la tierra era generosa y se llamaba ‘Buena Alegría’. Allí creció y aprendió a mirar el mundo con la naturalidad y sencillez de lo que lo rodeaba. En ese lugar las cosas se dieron gratuitamente y comenzaron a construir mi poesía: el río, la vaca de leche, la oveja con su lana, una nube en que descendía la bondad del cielo: todo eso impregnó mi obra, dijo en la última entrevista que le hicieron, en junio de 1995, seis meses antes de morir.
    En su juventud se trasladó a Recife, la quinta ciudad más grande de Brasil, donde estudió Derecho y vivió el resto de sus días. Allí publicó sus poemas iniciales, y fue entonces cuando decidió cambiar de nombre: Geraldino Brasil es seudónimo. Lo adopté porque resultó un homónimo mío, comerciante, que publicó una nota en el diario cuando yo firmé mis primeros poemas con el nombre de Geraldo Lopes Ferreira. En la nota decía que él era un hombre serio, de negocios, en ningún caso autor de poemas de amor. Comprendí entonces que le estaba creando problemas de celos en su casa y dificultades con sus clientes. Entonces decidí adoptar el seudónimo, le explicó a Jaime Jaramillo en una carta.
    Era un hombre sencillo y jovial, que nunca se adaptó totalmente a los ritmos de la gran ciudad. No participaba de los eventos literarios, conservaba su distancia de los círculos de poetas, y nunca tomaba partido en las disputas que mantenían entre ellos. Prefería caminar las calles y saludar a los amigos entrañables, que eran pocos; visitar a su madre una vez al mes en una ciudad cercana; compartir tiempo con su familia; pasar las vacaciones en pequeñas poblaciones y playas solitarias; y, sobre todo, encerrarse en el estudio de la casa a escribir poemas o responder cartas. Tanto se concentraba en ese espacio, que una noche de lluvia torrencial, Beatriz, su hija, encontró a su madre escandalizada porque se estaba inundando la casa, y Geraldino, sentado escribiendo, no se había percatado de que el agua le cubría totalmente los pies.
    Geraldino Brasil y su esposa, Creusa.
    Desde hace un par de años, Beatriz se ha dedicado a recuperar y difundir la obra de su padre en Brasil, y recuerda con cariño el momento en que llegó la primera carta de Jaramillo para darle un giro inesperado a la vida que llevaban en casa.

    Fue en aquel mes de julio de 1979 que mi padre comenzó una nueva etapa. Él era entonces Procurador Federal, y recibió una carta de un tal Jaime Jaramillo Escobar, colombiano, que después supimos era poeta. Decía que había traducido al castellano el libro Poemas insólitos y desesperados, y que había publicado una muestra en el suplemento dominical del segundo diario en importancia de Colombia -El Espectador- con un tiraje de 200.000 ejemplares. También nos informaba que pronto iba a publicar el libro completo, para lo que necesitaba la autorización del poeta. (…)

    A partir de esa fecha se consolidó una amistad de profunda estima entre ambos, que se extendió hasta la muerte de Geraldino Brasil en junio de 1996. A través de sus cartas se conocían, reían, conversaban, intercambiaban ideas (…). Se hicieron hermanos.

    Desde entonces, nuestra familia no continuó siendo la misma. A la vida de cada uno de nosotros (mis padres, mi hermana Moema, y yo) se le sumó algo muy especial: la existencia de Jaime Jaramillo, esa extensión de nuestros corazones en Colombia.


    Lentamente la obra de Geraldino ha ganado reconocimiento en Brasil, gracias a la atención que recibe en los países latinoamericanos, y en España, donde la editorial Pre-Textos publicó uno de sus libros traducido al castellano. Antonio Miranda, un destacado escritor brasileño, relata hasta qué punto llegó el desconocimiento de Geraldino en su país:
    Geraldino Brasil (1926-1996)
    Siempre que iba a Colombia, mis amigos poetas me preguntaban por Geraldino Brasil. No tenía noticias de su existencia. En más de una visita, juraron que se trataba de un gran poeta. Busqué su obra en las librerías de Bogotá, Medellín y Pereira, pero estaba agotada. Se levantó entonces la hipótesis de que se trataba de un heterónimo del mismo Jaime Jaramillo Escobar. Sin embargo, luego descubrí un poema de Geraldino en un libro publicado en Pernambuco. Entonces se disolvió el misterio, aunque falta localizar y descubrir la obra de este poeta, merecedora de tanta admiración en los países vecinos.
    Todavía es poco lo que se encuentra sobre Geraldino en Internet, ni siquiera tiene artículo en Wikipedia, y sólo una docena de páginas web contienen información sobre él. No obstante, su poesía sigue encontrando lectores que ya no la olvidan. Hace dos años se publicó en Recife una antología en portugués con poemas inéditos, y ahora Jaime Jaramillo vuelve a contribuir a su difusión compartiendo la correspondencia que mantuvieron desde 1979.
    Fernando Monteiro, uno de sus amigos en Recife, evoca las palabras que le dijo Geraldino la última vez que lo vio, días antes de morir, cuando se cruzaron en un barrio de la ciudad: Usted sabe, Fernando, hay que creer con fe en la poesía.
    Con esa frase resumió la actitud de su espíritu: estaba seguro de que la poesía era la mejor manera en que se realiza el encuentro entre los hombres, y dedicó toda su vida a demostrarlo. Aunque murió hace más de quince años, quedan sus palabras como testimonio de ese gesto de amistad y apertura. Queda esa voz, dulce como la tierra en que creció. Ya sea por sus cartas, o por sus poemas, el que lea a Geraldino Brasil podrá conversar con un hombre simple y bueno. Sólo por esa posibilidad vale la pena creer en la poesía.

    ***

    Si quiere saber más sobre Geraldino Brasil, puede ingresar a:
    Interpoetica (Sitio en portugués)
    Rascunho (Sitio en portugués)
    Antonio Miranda (Sitio en portugués)

    Mediavuelta
    Tragaluz editores S.A.

    Edificio Lugo Of. 1108 · Calle 6 Sur #43A-200
    Telefax 312 02 95
    [email protected]
    www.tragaluzeditores.com
    Medellín – Colombia

  • Trozos – Cartas con Geraldino Brasil

    Jaime Jaramillo atesoró estas cartas desde los ochenta. Pocas personas estaban enteradas de su existencia. De vez en cuando se refería a ellas en el círculo de amigos más cercanos, y en una ocasión las llevó a su taller literario para leerlas y presentar con ellas la voz poética de Geraldino Brasil. Su reserva, sin embargo, era extrema, y si las mencionaba se limitaba a dedicarles un par de palabras discretas. 
    Pilar y Juan Carlos -los directores de Tragaluz-, conocieron esta correspondencia en el taller con Jaime. Recuerdan cómo llegó una mañana, sacó del maletín las fotocopias de una de las cartas, y las repartió ritualmente a cada uno de los participantes. La sorpresa fue tan grata, que Pilar le pidió que si algún día pensaba publicar esa correspondencia, pensara en Tragaluz. 
    Y pasaron los años hasta que llegó el día. El pasado marzo, recibimos la llamada de Jaime:
    -Pilar, estoy cumpliendo una promesa de amigo, te llamo para que publiquemos las cartas con Geraldino.
    Ahora, un año después de ese día alegre, presentamos Cartas con Geraldino Brasil, el primer volumen de la colección con la que Tragaluz aporta a la difusión del género epistolar. 
    Hoy compartimos con ustedes dos de las cartas que hacen parte del libro. La primera, de Jaime, es una de las que iniciaron el entrañable intercambio epistolar. La segunda, de Geraldino, está escrita desde Maragogi, una pequeña población costera en la que el poeta brasileño solía pasar sus vacaciones: la carta es un magistral retrato a ese lugar y sus habitantes, un bello escrito en que se confunden la crónica de viaje y la palabra poética.
    Esperamos que las disfruten y que los motiven a conocer el resto de la correspondencia entre estos dos poetas y amigos.

    ***

    Bogotá, octubre 28 de 1979

    Desde la altura de mi ventana veo algunas gentes lavar sus ropas, porque es domingo:
    soldados en la azotea de un cuartel que queda en frente, estudiantes en un patiecillo, una mujer tras una ventana.
    Domingo de lavar la ropa, de arreglar la casa, de escribir a los amigos.
    Domingo calmo, único día que tenemos para procurar ser lo que somos,
    pues el resto de la semana nuestra esclavitud es paciente y burra.

    Tu carta me trajo eso que amo en el Brasil: tu corazón,
    corazón de poeta que bala desesperadamente, acorralado,
    y a veces se disfraza con piel de lobo pero no asusta a nadie,
    poeta bendito que clama en el desierto,
    santo del infierno,
    el que opone su palabra a los vientos,
    su pecho, sus brazos delgados, pero nadie repara en él.
    En el mercado público el poeta es un espantapájaros.

    Poeta Geraldino: tú eres uno de los grandes del Brasil.
    Hay muchos grandes poetas en el Brasil, y tú estás en la lista de los primeros.
    (…)
    Tu poesía está hecha para todos, como el sol y el agua, y en eso se reconoce que eres grande,
    porque un verso tuyo les ayuda a vivir a las gentes,
    y el que no sabe hacer milagros no es poeta.
    (…)

    Traducir tus poemas es para mí como participar en el acto de su creación.
    Verso que nos deje impasibles no fue escrito con arte, pues el arte tiene por objeto conmover.
    A medida que sale de sus fronteras, la poesía del Brasil sacude a América.

    No dejo de pensar en ti, allá en Recife, escribiendo la más bella poesía sin aspirar a más reconocimiento que el corazón de los hombres y mujeres que te lean, y después de leerte no puedan olvidarte.

    J. J. E.

    ***

    Maragogi, Alagoas, 24 de diciembre de 1981


    Maragogi es un poblado de unas “tres mil almas”, como decían los padres antiguos. Cuatro o cinco calles estrechas, paralelas a un mar de esmeralda. Casas de puerta y ventana, blancas, azules, algunas amarillas. Pocas de dos ventanas, con una pequeña terraza para las redes ociosas. “Esta es la del cura”, “esta es la del juez”, “esta es la del notario”, “ésta, la mejor, es la de las monjas”.

    Dos pequeñas panaderías, un expendio de carnes que abre los sábados, un modesto mercado los domingos.

    No es necesario preocuparse por las puertas. Dicen que aquí no hay ladrones, aunque desconfío. No hay hurtos. Porque no hay a quién vender lo hurtado, ni para dónde huir con él, ni cómo utilizarlo. Aquí los zapatos de todas las personas son conocidos por todos. ¿Cómo entonces hurtar zapatos y salir con ellos por las calles, único viandante, todos desde las ventanas mirándolo de la cabeza a los pies?
    A las cinco y media de la mañana pasa el hombre del pan, anunciándose con un “fon-fon” que no escuchaba desde hace unos cuarenta años. Hoy me dijo que el jeep de la policía mató a su puerco, que ya tendría unos quince kilos, y que no quisieron indemnizarlo. Es la gran familia más unida del mundo, la de la policía. Ni los puercos de Maragogi se salvan.
    Muchos, muchos niños. Muchos, muchos ancianos. Los jóvenes y las muchachas se fueron para Recife o Maceió. Las mujeres, o están en la cocina, o en la maternidad. Los hombres en el mar, o en los campos. De ahí la impresión de que aquí, no hay ni juventud ni mediana edad.
    La impresión es que las personas aquí carecen de recuerdos y esperanzas. No vi niños traviesos. No vi ancianos rememorando. Las personas carecen de sueños, nada desean, ni se angustian. Parece que los maridos no están descontentos con las mujeres. No que las amen, porque tampoco parecen felices. Diríase que están más allá de la insatisfacción y más acá del amor. No lo sé explicar, porque no es atraso, ni es perfección, ni conduce a ella. Como si estuviesen varados, después de los animales y antes del hombre.
    La dueña de casa no parece ser una mujer, sino sólo la dueña de casa. El odontólogo de acá no parece ser, como en Recife o Bogotá, un hombre que hubiera querido ser médico. Es, interior y exteriormente, sólo un odontólogo.
    Las sombras de los árboles no resguardan parejas, ni esconden gatos y vagabundos.
    Todavía no he visto enamorados, jóvenes con las dudas, los miedos, las preguntas del amor.
    He visto novios ya comprometidos en casamiento, que ni les parece próximo ni distante.
    Es impresionante, esa indiferencia.

    Los lugareños no distinguen entre las distintas actividades. Soy para ellos apenas un turista.

    Lo bueno de aquí es ser un extraño de Recife o Porto Alegre, sin que nadie se percate de la carga de tristeza de las calles y las pobres casas que agobia al poeta.

    Lo malo de aquí es que el poeta no podrá desear para la ciudad esta vida sin sus afanes y sufrimientos, pero también sin la felicidad del futuro con que allá se sueña.

    Es noche de Navidad y no veo las casas abiertas. La iglesia está abierta, porque no podría estar cerrada.

    Nunca lo olvidaré.

    G. B.
    Mediavuelta
    Tragaluz editores S.A.

    Edificio Lugo Of. 1108 · Calle 6 Sur #43A-200
    Telefax 312 02 95
    [email protected]
    www.tragaluzeditores.com
    Medellín – Colombia