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35 preguntas para Isidro Ferrer

Isidro Ferrer - Daniel Jimenez

Mientras España se preparaba para la última oleada de frío de la temporada invernal, Isidro Ferrer caminaba por las soleadas calles de Cartagena con tenis de cuadritos de colores. Su visita a La Heroica se dio gracias a la invitación de los organizadores del Hay Festival, quienes le propusieron dar varias charlas dentro de la programación del evento y pintar un mural junto con otros artistas y los niños de la comunidad de Puerto Rey, ubicada a 10 minutos de la ciudad. Aprovechando su visita al país, lo citamos para hacerle 35 preguntas —ágiles, entretenidas y no faltó una que otra trascendental— que nos permitieran saber un poco más de él, el ilustrador excepcional de Cuaderno de Vacaciones y Hombres contados. Durante la conversación, Isidro se tomó una cerveza y se comió una porción de torta de naranja. Más de una vez nos hizo reír.

Acá está el resultado de esa charla. Sus respuestas están llenas de referencias emocionantes que sabemos van a buscar. Nosotros hicimos lo mismo. Les prometemos que las van a disfrutar.

 Foto: cortesía Daniel Jimenez

¿Cómo es tu casa?

Mi casa es un espacio de habitabilidad y participación. Es un espacio muy luminoso que gira en torno a la cocina. La cocina es el centro, es el corazón desde el que palpita el resto de la casa formando ondas sonoras. Para nosotros comer no solo es un acto de necesidad fisiológica, sino que es un acto de comunicación, de convivencia, de encuentro, de festividad.

 

¿Qué es lo que más te gusta cocinar?

Arroz.

 

¿Qué tipo de arroz?

Mi padre era del país valenciano, de Castellón. En el levante español, en toda esa zona del Mediterráneo, hay una gran tradición de cocinar distintos arroces. Los sábados me gusta dedicar parte de la mañana a cocinar y hacerlo como una actividad festiva para compartir con la familia. Bien temprano salgo a elegir y comprar los ingredientes, luego, como en un ritual de celebración, dedico un par de horas a preparar el arroz, y mientras lo preparo, abro una botella de vino que tomo disfrutando de las sensaciones que proporciona cocinar. Voy alternando los tipos de arroz, desde paella a arroz al horno, pasando por un arroz a banda, bacalao con judía verde o borraja con setas…

 

¿Con qué no salís de tu casa?

Con mi libreta de apuntes.

 

¿Llevás una a la vez o varias?

Habitualmente tengo dos libretas en marcha: una que tiene que ver con el tránsito, los viajes, y otra que tiene que ver con la permanencia y funciona como una agenda. Viajo con la más pequeña que me permite llevarla de un lugar a otro sin que resulte una carga y trabajar en ella allá donde me encuentre.

 

¿Tenés algún fetiche con esos objetos que utilizás para crear?

No, me gusta ir cambiando constantemente de superficies donde actuar. Me gusta que esa misma superficie dificulte la experiencia, me pongan trabas. Me asusta el papel bueno, me asustan las buenas pinturas, me asustan los buenos rotuladores, el material excelente me impone cierto rechazo, me quema entre los dedos. Mis pinceles son un desastre: cuanto más gastado está un pincel más personalidad tiene, como si fuese adquiriendo carácter propio con el tiempo y el uso. Un pincel nuevo es demasiado dúctil, uno gastado se rebela, no quiere ser dominado. Huyo de la perfección. No soy un esteta. Lo que busco en los materiales de trabajo es que estén vivos, que me lleven la contraria, que propicien el error, un error significante. Con el papel me sucede exactamente lo mismo: las libretas son las que voy encontrando, las que me van regalando, libretas que llegan a mí de maneras muy diversas y con las que yo trabajo al margen de sus cualidades, de sus bondades matéricas. Es más, prefiero que el papel responda mal: que escupa la tinta, que la absorba en demasía, porque suceden cosas imprevistas, y en ese imprevisto, a menudo está el hallazgo.

 

¿Hay algo que te obsesione relacionado con el momento de la creación? ¿El silencio absoluto, la música…?

No tengo obsesiones. Lo que sí tengo es una serie de pautas, un método acientífico … No me gusta la palabra metodología porque su aplicación sistemática puede asesinar lo inaudito. Me he dado cuenta con el tiempo que pienso mejor en silencio, pienso mejor de forma estática, en lentitud. En cambio, tomo decisiones mejor en movimiento, cuando estoy en acción. El proceso de análisis y de reflexión lo realizo a primera hora de la mañana. Conforme avanza el día mi lucidez se va apagando. Esto no quiere decir que la respuesta llegue en el momento en que formulo la pregunta, sino que se activa mi capacidad de análisis y el cerebro comienza a trazar líneas de actuación. Una vez que tengo el problema planteado, bien estructurado, las ideas fluyen de forma autónoma y no sé en qué momento van a aparecer. Para poder atraparlas cuando surgen sin aviso debo mantener una atención constante y fijar la idea en el momento en que se produce. La solución puede aparecer cuando salgo a pasear, cuando voy en bicicleta, en la piscina, cocinando o en la ducha. Soy paciente y sé que el tiempo es fundamental para la resolución de cualquier interrogante.

 

¿Algo más que te ayude a concentrarte? ¿Te servís un té, un café…?

No, el silencio y la soledad. No me puedo concentrar ni pensar con fluidez cuando hay gente a mí alrededor porque me cohíbe su presencia. En el estudio he generado pautas de comportamiento particulares. A menudo me tumbo debajo de la mesa, o bailo, o me hecho una siesta a media mañana.

 

¿Y para descansar?

Descanso por la noche. Soy muy pautado con el sueño e intento serlo con los horarios. Hace tiempo que dejé de trasnochar para trabajar porque me di cuenta de que era poco eficaz y una noche de insomnio anulaba el día siguiente. Los resultados que obtenía eran medio febriles, medio apresurados, producto de la excitación y no solían ser los más adecuados. Me he vuelto disciplinado con el descanso para conseguir cierta armonía. Para mí el sueño es fundamental. Duermo ocho horas, todos los días.

 

¿Te gusta recordar tu infancia? ¿Es un pensamiento recurrente?

No demasiado. Tengo presente al Isidro niño, al Isidro púber, al adolescente, al joven, todos conviven en mí, porque no dejo de ser todos ellos a la vez. La infancia es importante porque fue un periodo muy feliz de mi vida, tremendamente feliz, en donde descubrí el mundo y donde se fue gestando lo que ahora soy, de la misma manera que todo lo que me acontece y experimento en cada momento presente es fundamental en la evolución de mi identidad. Pero la infancia no es un pensamiento recurrente, no es algo que me sirva como refugio.

 

¿Qué clase de adolescente fuiste?

Fui un adolescente descerebrado. Muy físico, muy inquieto, con mucha ansia, con mucho ímpetu. Un poco ardoroso.

 

¿Eso significa rumba, deporte…?

Eso significa, por un lado, un exceso físico, mucho deporte, y por otro lado, mucha agitación mental. Querer probar muchas cosas y llevar muchas otras al extremo, incluso de la peligrosidad. Siempre he tenido un problema con el riesgo, tengo un problema de asunción del riesgo. No sé dónde está el límite. Me he llevado grandes sustos precisamente porque he entrado en estadios de peligro al ir más allá de mis propias capacidades.

 

¿Qué música escuchabas entonces?

Comencé escuchando mucho rock sinfónico; Moody Blues, Pink Floyd, Deep Purple, Jethro Tull, King Crimson, y poco a poco, para encontrar espacios no de autenticidad sino de singularidad, empecé a buscar en otros ámbitos de la música. He sido, y soy, muy ecléctico en mis gustos musicales, he ido cambiando y evolucionando muchísimo y ahora tengo un abanico gigante de músicos a los que escucho, que viene de distintos géneros. Tras el rock sinfónico descubrí los sonidos siniestros del post punk; a Joy Divison, a The Cure. Justo después entré en una fase minimalista y repetitiva (un sopor) volviéndome devoto de Philip Glass, Steve Reich y Michael Nyman. Casi coincidiendo en el tiempo caí fascinado por la electroacústica, Stockhausen, Pierre Boulez, John Cage, Edgard Varese… y luego, cansado de la experimentación sonora, pasé a algo bastante más ligero, a la música brasileña y la Bossa nova: Tom Jobin, Vinicius de Moraes, Joao Gilberto y mi favorito entre ellos, Tom Zé.

 

Isidro Ferrer 1 - Tragaluz¿Y por estos días qué andás escuchando?

Un poco de todo. Por las mañanas escucho fundamentalmente jazz con Miles Davis y John Coltrane a la cabeza. Por la tarde picoteo de distintos géneros. Me gusta mucho la música electrónica de Matthew Herbert, me gusta lo que se está haciendo en los países nórdicos, en Escandinavia; The kings of convenience. Arve Henriksen, Jay-Jay Johanson, José Gonzalez, un argentino nacido en Suecia. Un tipo que me fascina es Kim Hiorthoy, que además de ser un músico singular es un grandísimo diseñador gráfico. Cambiando de tercio, me encanta Moondog, que es un personaje peculiar, un outsider de Nueva York que pedía limosna vestido de vikingo en una esquina de la 5ª Avenida y se construía sus propios instrumentos percusivos. Sus discos son muy locos. Me emociona este personaje. Me gusta mucho un músico de jazz africano, Mulatu Astatke, que ha musicalizado alguna de las películas de Jim Jarmusch. También Jun Miyake, un músico japonés de jazz que vive en New York y que puso música a la película sobre Pina Bausch que realizó Wim Wenders. Ya ves, una mezcla imposible de estilos.

 

¿Dónde hacés tus listas de música?

En mis cuadernos hago listados de músicos y grupos. Cuando descubro a un intérprete me apasiono, lo escucho repetidamente. Este me conduce a otro, y este otro me conduce a otro, y poco a poco se va armando el cuerpo de mi desvarío… Hay un tipo loquísimo, Kip Hanrahan, que lo descubrí hace poco. Trabaja con todas las arritmias imaginables, mezclando sonoridades divergentes. En un mismo tema mezcla ritmos de son cubano o de bolero con música de los Balcanes. Algo muy chalado pero tremendamente emocionante.

 

¿Cuál es tu película favorita?

Tengo muchas películas favoritas, no solo una. Digamos que me gusta la obra de algunos cineastas a los que me mantengo fiel. Me gusta el cine de Jim Jarmusch, de Kim Ki-duk, de Wes Anderson, de Roy Andersson —que lo descubrí hace muy poco— del finlandés Aki Kaurismäki, de Stanley Kubrick, Orson Welles, los hermanos Coen…

 

¿Cuál fue el último libro que te cambió la vida?

El último… (en realidad no es el último) que me ha tocado durante mucho tiempo y al que vuelvo con cierta insistencia: “Y tu rostro mañana leve como una fotografía” de John Berger. (Título original: And Our Faces, My Heart, Brief as Photos). Y de los últimos que me han emocionado hasta el llanto, “Autorretrato con radiador” de Christian Bobin.

 

¿Un escritor joven que te guste?

Yo al escritor que más adoro es Carlos Grassa (autor de Conquistadores del nuevo mundo, Hombres contados y Cuaderno de vacaciones). Sigue siendo joven. Con sus textos convivo de una manera muy emocional. Me parece uno de los grandes escritores contemporáneos, que aunque se mueva en la penumbra, brilla con luz propia.

 

Si jugáramos a asociar el nombre de Carlos con tres palabras, ¿cuáles serían?

Sinceridad, riesgo y generosidad.

 

Y a Pep Carrió

Entrañable, sorprendente y queridísimo.

 

¿A dónde salís con tus amigos?

Con mis amigos siempre a beber, claro.

 

¿Tenés un bar favorito?

En Huesca hay un lugar donde nos reunimos habitualmente no por su belleza sino por su comodidad, El Rugaca. Acudimos todos los viernes al medio día para celebrar el fin de la semana. En Madrid y en Barcelona hay bares que me gustan, pero no tengo un lugar preferencial.

 

¿A qué edad te enamoraste por primera vez?

A los doce años. O quizá a los seis. Puede ser que a los tres. Depende de lo que entendamos por amor. Pero sí: yo fui muy precoz en el amor. Mira, creo que a los cinco, porque no cuenta la madre, ¿no? Mi tía tampoco… yo estaba muy enamorado de mi tía Maruja. Me parecía la mujer más hermosa. Luego abandoné a mi tía Maruja y me enamoré de mi otra tía, Sole, porque me daba más amor. Después me enamoré de una vecina, pero no de una niña, si no de la mamá de unos amigos que era peluquera y me cortaba el pelo en su casa. Cada vez que metía la tijera en mi cabeza sentía escalofríos, unos escalofríos que me recorrían toda la columna vertebral de arriba abajo y me erizaban el pelo. La primera vez que me enamoré de una niña fue a los ocho años en un campamento de verano al que fui de visita para ver a mi hermano. Quise ser mi hermano solo para admirar a aquella niña tan bonita.

 

¿Qué te da miedo?

Temo al miedo mismo. El miedo es irracional, no sabes de dónde proviene ni cómo se manifiesta. Los miedos atávicos suceden de improviso sin conocer la razón de su existencia. El miedo llega disfrazado de sí mismo, lo reconozco desde lejos y lo noto en la voz cuando es él quien habla.

 

¿Cuál sería tu mayor desgracia?

Seguramente, quedarme ciego.

 

¿En qué país te gustaría vivir si no vivieras en España?

Me gustaría fluctuar porque hay muchos países que me gustan mucho. México me gusta, Colombia me gusta, Japón me gusta especialmente.

 

¿Cuál es tu héroe de ficción favorito?

Adéle Blan-Sec, es un personaje del dibujante francés Jacques Tardi.

 

¿Cuál es el personaje de la historia que más despreciás?

Es que hay muchos… todos los dictadores me producen un tremendo desprecio. Los dictadores muertos y los vivos. Los dictadores que han prolongado su dictadura durante muchos años y los que lo han hecho durante unos pocos. El dictador es una suerte de iluminado. La dictadura es una forma de ejercer la política desde el fundamentalismo que impone detentar la verdad absoluta, y la idea de una única “verdad” me parece detestable porque es inamovible, es inflexible, no contempla la diferencia ni reconoce al otro.

 

¿Cuál es tu gran logro?

Vivir.

 

¿Qué virtud creés que está sobrevalorada?

La cultura. En su ensayo “La decadencia del analfabetismo” José Bergamín opone la cultura espiritual y analfabeta propia de los niños, que ejercitan la palabra y el pensamiento como un juego, al monopolio de la cultura con mayúsculas, la cultura literaria. Es un texto que hay que leer con cierta cautela, donde explica el peligro que supone sustituir las palabras vivas (las dichas oralmente, de boca en boca), por las palabras muertas (que nacen del orden alfabético), pues eso significa la muerte de la poesía. Para Bergamín, la cultura literaria enmascara y anula los valores espirituales. Sostiene que es mucho más puro en su forma de transmitir, comunicarse, establecer relaciones y sentir un niño que está ligado a la capacidad poética de la oralidad, que un adulto que construye su discurso desde la exuberancia, el delirio y la soberbia de lo literario.

 

¿Cómo te gustaría morir?

Dormido. Dentro del sueño.

 

¿En qué lugar?

No estoy arraigado a ningún lugar en especial, me daría lo mismo siempre y cuando fuera dentro del sueño.

 

¿Cómo describirías el estado actual de tu alma/espíritu/ánimo…?

El estado actual es de agitación. La palabra “alma” no me gusta, no sé lo que es. No sé si tengo o no alma. Lo desconozco. Nadie me ha presentado a mi alma. Lo único que me une a mí mismo es mi propio cuerpo, es lo único que me hace ser consciente de mi existencia. Más allá de eso, ni siquiera el pensamiento o la razón puedo establecerla fuera de mi cuerpo.

 

¿Qué deportes practicás?

No me gusta la palabra deporte porque conlleva a la competición. Digamos actividad física. Una actividad física razonable. Me gusta nadar. Me gusta practicar el esquí de fondo, que es la forma como los nórdicos se desplazan en invierno de un lugar a otro. Me gusta caminar por la montaña. Me gusta montar en bicicleta. Toda esta actividad física me aporta sensaciones que me hacen sentir vivo, que me hacen establecer una relación directa, muy fuerte, con mi cuerpo: sudar o jadear, sentir el calor o el frío, sentir las distintas partes que componen mi todo.

 

En varias entrevistas hablas de un accidente que te hizo dejar el teatro y empezar en la ilustración. ¿La relación con tu cuerpo se enfatizó luego de ese episodio?

Anterior a eso ya tenía mucho respeto por mi cuerpo. De forma muy temprana fui consciente de que el cuerpo había que cuidarlo. Tuve un accidente anterior al que nunca he hecho referencia y que fue muy grave. Caí desde la ventana de un tercer piso cuando era niño. Tenía 12 años. Me fracturé una pierna, un brazo por cinco partes y varias costillas. El accidente fue consecuencia de mi falta de sensación de riesgo, hice una  estupidez propia de un loco. Una demostración de habilidades en la que no medí el peligro. Quizá esto pudo conducirme a ser consciente de la fragilidad del cuerpo, no lo sé.

 

Nota: en esta entrevista hay varias referencias musicales a las que no nos pudimos resistir. Hicimos una lista de reproducción con las bandas de su adolescencia —las más roqueras—, perfectas para inspirarse. Escúchala haciendo clic aquí.

 

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